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Por un medio público

Diálogo País / Juan Manuel Villalobos / 11/08/2014

Juan Manuel Villalobos

Que los tiempos para la prensa están cambiando, no es una novedad; para la prensa escrita, nunca mejor disociada del resto de la prensa (radio y televisión), los tiempos no solo están cambiando, sino su propio sentido, su inherente objetivo, su razón de ser, y por la que surgieron a finales del siglo XIX, ingenua y un poco tramposamente, sí, pero al menos con motivación: ser los ojos y los oídos del público; o pretender serlo; darle voz a quienes no la tienen; o no la tenían.

Muchos periódicos, de los clásicos y vitales, que han hecho mover al mundo, que han cambiado y modificado el futuro, que han desvelado intersticios de la realidad que sin su trabajo hubiesen quedado ocultos, The Washington Post, The New York Times, Le Monde, Libération, The Guardian, El País, están pasando penurias para encontrar su propio espacio, uno nuevo y renovado, en el lugar que les ha sido arrebatado no solo por otros medios e instrumentos o herramientas y aplicaciones modernas –como se le llama ahora a todo–, sino por la misma banalización y publicidad originada desde la propia prensa escrita –contaminada por sus hermanos, la radio y la televisión–, con la que así misma se ha ido devorando, como ha ido devorando a sus lectores, muchos de ellos convertidos ahora en entusiastas escritores de letra fácil, contaminados por la emoción, desvirtuando la reflexión: el “periodista” de las redes sociales, el “analista” que solo le valió un twitter, para serlo.

La prensa escrita, ensombrecida por los medios digitales que acaparan audio y vídeo, se ha visto obligada a claudicar ante la rabiosa competencia, vertiginosidad, inmediatez, tecnología, superficialidad; la escritura, el arma por antonomasia de expresión, combate, reclamo, defensa y libertad, ha terminado por perder valor; a la palabra la han secuestrado, y se ha quedado en el bando de los políticos y la clase privilegiada, no necesariamente educada, que se ha alineado siempre tan bien a los preceptos del consumo masivo; la prensa, hoy, no hace sino reproducir su discurso.

El hecho de que en la actualidad ya no se viva, sino que se muestre a los otros que se vive (la selfie es el ejemplo extremo de ello, con una carga patológica severa), es proporcional al hecho de que la prensa ha dejado de escribir crónica, noticia, reportaje, para dar paso a la llana difusión acelerada y exagerada de la imagen. Todo, o casi todo, se ha convertido en publicidad y propaganda. Así, solo viven, en efecto, quienes se pueden hacer una selfie, pero hacerse una selfie cuesta miles y miles de pesos, accesorios, aplicaciones, herramientas, tecnología a las que accede un porcentaje mínimo de la población. ¿Quién tiene voz e imagen, entonces? ¿Quiénes existen en este siglo XXI? ¿A quiénes representa y la voz de quién porta esa prensa contaminada? Solo a unos cuantos, a esos entes patológicos, amantes de sí mismos, que toman distancia con su brazo, y enfocan su rostro deformado y, con ello, hacen, o creen hacer, un discurso.

La prensa ha claudicado por esos cuantos, y les ha pasado a ellos los micrófonos, las cámaras, el audio, la pluma (o el teléfono). Ante este marasmo, evidentemente, los que menos cuentan son los que menos acceso tienen a esa publicidad encubierta de los medios, las redes, las plataformas, del engranaje político.

Que hoy, en plena crisis de identidad, una propuesta como SOMOSMASS99 –sí, digital, pero con vocación impresa, con aquel ingenuo pero valiente propósito del siglo XIX que alentaba a la prensa: ser, convertirse en la voz pública de aquellos a los que no se les escucha, en la palabra de quienes no cuentan– quiera recuperar espacios perdidos, es de aplaudir y de alentar porque, a decir verdad, son muy pocos ya los que no repiten y no se mimetizan y no difunden y no elogian, y no divulgan y no publicitan, el mismo discurso, la selfie figurativa del empobrecimiento de ideas, del vacío verbal que ha dado pie a una fotografía de uno mismo que muestra, patética, tristemente, que detrás de ella, no hay nada más.

 






Luis López




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