SOMOSMASS99
Agustín Ramírez Agundis*
Miércoles 18 de septiembre de 2019
En el año 2001 el gobierno federal creó el programa Pueblos Mágicos. A la fecha (2019), son 121 las localidades catalogadas en ese programa. Seis de ellas ubicadas en la geografía del estado de Guanajuato: Dolores Hidalgo , Yuriria, Salvatierra, Mineral de Pozos, Jalpa de Canovas y Comonfort, este último de ingreso reciente.
San Miguel no se encuentra inscrito en ese catálogo, pero si lo está desde el año 2008 en el que se denomina Sitios Patrimonio de la Humanidad establecido y administrado por la UNESCO. Para mayor precisión, son dos las zonas específicas de San Miguel que están así catalogadas. Una a la que en el registro la UNESCO denomina Villa Protectora de San Miguel el Grande y la otra a la que nombra como Santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco.
La zona de la Villa Protectora está constituida por lo que sería el primer cuadro de la ciudad, con superficie de 43 hectáreas. En el mapa de registro la zona esta delimitada al oriente por las calles de Barranca, Murillo y Núñez; al poniente por Zacateros y Quebrada, al sur por las calles de Huerta, Terraplén y Tenería y al norte por Insurgentes, Puente de Umarán y Homobono. Por su parte, la zona del Santuario considera menos de una hectárea que incluye el Templo, el atrio y la casa de retiros espirituales, misma que recibe cada año a más de 50 mil fieles que acuden para realizar actos de penitencia.
El que esas zonas de San Miguel sean patrimonio de la humanidad tiene un importante significado para el país y es motivo de orgullo para los sanmiguelenses. En esencia es un asunto histórico y cultural con antecedentes de más de cinco siglos. La multitud de visitantes que se dan cita en San Miguel en buena parte es atraída por el interés en conocer uno de los mil 121 sitios patrimonio de la humanidad que existen en el mundo, 35 de ellos localizados en México. Pero también acuden con el propósito de disfrutar, al menos durante unas horas, la belleza del lugar: la Parroquia que propiamente se ha convertido en un emblema reconocido en buena parte del mundo; sus calles empedradas o adoquinadas, la mayoría de ellas que suben y que bajan, torcidas unas cuantas; casas de armónico colorido custodiadas por hermosas puertas de madera, algunas de ellas vetustas y ricamente talladas; templos y edificios fastuosos, íntimamente ligados entre sí y con la historia del lugar, como la Casa del Conde de la Canal, ahora propiedad de la Fundación Banamex; terrazas, jardines y parques en los que abundan flores de los más variados colores y tonos de verde.
Pero a lo que te truje Chencha. En el título de esta nota asevero que San Miguel es un pueblo mágico, aunque no esté así catalogado. Nací y crecí allí hasta que llegué a la edad de 14 años. Son muchas las imágenes que vienen a mi memoria que dan cuenta del hechizo que tiene ese lugar. Voy a narrar aquí sólo tres de ellas.
Un rasgo de San Miguel es su orografía. Las calles que corren en el sentido oriente-poniente presentan cierta pendiente, muy pronunciada en buena parte de ellas, sobretodo las que cruzan por el centro, en otras más leve, pero también inclinadas. Recuerdo como las calles se convertían en verdaderos ríos para conducir el agua de lluvia hacia los múltiples arroyos que cruzan la ciudad. Es por eso que el jardín principal mantiene un desnivel respecto a las calles que lo delimitan por el norte y por el poniente. Pues allí, precisamente en la esquina nor-poniente del jardín, en su corredor interior, de buenas a primeras aparecía una fosa de unos dos metros de profundidad y con la longitud y el ancho apropiados para alojar un cuerpo humano en posición horizontal. No recuerdo bien en qué momento lo introducían y si era o no a la vista de la gente. Lo que sí, y es esa la imagen que guardo, allí estaba un hombre acostado boca arriba con los ojos cerrados, llevando como vestimenta traje negro y pulcra camisa blanca con corbata de moñito; sí, un hombre yacía en el fondo de la fosa, cubierta ésta con un grueso cristal en la parte superior. El escenario y el inmóvil protagonista se podían contemplar durante días, para luego desaparecer de manera tan repentina y misteriosa como habían surgido.
