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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 9 de septiembre de 2019
Todo poder excesivo dura poco.
– Séneca (2 AC-65), filósofo latino.
Hubo una vez, una flor. Vivía en un claro. Alrededor del claro, había un arboleda. Y al lado de la arboleda, un castillo con rey, reina, príncipes y princesas, sirvientes y cuidador.
La flor vivía tranquila, sin molestar a nadie, sin preocuparse de nada, casi casi ignorando que existía. Tenía conciencia sí, pero no exacerbada. Toda su vida la había pasado sola en medio de su claro, de su arboleda y sin haber visto jamás al castillo. Había aprendido a abrir sus pétalos cuando era de día para recibir agua de lluvia, rocío y alimento, mosquitas, moscotes, catalinas y una vez, una enorme libélula que casi la mató al revolotear en el fondo de su corola. Había aprendido también a recoger sus pétalos cuando llegaba la noche y guardar así celosamente el recuerdo de las horas transcurridas. Sabía, de manera confusa, que el mundo se dividía en dos: el mundo de los enraizados y el de los móviles, el suyo y el de sus presas.

Su conciencia había empezado a manifestarse justo el día del incidente con la libélula. La flor había empezado a comparar su vida con la de las yerbas del claro. Uno, esas yerbas no tenían pétalos, dos, no orientaban la cima de sus tallos hacia los insectos y tres, parecían en cambio nutrirse por las raíces. Pensando que tal vez lo que ellas comieran fueran gusanos, la hizo vanagloriarse de comer creaturas aladas, ligeras y transparentes. Había también observado los primeros árboles que bordeaban su claro. Ellos definitivamente dirigían su cima hacia el cielo, pero en lugar de alimentarse de pájaros, criaturas aladas, parecían más bien ofrecerles resguardo entre sus ramas. No entendía bien cómo sobrevivían tan grandes plantas, pero pronto se desinteresó del asunto, su mundo se limitaba finalmente a ella, a sus pétalos, sus hojas, su tallo. Inclusive intentaba ignorar sus raíces, vagamente avergonzada de que se sumergieran en la misma materia obscura que las raíces de las hierbas, tan poquita cosa.
Ese día, en el cual siempre pensaría como en el día de la Casi-muerte, se dio cuenta de su unicidad. Y de ello sacó orgullo y luego vanidad.
A las hierbas y a los árboles no les importó en lo más mínimo, ellos no necesitaban abrir y cerrar pétalos y casar alimento. Se desentendieron de ella, lo cual la motivó aún más a cultivar sus particularidades. Tal vez alguien le podría haber hablado de la rosa del Principito, la que por vanidad y orgullo había lastimado al único ser que la miraba. Pero en ese claro, ni las hierbas ni los árboles sabían de la historia, ni se habrían tomado el tiempo de contarla si la hubieran conocido.
Un día, entró al claro un ser muy diferente de los que ya conocía: no tenía alas, no zumbaba, no se arrastraba, no piaba y su cuerpo estaba extrañamente erguido.
La flor se hizo la desentendida, reconocer la presencia de ese animal habría sido reconocer la unicidad de otra criatura y ella no estaba dispuesta a perder la exclusividad de la atención en el claro. Atención inexistente, pero su conciencia no le daba para darse cuenta del profundo vacío que había logrado construir alrededor de ella.
El ser que acababa de entrar al claro se le acercó, la miró, la olió y acercó uno de sus miembros para tocarla. Y la flor, cual ogro vegetal, separando sus pétalos al máximo, se le lanzó encima, no haciendo más que un bocado de carne, sangre y otras substancias exquisitas.
La hierba y los árboles se petrificaron como si el viento hubiera cesado de soplar, como si el sol hubiera cesado de brillar, como si la luna nunca fuera a regresar.
La flor, claro, no se dio cuenta de nada. Estaba extremadamente ocupada, no en pasarse el bocado, sino en empaparlo de sus jugos pegajosos y corrosivos. Escupió de vez en cuando trozos que le habían quedado muy grandes o muy duros, pero el brillo de sus pétalos y al cuasi aleteo de sus hojas denotaba su extremo placer. Algo en ella estaba cambiando, no como en los cuentos de terror, pero si como en las realidades que vivimos todos.
Acababa de descubrir que podía vencer, además de tragarse, a una criatura más grande que ella misma, a una criatura desconocida, y esto, sin emplear ni rusas ni fuerza excesiva.
El sabor era lo de menos, un poco parecido al de las catalinas cuando envejecen. Pero el intenso júbilo de ser la más fuerte fue incomparable.
Para las hierbas del claro y los árboles de la arboleda ese día marco un hito. También ellos habían descubierto que algunas criaturas pueden ejercer el poder aunque no haya una razón especial para ello, aunque todo parezca producto de la casualidad. Vamos, sin necesidad alguna.
En apariencia, nada cambió. Las hierbas del claro siguieron comiendo tierra con gusanos, los árboles de la arboleda siguieron soportando el peso de los pájaros y en el castillo, los príncipes y princesas sencillamente se refirieron a una de ellos como La desaparecida.
Pero había en el aire un desasosiego palpable.

Y la flor, no nada más lo sabía, sino que lo disfrutaba. Disfrutaba profundamente que los árboles, tan altos y viejos, le tuvieran miedo, aunque ella no se les pudiera acercar. Disfrutaba profundamente que la hierba dejara espacio alrededor de su tallo, aunque ella no le pudiera hacer nada. Y habría disfrutado aún más profundamente el ambiente de tristeza que se respiraba el palacio, si lo hubiera alcanzado a sentir y si hubiera sido capaz de discernir la importancia de su rol en ella.
Esta historia no dice, porque la flor no habló nunca, si logró masticarse a otro ser erguido. Lo que sí se sabe, es que el claro, y la hierba, y la arboleda, y el rey, la reina, los príncipes, princesas, sirvientes y cuidador no volvieron a vivir despreocupados.
Y de hecho, tampoco la flor. El poder se debe cultivar, y nunca más cerró sus pétalos de noche, nunca más gozó de la caricia del sol y del olor del viento.
Moralejas
Entre menos conciencia se tiene, menos abono se necesita para volarse.
El poder es de quién lo trabaja. Hasta que muere. Todo es efímero.
P.D.: Si quieres saber más del ser que devoró la flor, puedes ir acá https://www.somosmass99.com/de-cuentos-y-princesas/
Si prefieres imaginar, date vuelo.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imágenes de interiores:
(1) Sueño natural. | Autora: Lucy Hernández.
(2) Tierra por dentro. | Autora: Lucy Hernández.
Imagen de portada: Detalle de Sueño natural.
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