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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 24 de junio de 2019
“Si fuera la patria como una madre cariñosa que da abrigo y sustento a sus hijos, si se les diera tierras y herramientas para sembrar, nadie abandonaría su patria para ir a mendigar el pan a otros países en donde se les desprecia y se les humilla”.
– Librado Rivera, 1864-1932
Pues me fui a Lille, en el norte de Francia. Bueno noroeste, pero parece ser que de París pa’rriba, todo es “El Norte”.
Y para variar me movieron el tapete.
Y de tantas maneras, ¡no sabes!
Primero la arquitectura.
Ya me habían dicho que allá las casas van hacia el cielo. Pero no imaginaba lo estrechas que son, parecen departamentos verticales, todas muy juntas, como protegiéndose del frío. Son casi todas de ladrillos, un poco más delgados que los que conocemos en México, y, en el centro de la ciudad, coloridas y decoradas con figuras de piedra o yeso. Fíjate que tengo primos allá, un franco-Lillois-bretón-mexicano y una mexicana, que sigue buscando su identidad frente a los galos y el día que paseé con ellos, me llevaron a conocer la casa más estrecha de Lille. Entré por el patiecito, de manera fraudulenta, y de pie, abriendo los brazos muy estirados, obtuve una medida casi exacta de su ancho, poco menos de dos metros. Imagina, ¿cómo se pone una cama en ese lugar?, ¿frente a la ventana o de plano colgada por fuera, como hamaca?

Foto: Tatyana Martínez.
Y fui al otro día con unos amigos, francesa ella, mexicano él, a casa de la hija. Igual, casa construida hacia arriba, escaleras estrechas y empinadas y 4 pisos. Pisos decorados con mosaicos antiguos o madera, ventanas extrañas posicionadas en lugares inesperados y jardincito tubular. Y sí, la familia entera cabe en ese espacio, se mueve, y no, nadie se ha caído por las escaleras. ¡Y te juro que parecen más escaleras de bombero o de albañilería que de casa!
Mira que llegando de mi pueblo bretón en el que todo es granito café, pizarra gris y casas masivas, ocupando media cuadra cuando lo pueden, la impresión fue impresionantemente impresionante.
Sentí en Lille mucho la presencia del agua. Todo era puentes, o puentes clausurados, ríos pasando dentro o cerca de las calles, olor a agua dulce, gente pescando de repente, y hasta competencia de paddle en un tramo ancho del río principal, la Deûle.
Resalta también el pasado de la ciudad, el hecho de que antiguamente fuera más flamenca que francesa, de que Bélgica esté todavía tan cerquita, y de que hubiera sido una ciudad altamente industrial.
Resalta por los nombres de las calles, en flamenco muchos, por las estatuas de generales y soldados, por las casas gigantescas de la calle principal, y las diminutas de todo lo demás, industrial versus obrero.
Caminé por largas calles peatonales, y luego por estrechos pasajes disimulados entre dos tiendas, me sorprendí al ver todas las mesas de dos cafés repartidas sobre el atrio de una iglesia, así, como ignorando que ese lugar es para vender rosarios, pan de dulce y elotitos tiernos, – en México, ya sé, pero…-, me codeé con gente de todos los colores, tanto habitantes como paseantes turísticos.
Y sí, había gente en las calles, nada que ver otra vez con mi pueblo desierto en el que oyes el eco de tus pasos si te concentras un poco, nada que ver con las ciudades de Francia que he visto, atiborradas de turistas, sin pobladores locales.
Además había sol.
Eso no lo medimos en México, pero cuando por fin sale el sol en países que no lo ven seguido, parece primavera de gente, pululan, salen de todos lados, con ropa que no cubre nada y en sandalias, sonrientes, felices.
Es además en estos meses, el Tiempo de México en Lille, El Dorado.
Cada tres años, la ciudad de Lille organiza un gran evento cultural, y esta vez México fue el País Invitado. Por todas las calles del centro se veía papel picado, dentro y fuera de las tiendas, de los cafés. Y, atracción descomunal, unos alebrijes y calaveras gigantes, llenos de color y de tradición, aparecieron sembrados por las arterias principales.
¿Ves…? Impresionantemente impresionante.
El tercer día, mi amiga, la de la hija de casa vertical, me llevó al célebre mercado de Wasemmes, nombre flamenco, idioma que hoy en día se parece mucho al holandés, según internet, y que yo oí lleno de olas diminutas, igual que el agua de Lille.
Pues haz de cuenta que me habían vuelto a cambiar de ciudad.
Sé que Lille está tan cerca de las fronteras que ya casi se sale de Francia.
Sé que vivimos en tiempos de migraciones bárbaras.
Sé que he defendido la idea de “Seamos todos hermanos, abajo el nacionalismo y abramos nuestros corazones a los demás”.
Pero esta vez me quedé de a cuatro.
Prácticamente todos los productos eran árabes. Tanto las hierbas, como la comida para llevar, como la ropa.
Prácticamente todas las personas eran árabes o africanas, cosa que supuse por su color de piel e idiomas.