Decía que la Parroquia –la mayoría de los visitantes le llaman la catedral, aunque en realidad no alcanza ese rango– se ha convertido en el distintivo de San Miguel. Cuando uno googlea usando para la búsqueda “imágenes de San Miguel de Allende” aparecen cientos de fotos de la Parroquia, vista desde muy distintos ángulos y perspectivas. La Parroquia tiene tras de sí una interesante historia, sobre todo en lo referente a su diseño y construcción, el tema daría por sí mismo para escribir otro artículo. Pues bien, la altura del templo supera los treinta metros; un día cualquiera, sin decir agua va, difundido el evento de boca en boca unos minutos antes de comenzar, la gente se agolpaba en la explanada que separa al jardín del atrio para presenciar la hazaña del hombre mosca. Para entonces el individuo ya se encontraba en el primero de los cinco descansos que tiene el templo, ataviado con el traje ad hoc a la proeza que estaba por realizar. Sin más herramientas que sus propias extremidades, comenzaba a escalar, centímetro a centímetro, hasta alcanzar la punta superior del templo, manteniéndonos durante horas atentos a su ascenso, siempre con emociones no aptas para cardiacos. El descenso era más rápido, pero igual de fascinante y peligroso.
La tercera imagen tiene que ver con un personaje. Vivía en una casa que en ese entonces se percibía solitaria y alejada de la ciudad, en la cima de una loma, por lo cual se podía apreciar e identificar claramente desde el Mirador. Estimo que esa vivienda se ubicaría hoy en la parte más alta de la populosa colonia San Rafael, la San Rafa como se le conoce popularmente. Pues el hombre era como de película. Pocos saben cómo y cuándo llegó, pero allí apareció. De piel negra, con lentes, sus ojos siempre vivarachos, ataviado con traje sastre y sombrero de ala ancha que en ocasiones cambiaba por el sombrero de charro, montando a caballo, su eterno medio de transporte, portando un enorme portafolios de vaqueta, tamaño acorde con la estatura y corpulencia de Jaime Morris, que así se llamaba. En el portafolios cargaba los apuntes y tareas de las clases de inglés que impartía en varias escuelas particulares de San Miguel; al entrar al aula el primer día de clases, con su imponente figura el salón se estremecía, tanto por sus fuertes pisadas como por el temor que infundía, aunque en realidad era un alma de Dios, sólo era cuestión de conocerlo bien. En algún momento se convirtió en policía municipal, quizás como precursor de la policía montada del lugar. Y, otro enigma, así como apareció, de pronto se esfumó.
Hay mucho que escribir acerca de la magia de San Miguel. De botepronto vienen a mi mente los lavaderos y manantiales de El Chorro, el parque Benito Juárez y sus leyendas, los túneles bajo tierra entre los templos, la locura de la fiesta de los locos, las posadas en la vía pública, los nombres de sus calles y su motivo, la historia del Fisgón Anteojudo y su labor periodística, ya habrá ocasión.
Por lo pronto, quiero destacar la importante labor de los pobladores de San Miguel de Allende encaminada a preservar su ciudad, tanto en el aspecto físico como, sobre todo, en el cultural. Las fiestas, las tradiciones, las costumbres, los mecanismos de organización popular han sido y seguirán siendo la base para preservar su cultura y, a la vez, incorporar ese ambiente a todas luces cosmopolita que se vive no sólo en la ciudad, sino en buena parte del municipio. Todo ello a pesar y a contra corriente de las administraciones municipales de los hermanos Villareal y sus compinches, quienes se han amafiado con ciertas empresas inmobiliarias para enriquecerse aprovechando la enorme especulación con los terrenos, sin importarles el deterioro ecológico, ni el daño a la fisonomía del bello lugar.
* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.
Foto de portada: Ricardo Torres (@cayeyabo) / Unsplash.
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