SOMOSMASS99
ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 8 de julio de 2019
Acabo de cumplir dos años con esta columna.
Y los cumplí en la baba.
Baba muy espesa, por eso me distraje tan grueso.
La columna se llama Último Piso, te aviso por si andas igual que anduve yo.
No le puse yo el nombre, se lo puso Agustín Galo, editor de SomosMass99.
¿Por qué “Último piso”?
¿Porque de allá arriba se ven más cosas aunque de lejecitos?
¿Porque no hay más nada después y debemos dejar de insistir y descansar?
¿Porque lo último, lo más fuerte que hemos decidido hacer para cambiar lo que nos está pasando, acá, allá y acullá, es hablar de ello? ¿Intentar convencer con palabras, ejemplos y testarudez? ¿Sin armas, sin violencia? ¿Será que mis palabras no son violentas a pesar de evolucionar entre signos de exclamación y palabras soeces?
¿Qué más se puede, se debe de hacer aparte de explicar, escuchar, entender?
Claro que es menos violento usar palabras. Claro que las palabras amenazantes, desafiantes duelen menos que los golpes, por ejemplo.
Si sacamos de la ecuación las palabras hirientes que se llevan toda la vida colgadas del cuello, grabadas en la frente como marca de presentación, en las tripas como veneno. Porque la ecuación palabras hirientes es menos que balas …. ya fue, ¿verdad? ¿Cuántas veces no han deseado algunos dejar su cuerpo por la presión insostenible de las palabras de otros? ¿Cuántas?
¿Porque ese último piso, divino cuando se ve entre nubes, arcoíris y pajarillos amables es tan waltdisneano que se antoja?
Yo sé, digo porque toda la semana vivo allí, no nada más cuando publico, que desde ese último piso sólo me queda decidir si sigo con lo cotidiano, si sigo regateándole a la vida, a la muerte, y a las horas, así como lo he venido haciendo, o si me tiro al vacío, para ver qué se siente.
Y bueno, después de estas ecuaciones medio filosóficas, ¡deja te cuento lo que vi el lunes pasado!
Estaba yo sentada en un mullido asiento de sala de espera, esperando.
Oí, así como se oyen voces lejanas en las películas, la voz de una niña, hable, hable y hable.
Volteé y sí, en efecto, acababa de entrar una nena, cabello negro ondulado, echado a un lado, moño rojo, abriguito rojo del mismo tono que su moño y pantalones grises. Le daba la mano a un hombre que no me llamó la atención, más que cuando ella lo reprendió sobre su fecha de nacimiento. Y caí en la cuenta de que la chiquilla andaba ya por los quince años.
Observé, porque ni su voz ni sus palabras correspondían a esa edad.
Estaba ella de espaldas, con el mostrador frente a ella.
Y vi.
Su cabellera negra estaba echada a un lado porque sólo había cabello largo en una parte de su cabeza, cabecita hermosa. Del otro lado, dos grandes cicatrices, y cabellito nuevo, buscando luz de sol.
De repente, se tensó todo su cuerpo, y levantó el dedo índice de la mano izquierda:
“!Cuidado, voy a estornudar!”
Y zas… Que estornuda.
Y acto seguido se puso a reír.
“¿Sabes lo divertido que es estornudar?, le dijo a la chica del mostrador, a veces estornudas de repente, sin darte cuenta. Otras estornudas sólo por la izquierda, otras sólo por la derecha. Y a veces, toda tu nariz estornuda.
Ves…
Un ser humano que por lo visto no la ha tenido fácil, maravillándose por lo divertido de los estornudos.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imagen de portada: La niña de los estornudos. | Autora: Gwenn-Aëlle Folange Téry.
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