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Alfonso Díaz Rey*
Viernes 24 de mayo de 2019
A menudo, cuando comentamos acerca de la situación de nuestro país, aludimos al neoliberalismo como la política responsable de tal situación y en no pocas ocasiones, desde supuestas posiciones progresistas o de izquierda, e incluso desde sectores de la burguesía, proponen el abandono de esa política y el alejamiento de los neoliberales del gobierno para que el país mejore.
Tal posición desvincula al neoliberalismo del capitalismo y lleva implícita la sugerencia de una falsa y peligrosa ilusión: que mediante ciertos ajustes o una vuelta al pasado keynesiano, el sistema capitalista puede resolver los problemas de la sociedad.
El neoliberalismo es la actual respuesta del sistema a la grave crisis estructural que padece desde finales de la década de los sesenta del pasado siglo, sin embargo no es un fenómeno nuevo. Surgió en la época de la primera posguerra cuando las contradicciones del sistema gestaban la crisis capitalista que estalló en 1929.
El estallido de esa crisis cimbró las estructuras del sistema capitalista y lo obligó a la búsqueda de medidas y mecanismos que resolvieran o mitigaran sus devastadores efectos y promovieran la reproducción de las condiciones que aseguraran su existencia. En esa época se debatían dos posiciones para enfrentar la crisis: una, sustentada en las teorías económicas de John Maynard Keynes (1883-1946) y la otra, en las de Friedrich Hayek (1899-1992).
Uno de los aspectos centrales de ese debate se daba en torno al papel del Estado y la política en la economía. Mientras Keynes sostenía que la intervención del Estado era necesaria para corregir las deficiencias del sistema, los argumentos de Hayek iban en el sentido de prácticamente eliminar la intervención estatal en la economía y dejar que las fuerzas del mercado se encargaran de esas correcciones.
Si en aquellos tiempos la posición de Hayek no se impuso como una política económica, se debió en buena parte a que en esas condiciones lo menos que deseaba la clase dominante era agudizar más las ya tensas contradicciones del sistema capitalista, además de que aún estaba demasiada fresca la memoria de la instauración del primer Estado socialista, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, resultado de luchas en las que tuvieron destacada participación los obreros y campesinos de las repúblicas que conformaron el nuevo Estado.
Otro factor importante que jugó en favor de la adopción y aplicación de las tesis de Keynes en la política económica de los países capitalistas fue la Segunda Guerra Mundial, suceso que modificó la estructura industrial de los países más desarrollados para transformarse en productores de material bélico, e impulsó en cierto modo la economía de países subdesarrollados al convertirlos en proveedores de bienes que los primeros habían dejado de producir, situación en la que los Estados nacionales, en ambos casos, tenían un papel preponderante en la conducción de sus economías.
Al final de la guerra, la enorme cantidad de riqueza que se destruyó y que fue necesario reponer requirió aún más de la intervención estatal; ya el Estado como productor directo de bienes que los inversionistas privados no estaban en condiciones de hacerlo o no les era lo suficientemente rentable, pero que requerían para favorecer la acumulación de capital, vía subsidios; o el Estado como financiador de empresas privadas y consumidor de sus productos.
Por un lado, la transformación de las economías de los países subdesarrollados que en cierto modo complementaron la producción de algunos bienes de los países que transformaron su industria para la producción de armamento, no mejoró su condición de subdesarrollo ni de dependencia; por el contrario, se profundizó el primero y la segunda devino estructural.
En ese contexto los países capitalistas, desarrollados y subdesarrollados, instrumentaron y aplicaron políticas económicas basadas en la doctrina de Keynes, con distintos grados de intensidad y resultados, pero todas dirigidas a tratar de demostrar las «bondades» y la superioridad del capitalismo.
En esa época, conocida como la del Estado benefactor, se dieron ciertos avances en conquistas laborales, políticas sociales y en el reforzamiento de la ideología burguesa, que presentaba al capitalismo como un sistema de generación constante de bienestar; sin embargo, las leyes objetivas que lo rigen y sus contradicciones, la realidad, sacaron a flote las limitaciones del sistema, lo que dio aliento nuevamente a las ideas de Hayek, aún vivo, que se habían mantenido al acecho y desarrollándose en círculos académicos.
La crisis que venía gestándose en la segunda posguerra y que se manifestó en la segunda mitad de la década de los sesenta del pasado siglo, no solamente tuvo un carácter económico; afectó todas las estructuras del sistema capitalista, el que para resolver la parte económica recurrió, dadas las circunstancias, a la única forma posible: la mayor explotación de la naturaleza, los pueblos y los trabajadores.
Es por ello que el desalojo de los neoliberales y tecnócratas de los gobiernos y el retorno a la fase anterior, el Estado benefactor, es una ilusión y una falsa esperanza, porque las condiciones y el contexto histórico, técnico, científico e incluso social en el que se desarrollaba el proceso de acumulación y la generación de la ganancia eran diferentes a los actuales; además, en esa época se incubó el huevo de la serpiente que devino neoliberalismo.
* Alfonso Díaz Rey es miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Imagen de portada: Alemania tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial. | Foto Das Bundesarchiv.
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