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NOPALES Y HORTENSIAS
Carla Martínez*
Francia / Viernes 6 de septiembre de 2019
Durante las vacaciones de verano, tuve la oportunidad de visitar un centro cultural extraordinario en la ciudad de Rennes (la capital administrativa de la región en que vivo). Además de un recorrido por la historia de la Bretaña, una enorme biblioteca, un planetario y un área de actividades científicas interactivas para niños, en el museo hay una exposición temporal sobre la vejez, la vida, la muerte, el tiempo…
En una de las primeras salas de esta exposición, hay un panel interactivo que muestra la tasa de mortalidad infantil por país y cómo ello incide en la estimación de la esperanza de vida.
En México estaba marcada del 16%. En Francia es del 3%. En Japón, del 2%. En la República del Congo, de 66%. No sé si las cifras sean de actualidad. Pero yo me quedé mirándolas. Un número. En estadísticas así, las mamás que hemos visto morir un bebito de días de nacido, muchas veces por la falta de instalaciones y servicios médicos adecuados, por la pobreza, por la miseria… somos un número. Una estadística.
Y me puse a pensar que a mí estas cifras me duelen porque yo viví en carne propia el perder un bebecito de dos semanas de nacido.
Pero para muchas otras personas son cifras frías. Son números. No los mueven, no les dicen absolutamente nada.
Y eso nos pasa con los feminicidios.
Para las personas que no han sido tocadas por el abuso violento hacia una mujer, por la desaparición o muerte dolorosa de una hermana, una amiga, una hija, las cifras de la violencia contra las mujeres son sólo números. Fríos números.
Pero para aquellos que han perdido una hija que no sólo murió, sino que probablemente fue violada, o cuyo cuerpo simplemente jamás apareció, no lo son.
Para las mujeres que han sobrevivido violaciones, golpes y acoso intenso, no lo son.
Para los hijos de las mujeres que fueron asesinadas por exparejas, por sus maridos, por sus novios… no lo son.
Es por eso que la situación en México está polarizada e intensa. Es por ello que yo encuentro completamente comprensible que haya manifestaciones fuertes, palabras y acciones con un tono elevado para exigir que las cosas cambien.
Si nosotras, la generación que hoy ronda los cuarenta años nos hubiéramos quejado más por cada despido por estar embarazada, por cada profesor que te tocaba las piernas, por cada ginecólogo humillante, por cada abuso, por cada insulto… quizá no habríamos llegado a esta cifra de muertes tan ominosa.
Y hoy en día, las que tenemos la suerte de estar vivas, tenemos la responsabilidad de leer las cifras de forma más empática y ponernos en el lugar de las que fueron violadas, asesinadas, golpeadas y desaparecidas.
Y cambiar las cosas. De una forma o de otra.
* Carla Martínez, además de contar historias como migrante internacional desde la Bretaña francesa, ha sido ghost writer durante años, redactora de contenido para una empresa española y ahora trabaja como profesora de idiomas en una universidad privada francesa.
Imagen de portada: Carla Martínez.
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