SOMOSMASS99
Esther Sanginés García*
Miércoles 17 de julio de 2019
Los sueños de gloria, poder, dominio y dinero de las testas coronadas de Europa Occidental se manifestaban en guerras de exterminio. Los muy cristianos reyes, insaciables, expandían sus dominios, quitándose unos a otros las tierras que cultivaban campesinos y en las que trabajaban artesanos; como nada era suficiente para su ambición, buscaban nuevas posesiones allende los mares. La cristiandad estaba en los siglos XV y XVI en el parto del capitalismo, del mercado mundial y en procesos de despiadada expansión[1].
Expansión económica que exigía metales preciosos para ampliar el comercio, el crédito y la producción en las ciudades. América se los dio y eso permitió desarrollar un nuevo sistema mundial, en el que todavía vivimos. Los reyes europeos se soñaban al frente de un imperio universal, para lograrlo tenían que eliminarse o fusionar sus reinos. La idea imperial regía las acciones de Isabel y Fernando, los reyes católicos que alucinaban con un mundo que en lo político les obedeciera y en lo religioso acatara los mandatos del Papa.
Muy importante en los siglos XV y XVI era la idea de Salvación, la humanidad debía salvarse, contradictoriamente, de manera individual, y en los términos de la religión cristiana, cuyos soldados combatían a las fuerzas del mal, personificadas en los herejes, judíos, musulmanes e idolatras; peleaban en nombre del Dios de los ejércitos, auxiliados por sus santos. En América, además del saqueo, se llevó en los términos eurocristianos la cruzada contra Satanás. Sin la menor autocrítica por las quemas en la hoguera y las torturas inquisitoriales, ponían el grito en el cielo ante el canibalismo probablemente ritual de los caribes y por los sacrificios humanos en Mesoamérica. En este proceso estructural, las tragedias personales fueron coyunturales, vamos a ellas.
Los sueños de Cristóbal Colón y sus acompañantes se convertían en pesadillas. Para el almirante los fracasos eran sólo pruebas que acicateaban sus anhelos de gloria y riqueza. Había negociado y ganado el ser virrey y gobernador de las tierras por descubrir ¿China? ¿Las Indias? ¿Cipango?, tal vez Catay, ¿por qué no el paraíso terrenal? Como contraste, lo habían convertido en gobernador de una isla habitada por taínos donde el oro era insuficiente para satisfacer las ambiciones de nobles y plebeyos, menos alcanzaba para resarcir los gastos de los reyes y seguir sus exploraciones hasta encontrarse con su destino glorioso. En su desesperación, para mantener el interés de la Corona y pagarle algunos gastos, inició como ya vimos, el gran negocio de la esclavitud.
Tres años habían pasado desde que iniciara su segundo viaje. Sólo había encontrado pequeños pueblos, amistosos algunos, guerreros otros, aunque tenía muchos fieles partidarios contagiados por su entusiasmo; su situación se tornaba insostenible, los nobles se habían rebelado y algunos regresaron a España con todas las quejas imaginables contra los hermanos Colón que los habían puesto a trabajar. El almirante tenía que ir a España a desmentir verdades e intrigas. En su segundo y desangelado regreso a la península se tornó evidente que la situación se le había ido de las manos; logró, a pesar de todo, el financiamiento para un triste tercer viaje (había quienes querían viajar a las Indias, pero no con él, cierta fama de déspota y embaucador le precedía), apenas ocho barcos y una tripulación de 226 personas. Entre ellos diez delincuentes.
Su anhelo lo alejaba cada vez más de su función como virrey y gobernador. Desembarcó en la costa sur de Trinidad el 31 de julio; en lugar de asumir el gobierno de Santo Domingo se fue a buscar las Indias. Exploró el Golfo de Paria y llegó a Sudamérica, en un instante de lucidez describió las tierras y el gran río Orinoco como parte de un continente desconocido. Pero le ganó su obsesión, se retrajo considerando la tierra firme como parte de Asia. No había pasado un año, cuando en mayo de 1499 los reyes saturados por las quejas contra el gobierno que ejercían Bartolomé y Diego Colón, nombraron a Francisco de Bobadilla, muy cercano a la Corona, como juez pesquisidor y gobernador de las Indias para tratar de imponer orden en La Española.