Y prácticamente todas las mujeres iban con su hijab. Y los hombres con mirada feroz, cabello negro negro y cadenas de oro en brazos y cuello. O de falso oro, no sé.
No me sentí a gusto. Aunque me haya quedado sola un rato para ver, entender, sentir, no lo logré. Y no por miedo, no me hagas escribir lo que no pienso.

Foto: Gwenn-Aëlle Folange Téry.
No estaba en Francia. O estaba en una suerte de Francia desaparecida, conquistada.
Y de repente entendí a los que dicen, en Francia, que una cosa es una cosa y otra es otra, que acoger a trabajadores de compañías extranjeras o a exiliados políticos no es lo mismo que ser invadidos.
Será que estas personas viven en lugares como Wazemmes.
Entendí. No sé si estoy de acuerdo, todavía lo tengo que masticar.
Sé que me quise comprar un traje como el que usan las mujeres veladas, y que no lo hice nada más porque eran todos de pésima calidad.
¿Me habría yo integrado a su cultura al hacerlo? ¿Será eso lo que dicen algunos, que son algo así como los de la derecha de la derecha en Francia, a propósito de una invasión árabe-africana del mundo occidental? ¿Desaparece una cultura al acoger a otra, aprendiendo su idioma, adoptando sus platillos tradicionales y celebrando su manera de vestir, de vivir? ¿Dónde empieza y termina la integración de un pueblo con otro? ¿De cuál se espera la integración, del que llega o del que recibe?
¿Tiene que ser la integración de los pueblos desaparición de algunos?
Porque si comparo mis ciudades bretonas con la ciudad de Lille, pues todos somos franceses, hablamos el mismo idioma, y comemos lo mismo.
Cada quién eso sí, tiene sus lenguas originarias, sus banderas locales, y sus platillos tradicionales, con mantequilla en Bretaña y con cerveza en Lille.
Significa que sí nos pudimos acoplar los unos a los otros para formar una nación.
Si nos remontamos a los tiempos antiguos, pues sí, los celtas y vikingos ya fueron, y los holandeses, austriacos, flamencos y hasta españoles que andaban cortejando a Lille ya tienen fronteras relativamente nuevas entre ellos y los Lillois.
¿Significa que si dentro de mil años, todos hablamos árabe, o francés, o español, o mandarín, ya nadie tendrá prejuicios, que seremos un solo pueblo bien hermanado y bien querido por cada uno de nosotros? ¿Que no habrá bandera porque no habrá “otro pueblo”?
¿Si es así, nos preocupamos o nos dejamos ir…?
¿Opinamos o vemos tele?
¿Escogemos bando de una vez, no vaya a ser?
¿Estoy de repente hablando a favor del racismo? Por favor, no.
¿Del proteccionismo, nacionalismo? Por favor también, no.
Tal vez de cierta mesura… En esto de la migración, como en esto de juzgar y de sentir que ya lo entendió uno todo de un pueblo después de tres días de visita…
Y regreso a quienes me enseñaron Lille.
Mis amigos: ella francesa entonces, él mexicano. Se conocieron en Francia hace años, vivieron allá, luego en México y de momento están en Lille. Cada uno de los dos tuvo que aprender idioma, costumbres y códigos de otro pueblo. Cada uno de los dos, me cae que sí, se integró, sin que su esencia, su personalidad desapareciera. Cada uno, creo, sigue sin estar realmente a gusto en país ajeno.
Mis primos: ella mexicana, él francés (sí, con un montón de matices pero francés). Ella se está integrando a Francia. Llegó sin hablar el idioma, y hoy tiene trabajo en una universidad, va y viene, aunque te digo, se siente muy extranjera. ¿Eso pone en entredicho su integración o el acogimiento de quienes la rodean? Y luego él. Él vivió en México varios años, habla español con tonadita de norteño, su nombre lo mexicaniza para su esposa y sus hijos,- y sus primos, obvio-, y vivió allá como pez en la misma agua en la que nada hoy en Francia. Se integró, es un hecho. ¿Desapareció en el movimiento? No. Sigue siendo él mismo.
¿Estos dos ejemplos se contraponen a lo que vi en Wasemmes o acompletan el escenario, sumando hilos a la enorme maraña que es el asunto? ¿Los siento diferentes sólo porque los conozco de cerquitas o son en efecto diferentes porque hablamos de México/Francia y no de México/USA o de Túnez/Francia?
¿Dónde termina la integración y empieza el rechazo? ¿Dónde termina la integración y empieza la susodicha invasión?
¿Cómo defines integración? ¿Dónde está la sublime e inalcanzable línea entre ella y negación, desaparición de uno mismo?
¿Qué piensan los norteamericanos cuando ven carteles y anuncios en español por sus calles?
¿Es lo mismo, luego, migración por gusto, por temporada, que migración por susto, por tiempo indefinido?
¿Tengo respuestas? No, obvio.
Que si no mejor te escribiría de poner a crecer huesos de aguacates, ¿ya viste su precio?
Impresionantemente impresionada, te digo, impresionantemente impresionada.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Foto de portada: Tatyana Martínez.
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