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De vientos migratorios

Diálogo País / Top News / 18/03/2019

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Gwenn-Aëlle Folange Téry*

Lunes 18 de marzo de 2019

 

El fin de semana pasado, fui a Rennes.

Es la capital del estado, si se puede decir así, porque acá no hay estados, sino departamentos, aunque funjan igual.

Fui a ver a unos amigos.

Dos franceses, bretones de hecho, casados los dos con dos mexicanas, una cada uno.

Muy chistoso porque entre que los hombres estuvieron un buen rato en México, pero siguen siendo quienes son, y que las mujeres llevan pocos años acá y tratan de adaptarse sin perder su identidad, yo era la única realmente bi-nacional. La única que se supone es capaz de navegar en aguas internacionales. La única de hecho que sigue sin saber bien a bien quién es y de dónde viene.

Las mujeres intercambiaron direcciones, onda allá sí se consiguen chiles y acá vi tomates. Porque acá los chiles que hay no son como los nuestros y porque los únicos tomates verdes son jitomates que no han madurado. Y aunque la marca del Hecho con amor haya llegado hasta los estantes franceses, no es lo mismo una salsa comprada que una salsa molcajeteada, ¿verdad? Yo escuchaba, dando opiniones tímidas ya que no conozco nada por allá, y oyendo de una chava que hace tortillas pero que las vende muy caras.

Mientras los niños molían maíz en un molino para café para tener harina y hacer tortitas. La verdad estaban mucho más ilusionados que la mamá. Y mientras también, nosotras quemábamos maíz para palomitas, siendo las tres neófitas en el arte de calentar semillas en el fuego salvaje de las estufas de estos lares.

Hablamos mucho de cómo seguir siendo mexicano en Francia, pero a la vez, ser un inmigrante integrado. De cómo cocinar con chile, pero desayunar sólo un pan con mermelada, a la usanza gala. De cómo las miradas de la gente siguen al extranjero, con desdén o admiración, pero nunca neutras. De cómo preguntar por un producto en la tienda puede ser imposible, y no por la barrera del idioma, sino por la barrera de la mirada xenofóbica. De cómo, por fin, a una de ellas que es con la que más platiqué, ya no la ven tan feo en la panadería de la esquina. Sólo fueron tres años para lograrlo.

De cómo el salir a la calle en Francia, en Rennes que es una ciudad grande, nada que ver con mi pueblo, se puede hacer sin agarrar convulsivamente la bolsa, nadie se la va a volar, y de cómo también se puede hacer sin agarrar a los niños de la mano. De cómo se puede atravesar la calle sin correr y de cómo aquí no hay miedo, no el mismo que en México pues.

Y eso que, dos horas antes, cuando me quise quedar a ver si llegaban los Gilets Jaunes, que manifiestan su descontento con el gobierno de Macron cada sábado desde noviembre, no lo quisieron hacer que porque los gases lacrimógenos y eso.

Y claro, llegó el momento de la pregunta fatal. Fatal porque no conozco la respuesta.

“Y entonces, ya que esta vez te quedaste un buen rato, ¿qué te gusta más de Francia?”

Sé perfecto qué no me gusta, entre otras cosas ese odio a los extranjeros que han descubierto estas dos mexicanas. Que se explica por esto y lo otro ya sé, pero ése no es el punto.

Sé que odio sus famosas normas, y reglas, y leyes, o mejor dicho el hecho de que se apliquen, sin siquiera otorgar una pequeña discusión.

Odio la rigidez gala, la frialdad gala, la enajenación gala.

¿Pero qué me gusta? ¿Qué amo?

Contesto esto. Y lo contesto con sinceridad, aunque no sea una respuesta intelectual. Porque el odio se puede analizar, el amor no. Es. Y ya.

De mi tierra, Bretaña, que no es Francia, lo que amo es el viento.

 

Y hoy, hay viento. Fuerte. Del que descuelga postigos, aúlla alrededor de la casa, deshoja árboles y despeina mujeres. Y hombres.

Salí.

Recorrí la calle que bordea el mar. Luché contra el viento, se empecinaba en detener mi marcha, quería mostrar que manda él.

Abajo, el mar brillaba, gris verdoso, sus olas coronadas de espuma blanca, listo para la tempestad.

Empezaba la bajamar.

Me detuve para mirar. Y respirar.

De pronto, un paréntesis, un silencio en el silbido del aire.

Y entonces pude oler la arena mojada, las rocas y las algas. Porque hubo la calma necesaria para hacerlo.

¿Cómo te explico el olor del mar cuando no está? ¿Cuando deja al descubierto kilómetros de fondos chorreantes, cuando simula dejar el paso a los incautos?

Huele a entrañas de pescado fresco, a almeja pereciendo bajo tu cuchillo, a fango elástico mezclado con gasóleo, a alga de sushi sin wasabi, a Mercado de La Viga cuando ya salió el sol, a libertad, a cansancio, a botas de hule y sudor y finalmente, gloriosamente, a  vulva húmeda y salada.

 

Regresó el viento.

Y yo seguí caminando.

Dejándome despeinar con desmesurado gozo.

Bretaña Francesa. Marzo de 2019.


* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.

[email protected]

Foto de portada: Anick Lentz.






Luis López




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