La reina Isabel estaba muy preocupada por la situación de los taínos a algunos de los cuales había conocido, tratado e incluso amadrinado en su bautismo; en la “Cédula Real del 20 de junio de 1500, ordenó poner en libertad a todos los indios vendidos hasta ese momento en España y decretó su regreso a América en la flota de Bobadilla”[2]. Dictaminó también que seguirían siendo propietarios de las tierras que les pertenecían con anterioridad a la llegada de los españoles y dictó un decreto prohibiendo la esclavitud. Pero al mismo tiempo se creó la trampa: “se fijaron tres supuestos en los que la esclavitud estaba permitida. El primero de ellos era que fuesen antropófagos. Otro supuesto, era que fueran prisioneros de guerra. Y el tercer supuesto es que ya fuesen esclavos de otra tribu”[3]. Y así se generaron las más desiguales y crueles guerras.
El 23 de agosto de 1500 Bobadilla llegó a Santo Domingo, al mando de 500 hombres, con él iban 14 taínos (de los 330 que habían llegado en el primer viaje) que fueron devueltos a su tierra. Lo primero que vio al llegar fueron siete cadáveres que colgaban de sendas horcas. El almirante no estaba, tampoco Bartolomé, sólo Diego, quien informó que sus hermanos se hallaban en el interior sofocando revueltas de españoles. Explicó que los ahorcados eran rebeldes, otros cinco serían ejecutados al día siguiente.
Muy probablemente Bobadilla sintiera todo el peso del fracaso de la colonización. En 1493 habían partido 17 naves con 1500 hombres además de mujeres y niños, de ellos apenas quedaban unos 400 aquejados por el hambre y las enfermedades tropicales. El descontento de algunos cortesanos y nobles era mayúsculo, se sentían engañados. Colón y sus hermanos fueron acusados de: despotismo, esclavizar a los indígenas, ocultar los quintos reales, sobre todo oro y perlas.
Como no encontró a Colón que seguía soñando y descubriendo, tomó posesión de sus bienes. Escuchó a los rebeldes, se autonombró gobernador el 23 de agosto de 1500 y dictó un bando eximiendo a los españoles de tributo y del quinto real, por 20 años. Mandó buscar a Colón, con una nota de los Reyes católicos de mayo de 1499 en la que explicaban que habían enviado un juez para que investigara las noticias que llegaban a España. Cuando Colón compareció en septiembre de 1500, ya estaba preso su hermano Diego. Don Cristóbal y Bartolomé fueron apresados. “A principios de octubre, fueron enviados a España bajo la custodia del capitán Alonso de Vallejo, y entregados al obispo Fonseca de Burgos (…) encargado de dirigir los negocios de la América española y (…) enemigo declarado de Colón (…), los Reyes Católicos trataron cordialmente a Colón y ordenaron liberarlo, rechazando todas las acusaciones como una razón para encarcelarlo (…)”[4].
Ante las protestas de los hermanos Colón, los reyes decidieron relevar a Bobadilla, por un religioso de todas sus confianzas, Fray Nicolás de Ovando. Lo que no hicieron los 14 delincuentes embarcados con Colón, lo hizo ese fraile, buen administrador, portador de los sueños europeos, gloria, poder, dominio, imperio universal y una sola religión. El 13 de Febrero de 1502 partió de Sanlúcar para gobernar La Española, con la mayor flota que había salido para las Indias: 32 naves en las que iban 12 franciscanos, además de dos mil quinientos hombres, la mayor parte hidalgos y de la nobleza menor. Llegó a Santo Domingo el 5 de abril. Poco después, en mayo de ese 1502 partió Colón para su cuarto viaje con cuatro naves y 140 tripulantes. La diferencia era abismal.
Sintetizaba Ovando las contradicciones de algunos frailes con espíritu de cruzada, obsesionados con vencer al demonio y al mal. Marchó a las Indias; como gobernador transitorio, no era su primer intento. En 1498, al partir el Almirante para su tercer viaje, se ofreció a acompañarle, Colón lo rechazó. ¡Vaya enemigo que se consiguió!
¿Qué pasó con el Almirante? Sigamos un poco a don Cristóbal para despedirnos de él. Poseído por su ideal, Colón decidió seguir explorando, encontrar un paso que le permitiera llegar al mar y acercarse a las Indias. Las islas le recibieron con un huracán, pidió permiso para refugiarse en las costas de La Española y Ovando se lo negó. Con una nave menos y las otras en malas condiciones, recorrió las costas de Centroamérica: Honduras, donde se produjo el primer encuentro entre mayas y españoles, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. Supieron de las grandes civilizaciones en tierra firme, de las minas de oro y de la cercanía del mar, pero su tripulación era muy pequeña, sus naves estaban en pésimas condiciones y fue de desgracia en desgracia, víctima de la crueldad de Ovando y de su obsesión. Naufragó en Jamaica y Ovando le negó ayuda durante meses. Muy enfermo, pobre y en desgracia pagó su viaje a España donde murió. Las posibilidades que abrió su cuarto viaje llenaron de sueños a futuros exploradores.
El gobierno de Fray Nicolás de Ovando, o la consolidación de los agravios
Fue el fraile Nicolás de Ovando quien trasladó esa Europa soñadora, imperial, inquisitorial y guerrera a América. Se comportó como religioso, militar y administrador. Con su llegada a La Española se consolidó el asentamiento y colonización de los españoles en las Antillas. Su gobierno empezó con un acto irresponsable. En cuanto asumió el cargo, hizo el juicio de residencia a Bobadilla y ordenó su inmediato regreso a España, ignoró las advertencias de Colón sobre la cercanía de un huracán que sorprendería a las naves. El resultado fue una catástrofe en la que perecieron los tripulantes de las naves, Antonio de Torres y el exgobernador Bobadilla.
Veamos cómo lo presenta fray Bartolomé de las Casas: “Este caballero era varón prudentísimo y digno de gobernar mucha gente, pero no indios, porque con su gobernación, inestimables daños, como abajo parecerá, les hizo. Era mediano de cuerpo y la barba muy rubia o bermeja, tenía y mostraba grande autoridad, amigo de justicia; era honestísimo en su persona, en obras y palabras; de codicia y avaricia muy grande enemigo y no pareció faltarle humildad, que es esmalte de virtudes; y dejando que lo mostraba en todos sus actos exteriores, en el regimiento de su casa, en su comer y vestir, hablas familiares y públicas, guardando siempre su gravedad y autoridad, mostrolo asimismo, en que después que le trajeron la Encomienda mayor, nunca jamás consintió que le dijese alguno señoría. Todas estas partes de virtud y virtudes, sin duda ninguna en él cognoscimos”[5].
No es el único que presenta esta doble faceta, como gobernador de españoles se le reconoce haber puesto los cimientos del régimen político hispano, de fundar cantidad de villas, ordenar y reglamentar el trabajo en las minas, la labranza, la ganadería y “granjería” en los campos, además de la tributación del Estado; la Administración de justicia para los europeos, el dominio espiritual de la Iglesia, pero también abusó de los indios y en “la Española prácticamente los exterminó”[6].
Fray Nicolás de Ovando llevaba instrucciones de la Corona para tratar a los indios como personas libres y no como siervos, sin consentir que nadie les molestase ni hiciese daño. Debía también administrar la isla, reglamentar la explotación y los tributos de las minas alterados por Bobadilla.
Reconstruyó Santo Domingo, isla destrozada por el huracán que acabó con la flota de Torres. Activo fue para edificar villas, entre ellas el Puerto de Plata, al norte de la isla en un espacio muy poblado por indios, para controlarlos y para que las flotas llegadas de España tuviesen un puerto más cómodo y fácil.
Cuando llegó quedaban sólo 300 españoles en la isla, muchos vivían desperdigados entre las poblaciones indígenas. Desde el inicio ordenó que se trasladaran a las villas que se iban formando, separándolos de los taínos. A quienes por los lazos afectivos creados se opusieron a dejar su vida entre los indios, los envió de vuelta a España. De este modo centralizó la política y dejó a los taínos sin defensa.
Los dos mil 500 hombres que se embarcaron con él, de “buena cuna”, nobles e hidalgos, codiciosos y holgazanes buscaban riqueza fácil y rápida. Veían la tierra y el trabajo con desprecio. Al arribar, salieron en busca de minas con la ilusión de recoger oro a manos llenas. Las minas requerían de una labor ruda y penosa para dar un poco de oro, que no correspondía a sus expectativas; como no sabían explotarlas, ni iban dispuestos a trabajar, regresaron a Santo Domingo desengañados, hambrientos, endeudados, con enfermedades tropicales, para las que no tenían defensas. En poco tiempo murieron más de mil. Los mil 500 que quedaron, medio desnudos, sin víveres y enfermos, se empobrecieron. Sin trabajo campesino ni artesano, las herramientas, ropas y alimentos, se encarecían. Ovando con su mentalidad feudal, optó por socorrer las desdichas de esos holgazanes y apremiar a los que, aclimatados, explotaban las minas, para que pagasen el tributo debido a la corona. “Sabía muy bien que en España se apreciaba el mérito de las Indias y de sus Gobernadores, principalmente por el oro que remitían”[7], así que decidió la sobreexplotación de los indios.
¿Cómo lograrlo sin desobedecer las órdenes de la Corona?: inventando guerras. La primera contra los habitantes de Higuey, la parte más oriental de la isla, pues los taínos cansados de los abusos cometidos contra ellos habían huido a las montañas y cavernas. La guerra dio a los españoles la oportunidad de hacer prisioneros y esclavizarlos. La desigualdad de condiciones y armamento, propició grandes matanzas y torturas. Se aseguraron los tributos. No satisfechos buscaron nuevas guerras, pues a los prisioneros podían esclavizarlos, así que se quejaron con insistencia ante Ovando de los taínos de la provincia de Jaragua, al extremo oeste de la isla, acusándolos de proyectar un alzamiento general. El gobernador, suspicaz y receloso, sin prueba alguna, dispuso escarmentarlos.
Reinaba en Jaragua Anacaona, “mujer excepcional, que tenía fama entre indígenas y españoles por su extraordinaria belleza y su talento nada común”. Malas experiencias tenía la hermosa cacica con los europeos, había perdido a su esposo y a su hermano en luchas desiguales. Para que su pueblo sobreviviera, soportaba sus desmanes, pagaba con puntualidad los tributos concertados y no permitía que se hiciera daño alguno a los pocos españoles que vivían en su territorio.
A Jaragua fue Ovando con 300 infantes y 70 jinetes. Le anunció a Anacaona el día de su visita. La cacica llamó a los señores de sus dominios y recibió la embajada con 300 de ellos, y 30 mujeres que luciendo sus mejores galas, su hermosura y desnudez bailaron y cantaron los areytos (cantos populares, en cuya composición sobresalía Anacaona). Les regalaron con tortas de cazabe, guisos de caza y pesca a más de frutos, le cedieron a Ovando la mejor casa del pueblo. Los indios de toda la región se congregaron para ver al gobernador y disfrutar las fiestas organizadas por Anacaona con juegos de pelota, luchas y simulacros de guerra, bailes y cantos de la región[8].
Imagino a ese fraile obsesionado con el bien y la castidad presenciando las danzas sensuales de mujeres semidesnudas para celebrar la vida y la fertilidad. Casi seguro que sintió la mordedura del demonio. Probablemente todas las tentaciones de Satanás en su cuerpo donde las represiones habían dado paso a la castidad, gritaban por el castigo de esa encarnación del mal. Debía derrotar al diablo.
Así que el domingo, después de comer, cayeron por sorpresa sobre los caciques. Amarraron a más de 80 a los troncos que sostenían el techo de una habitación y le prendieron fuego. Mientras eran quemados vivos, los jinetes españoles embistieron contra los taínos, pisoteando y atacando por igual a hombres, mujeres y niños que, aterrorizados, huían despavoridos hacia las montañas y las costas. La matanza no cesó, algunos pudieron salvarse en canoas y otros arrojándose al mar. Anacaona murió ahorcada.

Como reguero de pólvora se difundió la noticia en toda La Española, y en las islas vecinas, la actitud amistosa de los indios cambió. El clamor llegó hasta España, la Reina Isabel y el Presidente del Real Consejo de Indias pensaron en “tomarle la residencia”. Ovando se excusó abriendo una información en la Ciudad de Santo Domingo para justificar la masacre con el pretexto de una rebelión. “¡Irrisorio proceso, en el cual declararon los que habían cometido aquella hazaña, coincidiendo, como era natural, en los atroces crímenes que proyectaban los de Jaragua, y la sabia previsión del Gobernador, que había evitado un desastre para la Española, y casi casi que se malograra la conquista del Nuevo Mundo!”[9].
Para mantener a raya al demonio y vivo el miedo, fundó Ovando en esa provincia la villa de Santa María de la Vera Paz (Paz de los sepulcros), comisionando a Rodrigo Mejía y Diego de Velázquez (que después gobernaría Cuba) para que persiguieran a los fugitivos. Una vez ahorcado el último pariente de Anacaona, se fundaron más villas de españoles.
Fue este el tercer agravio, la condena de toda manifestación religiosa, ritual o festiva que difiriera de la rigidez del cristianismo europeo de la época. Y que se repitió en la quema de códices en Yucatán, en la destrucción de la memoria y de la cultura de Mesoamérica. ¡Vaya que hay que pedir disculpas!
No acaba allí el “buen gobierno” del fraile Ovando; los alimentos que llegaban periódicamente de España y que se pagaban con oro, se habían acabado, las enfermedades tropicales diezmaban a los cristianos, que esperaban todo del gobierno. Los Taínos a quienes se les respetaba cierta libertad, por las órdenes de los reyes, estaban en sus pueblos entregados al trabajo habitual. Los españoles apremiaban al Gobernador para que les diese indios que suplieran su indolencia, así que Ovando, en lugar de obligarlos a cultivar los terrenos de que disponían o embarcarlos para España, escribió una carta a la Reina Isabel argumentando que los indios por la independencia que se les había otorgado, huían de trato de los españoles, por lo cual no era posible adoctrinarlos e instruirlos en la Santa Religión.
Las Indias eran cada vez más llamativas, llegaban europeos a las Antillas (no todos españoles como se cree, pues había napolitanos, genoveses, portugueses), todos solicitando tierras e indios. El 20 de diciembre de 1503, la reina ordenó entre otras cosas «que compeliese y apremiase á los indios á reunirse con los cristianos para que se convirtieran al catolicismo y les auxiliasen en los trabajos de población y cultivo de la Española.» Y así se establecieron oficialmente los repartimientos de indios y las encomiendas. Un agravio más.
Aunque en la carta también se decía: «Pagándoles el jornal que por vos fuese tasado, lo cual hagan é cumplan como personas libres, como lo son y no como siervos; é faced que sean bien tratados los dichos indios, é los que de ellos fueren cristianos mejor que los otros, é non consintades ni dedes lugar que ninguna persona les haga mal ni daño, ni otro desaguisado alguno, é los unos nilos otros no fagades ni fagan ende al, por alguna manera, so pena de la mi merced, y de 10.000 maravedís para la mi Cámara». La reina de Castilla estaba muy lejos. La interpretación de su carta la hizo el gobernador Ovando convencido de que para sacar al diablo del cuerpo de los indios debían trabajar de sol a sol, por lo que les sometió a una servidumbre brutal, se separó a la madre de sus hijos, a las mujeres de sus maridos y se les transportó a largas distancias de sus hogares, dispersándolos, se les agobió con faenas a las que no estaban acostumbrados para saciar la codicia de sus señores.
Entre 1503 y 1505, Ovando generalizó los repartimientos y encomiendas de indios en La Española, con lo que se desarrolló la agricultura en gran escala, la extracción de oro y la ganadería.
Mientras esto sucedía, en 1504 moría la reina Isabel. En su testamento dejó dicho: “… y no consientan ni den lugar a que los indios vecinos y moradores de las dichas Islas, y Tierra Firme, ganados y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas y bienes, mas manden, que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien y provean de manera, que no se exceda cosa alguna lo que por las letras apostólicas de la dicha concesión nos es mandado…”[10].
Los indios se repartían con prisa y en tal cantidad que pronto quedaron pocos en La Española, pues no estaban acostumbrados a los trabajos rudos y continuos, ni a las privaciones. El Gobernador debía reponer cada año los muertos, e inutilizados. Los premios y castigos por la incondicionalidad, consistían en dar más o menos indios; los servicios y las influencias se pagaban con repartimientos. De tres millones que calculan había en La Española cuando llegó Colón, quedaban en los últimos tiempos del gobierno de Ovando sólo 60 mil, en quince años habían perecido dos millones y medio. Según algunos testimonios, muchos indios tomaban hierbas venenosas para suicidarse, y las mujeres embarazadas bebían brebajes abortivos para que sus hijos no nacieran como esclavos.
A ese ritmo de exterminio, los indios se acababan al par que la codicia de los europeos crecía. Ovando escribió al Rey Fernando, el Católico, con el pretexto de la conversión y la salvación de las almas, que le permitiera transportar a La Española, los indios que habitaban las islas Lucayas. El Rey lo consintió, y, primero por el engaño, después por la fuerza, al último persiguiéndoles y cazándoles en los bosques, fletaron cargamentos de indios que vendían en el mercado público. Las Lucayas quedaron desiertas y sus habitantes sometidos a la misma condición que los de La Española.
El “buen fraile”, una vez exterminados los indios y tranquilo porque el negocio de la esclavitud prosperaba con el pretexto de que se combatía a los rebeldes o a los caribes, se dedicó a poner orden en la administración de La Española; organizó la explotación de las minas, la acuñación del oro, llegaron a recogerse al año 450 ó 460 mil castellanos de oro, cerca de 5 millones de pesetas; a los españoles que vivían con indias los obligó a casarse o a dejarlas, los hijos de matrimonios fueron legitimados como españoles.
El resultado del reparto de indios fue su exterminio, tanto por el trabajo como por las enfermedades para las que no tenían defensas.
El siguiente objetivo de Ovando fue acelerar el proceso de colonización con asentamientos urbanos. Se adoptó en la creación de villas el modelo castellano de la Baja Edad Media, con calles anchas, rectas y perpendiculares. Así se reconstruyó Santo Domingo, y las ciudades de Santa María de la Vera Paz, Salvatierra de la Sabana, Santa María de la Yaguana, San Juan de la Maguana y Arzúa de Compostela. En el norte de la isla se erigieron las villas de Puerto Real y Lares de Guahaba.
En 1508, consolidada la riqueza en La Española, organizó la exploración de las actuales Cuba, Puerto Rico y el resto de las Antillas, se confirmó que Cuba era una isla, y algunos españoles se dedicaron al lucrativo negocio de cazar esclavos que vendían haciéndolos pasar por Caribes, esos cazadores de esclavos o aventureros llegaron a todas las islas, a Yucatán y la Florida. Ovando siguió gobernando, según algunos historiadores, con bastante discreción y prudencia.
En julio de 1509 llegó a Santo Domingo D. Diego Colón, que había conseguido ser nombrado Gobernador y Capitán General de las Indias, en cumplimiento de las estipulaciones hechas con su padre. Después de tomar residencia á Ovando, abandonó éste La Española en septiembre de aquel mismo año, y al poco tiempo de llegar a Castilla, mientras celebraba Capítulo la Orden de Alcántara, falleció en esa ciudad, el 29 de mayo de 1511.
Gonzalo Fernández de Oviedo diría de él: “Por cierto, segund lo que á muchos testigos fidedinos he oydo, é á los muchos que hoy hay que dicen lo mismo, nunca hombre en estas Indias le ha hecho ventaja, ni mejor exercitado las cosas de la buena gobernación, y tuvo en sí todas aquellas partes que mucho deben estimar los que gobiernan gente; porque él era muy devoto é gran christiano, é muy limosnero é piadosso con los pobres; manso y bien hablado con todos; é con los desatacados tenía la prudencia é rigor que convenía; á los flacos é humildes favorescía é ayudaba, é á los soberbios altivos mostraba la severidad que se requería aver con los transgressoree de las leyes reales. Castigaba con templanza y moderación que era menester; é teniendo en buena justicia esta isla, era de todos amado é temido”.
Las vicisitudes de la monarquía española en los 27 años que pasaron entre los viajes de Colón y la expedición de Cortés
Espero que con este artículo, publicado en tres partes, podamos distinguir muy claramente dos etapas del proceso que llevó a la apropiación y conquista del nuevo continente por parte de la Corona española. Por una parte, la gran hazaña de Cristóbal Colón, quién salió de España en 1492 y, por la otra, las expediciones de Hernán Cortés que partió de Cuba en 1519, tema, este último, que expondré en un siguiente artículo.
En esos 27 años Isabel y Fernando, los primeros reyes que ostentaron el apelativo de católicos, habían muerto. Isabel el 26 de noviembre de 1504, dejando viudo a Fernando. El rey Fernando proclamó reina de Castilla a su hija Juana, y a sí mismo como Regente, sólo que los castellanos no lo querían, por lo que no tuvo más remedio que llamar en 1506 a su hija, y a su marido Felipe, llamado el Hermoso. La rivalidad entre suegro y yerno se manifestó en dos grupos antagónicos, los nobles de Castilla apoyaron a Felipe, los campesinos y artesanos de las ciudades estaban con Fernando. Mientras estos grupos peleaban, España se empobrecía. El 12 de julio de 1506 el marido de Juana fue proclamado rey de Castilla como Felipe I, un par de meses le duraría el gusto, el 25 de septiembre de ese 1506 murió, para beneplácito del suegro; Fernando el católico decidió encerrar a su hija Juana y declararla loca, mientras buscaba nueva esposa. Con el deseo de tener un hijo varón y de consolarse por su viudez se casó en octubre de ese mismo año con Germana de Foix, bella joven de 18 años, sobrina del rey de Francia.
Mientras esto sucedía con la monarquía, desde principios del Siglo XVI el pueblo español padecía una crisis de producción agrícola, no sólo por las guerras, también por fenómenos climáticos, en 1507 hubo una hambruna generalizada que se agravó con una epidemia de peste. Esta crisis ocasionó un ligero descenso de la población y algunos conflictos sociales, sobre todo en Córdoba y Valencia. La crisis término en 1508, año en que volvieron a obtenerse buenas cosechas. Así que desde 1503 hubo una gran necesidad de emigrar[11].
Desde 1506 hasta 1524 las luchas por controlar el reino desangraron toda la península. El 23 de enero de 1516 murió Fernando el Católico, según parece por tomar brebajes para satisfacer a su joven esposa; sólo pudo tener con Germana de Foix un hijo que murió al nacer; su heredero, por tanto, era el primogénito de Juana, Carlos de Gante, un jovenzuelo de 17 años que ni siquiera sabía hablar castellano; llegó a la península rodeado de una corte de flamencos, sin conocer las leyes y costumbres del país, porque no había nacido ni se había creado en él, su ambición era coronarse como emperador de Alemania, no era fácil, debía convencer a los electores, el soborno fue su opción, para ello convocó a las Cortes de Castilla en 1517, año en que Valladolid vivió una peste que diezmó su población. El 4 de enero de 1518 en el reino se discutía la conveniencia de aceptar como rey al príncipe, pues estaba viva la reina Juana. Otros dos asuntos eran muy importantes para los delegados, “La oposición a que los flamencos ocupasen cargos… y el que se llevasen el dinero del reino”. Los delegados le presentaron al joven príncipe una propuesta escrita para que la jurara. Su alteza la juró el 17 de febrero de 1518. No cumplió.
Otros asuntos inquietaban al Príncipe: su abuelo Fernando le había pedido en su testamento que velara por su viuda. Carlos tenía 17 años, Germana 29. Cumplió con entusiasmo el mandato de su abuelo. “Carlos no hablaba castellano ni conocía a los nobles de España. Le resultó muy útil encontrarse con una mujer que había gobernado el Reino de Aragón y conocía a todas las personalidades de la Corte de Castilla. El enamorado joven se dedicó a impresionar a Germana, organizando espectaculares torneos en los que el propio rey participaba. Poco más de un año después de conocerse, Carlos le procuró a Germana la hija que su abuelo no consiguió concebir: “la infanta Isabel de Castilla”, a la que no reconoció y que pasó su vida recluida en un convento.
El dinero de las recaudaciones era insuficiente tanto para su coronación como para impresionar a su abuelastra. Carlos continuó su política de elevar los impuestos a un pueblo empobrecido y desangrado. Las comunidades castellanas se rebelaron. La mayor parte de los habitantes de todos los reinos de España estaban inconformes, los judíos conversos eran perseguidos, los descendientes de musulmanes también.
Y es en ese contexto que Hernán Cortés, que había llegado a La Española en 1504 durante el gobierno de Ovando del que era pariente lejano y que en ese momento estaba establecido en lo que hoy es Cuba, inicia su expedición.
Las repercusiones del gobierno de Ovando en toda América Latina
El gobierno de Ovando trasladó la cultura europea a las Américas, con una gran violencia impulsada por el afán de vencer al demonio y al mal, personificado en la idolatría. El reparto de tierras e indios para colonizar las Islas, feudalizaron el Nuevo Mundo. Los conquistadores enriquecidos unían el afán de lucro y la riqueza fácil a los anhelos de gloria.
La exploración continuaba. Juan Ponce de León en 1508 pidió permiso a Ovando para explorar la isla de Borinquén, descubrió Puerto Rico, fue nombrado gobernador. En 1511 por conflictos con Diego Colón dejó la gubernatura y pidió el permiso real para explorar las islas, llegó a La Florida. Curiosamente encontró a un indio que hablaba español, uno de sus pilotos fue Antón de Alaminos que había sido grumete en el cuarto viaje de Colón y que descubrió la corriente del Golfo de México con lo que se facilitaron los viajes de regreso a Europa.
Diego Velázquez que se había enriquecido enormemente durante el gobierno de Ovando llegó a Cuba independizándose de Diego Colón (el hijo del almirante), como gobernador y adelantado continuó el proceso de colonización, el reparto de tierras e indios en encomienda y la formación de ciudades. Promovió algunos proyectos de exploración continental; en 1517, patrocinó la expedición de Francisco Hernández de Córdoba, quien entro en contacto con los mayas en Yucatán. En 1518, ordenó un segundo viaje, comandado por Juan de Grijalva y Pedro de Alvarado que llegaron a las costas del Golfo de México. Ambas expediciones tuvieron un desenlace bastante accidentado. Los indicios de grandes civilizaciones y riquezas en tierra firme, lo orillaron a financiar una tercera expedición, en 1519 Velázquez encomendó la empresa a Hernán Cortés, nombrándolo capitán general, pero, al intentar quitarle el mando, Cortés salió de manera clandestina de Cuba, para evitar ser detenido por Velázquez. Veamos a ojo de pájaro las consecuencias de la llegada de los españoles a América.
- Los pueblos originarios perdieron sus derechos sobre la tierra. Fueron desposeídos por la Bula papal. Primer agravio, el despojo.
- La esclavitud se mantuvo con el pretexto de que eran antropófagos, sublevados o faltaban a los pactos.
- Sus manifestaciones religiosas, festivas, rituales y culturales fueron condenadas como idolátricas y prohibidas. Con la consiguiente destrucción y quema de la memoria histórica.
- Se instituyó el repartimiento de indios y la encomienda, formas de esclavitud todavía más nocivas puesto que a los beneficiados no les costaba comprar a los indios.
Estas cuatro situaciones se repitieron en todo el territorio que de pronto se volvió la América Hispana. Sólo la despoblación y las epidemias trajeron males mayores y por ello la Corona española debe pedir disculpas, el gobierno de Ovando representó a la España inquisitorial, de hidalgos holgazanes, que vinieron a convertirse en señores y cuyos descendientes ideológicos llamaron a Maximiliano.
Las disculpas serían simbólicas, como un reconocimiento a las atrocidades de los tiempos, con el espíritu de combatir los despojos de territorio y de riqueza que se hacen en la actualidad, los préstamos leoninos, la trata de personas, las tiranías, la esclavitud del capitalismo.
Pero eso no fue todo, desde el principio estuvo presente la otra España, la de los trabajadores, campesinos, artesanos, esos que le enseñaban gustosos a Colón cómo había germinado el trigo, esos que se habían quedado entre los taínos como haría Gonzalo Guerrero entre los mayas y muchos más y que Ovando tuvo que mandar de regreso a España porque no aceptaban su forma de gobernar. América Latina se fue formando en tres siglos de alianzas, encuentros, desencuentros, migrantes pobres, esclavos negros, trabajadores.
Y podemos ver en este México nuestro al igual que en Perú o Bolivia, las mismas caras latinoamericanas. “Indios blanquinegros, blanquinegrindios, negritos blancos, rubias bembonas, negros lacios”[12], indios bigotones y cejudos, blancos lampiños. Todos descendientes de un mestizaje que se fue haciendo abajo, que fue creando la Patria, la de Hidalgo y Morelos, la de aquellos que lograron el triunfo contra el invasor francés, la de nosotros que estamos construyendo la cuarta transformación a pesar de los Fox y los Calderón y la Policía Federal. De cómo se fue formando esa Patria mestiza, les escribiré más adelante.
[1] Ojalá puedan ver Los mitos de la conquista, un vídeo del Dr. Antonio Rubial compartido en Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=Emo5S3pRIYQ
[2] Isabel La Católica y el indio americano, en https://hispanoamericaunida.com/2013/06/16/isabel-la-catolica-y-el-indio-americano/, consulta 6 de julio 2019.
[3] “El pasado es el futuro” https://es.historia.com/magazine/20-junio-1500-mediante-una-real-provision-prohibe-la-esclavitud/, publicado el 20 de junio de 2017, consulta, 8 de julio 2019.
[4] Del Monte Manuel, Francisco de Bobadilla, https://manueldelmonte.wordpress.com/2014/08/02/francisco-de-bobadilla/ Consulta 5 de julio 2019.
[5] De las Casas, Fray Bartolomé, Historia de las Indias. Hay versión virtual http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/historia-de-las-indias–0/html/d31cc52d-acd9-4776-a069-ee37b963f399_13.html
[6] Ruiz Martínez Cándido; Gobierno de Frey Nicolás de Ovando en la española. Conferencia pronunciada el 8 de mayo de 1892 en el Ateneo de Madrid, Establecimiento Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra. Impresores De La Real Casa, Madrid, 1892.
[7] Tributo que Bobadilla había abolido, y que Ovando restableció a su llegada por mandato de los Reyes.
[8] Ruiz Martínez, op.cit.
[9] Idem.
[10] Testamento y codicilo de Isabel I de Castilla, llamada la Católica, Isabel I de Castilla. http://www.ub.edu/duoda/diferencia/html/es/primario16.html
[11] Demografía española en el Siglo XVI, en: https://www.lacrisisdelahistoria.com/demografia-espanola-siglo-xvi/
[12] Nicomedes Santa Cruz, América latina, https://www.youtube.com/watch?v=urd_uBP47JI
* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece la autora.
Ilustraciones de portada e interiores: Grabados de Theodor de Bray en la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Fray Bartolomé de las Casas (1598).
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