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De destierros y desarraigos

Diálogo País / Top News / 18/11/2019

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ÚLTIMO PISO

Gwenn-Aëlle Folange Téry*

Lunes 18 de noviembre de 2019

 

No, Jean, no nos íbamos a poner de acuerdo nunca,

aunque sé que a mí me habría gustado tu vida alpina

y que tú habrías disfrutado mis selvas tropicales.

– Gabriela Couturier

 

¿Has notado cómo todo se conjunta a veces en tu cotidiano? ¿Cómo de repente todo es aguacate, en tu mesa, el mercado, los comerciales, o todo es ángeles, conversaciones, libros, encuentros?

Para algunas mentes de racionalidad diferente a la mía, es sólo cuestión de coincidencias, o de moda, o hasta de meses en el año.

Para mí, es camino indicado, piedritas de Pulgarcito que van jalonando los senderos indicados para ti.

No importa qué creas, o sepas, o sientas, mira que ando bien tolerante y, hoy, te doy chance.

Acabo de leer un libro, Siempre un destierro de Gabriela Couturier, que me movió hasta las entrañas. Y resulta, por otro lado, que en Smolensk, Rusia, acaban de confirmar que el esqueleto encontrado hace unos meses es de un general de Napoleón. Y sí, esos dos hechos van de la mano, real, o de la mano mía que busca guijarros imaginarios por todos lados.

Ese general, Charles-Étienne Gudin, era amigo de Napoleón, dice la historia, y en 1812, hace poco más de doscientos años, desapareció en una de las tantas batallas que tuvo a bien llevar el emperador francés. Quedó enterrado en suelo extranjero, no sé porque no lo han dicho, si por manos compasivas o si sencillamente por paso del tiempo, de la tierra llevada por el viento y del agua derretida de la nieve. Y ahora que lo encontraron, y luego identificaron, lo van a llevar a  Francia, a los Invalides.

Y me pregunto si eso quiere. Tantos años después, tanto tiempo de reposo, obligado cierto, pero de reposo, le han de haber llevado a adoptar ciertas costumbres, a saber dónde sale el sol en agosto, o de dónde llega el olor de las hojas nuevas de los árboles. Tal vez se haya prohibido pensar en su tierra, en su familia, por aquel exilio forzado… Y al ver a uno de sus descendientes, que con aire acompasado espera su llegada, me interrogo también: ¿cómo recibes una osamenta tan vieja? ¿Cómo la sientes parte de ti, si ese ancestro siempre fue el “desaparecido”, el que lejos salió a combatir y nunca regresó…? ¿Te pesa su regreso o por fin te libera de una suerte de deuda patriótica?

En Siempre un destierro algo encontré de esos eternos cuestionamientos.

Couturier cuenta en esa novela la llegada de unos franceses a México, al estado de Veracruz para ser exactos. Es una novela porque aunque algunas partes, o rasgos de personajes sean producto de la imaginación de la autora, está basada en la llegada de su familia y de la de otros a este país. Usa, de manera muy hábil, unas cartas, originales y verídicas, encontradas en viejos baúles, viejos armarios, viejos escondites y sobre ellas borda.

Desaparecer / Disparaitre.

¿Qué tiene que ver la edificación de San Rafael con la muerte de Gudin?

Todo.

Las fechas, 150 o 200 años para atrás.

El impulso de salir de tu terruño, ya sea porque te llama tu emperador y amigo, o porque te llama tu tío, tempranamente emigrado.

La muerte, lejana…

Y esas frases que pone Gabriela Couturier, así como los guijarros que te decía, y que tanto resuenan en mí. Y no, no porque hable de franceses.

Es porque habla de migración, y es porque le quita los adornos que le han puesto los que no saben.

Sí, los franceses que llegaron a México por ahí del siglo 19, antes o después, seré muy laxa en esos de las fechas, “trabajaron mucho e hicieron mucha lana”. Y sí, se les aceptó, se les permitió hacer de esta tierra la suya, se les permitió usar carretas y ropa de manta, hicieron ellos sombreros que todavía se usan, y su cementerio francés en la CdMx es frecuentado por personas que no tienen una gota de sangre gala en las venas.

Pero lo que no se ha dicho, es que al trabajar mucho, murieron mucho. Que al tener tanta lana, también la repartieron. Y que durante la revolución, fueron ajusticiados, como “invasores”.

¿Te imaginas lo que ha de haber sido, me preguntaste, salir de esos inviernos y llegar a Veracruz? ¿Todo lo que sus costumbres deben de haber tenido que cambiar? ¿Te imaginas el proceso de adaptación?

Lo que no se ha dicho es la tristeza que los invadía al pensar en sus montes, en sus mares, sus llanos. La añoranza por un guiso francés, por un olor de los Alpes. No se ha dicho que si construyeron sus casas al estilo francés, no fue por sentirse superiores a nadie, sino por ese terrible hueco en el corazón al irse a dormir cada noche.

Y pienso que Gudin, muerto, ha de haber sentido lo mismo.

Porque eso siento yo.

Confundí de hecho dos veces el titulo con mis ansias mías de mí, destierro con desarraigo.

Al cambiar una plantita de maceta, siempre se le destroza un poco. A veces, lo más seguido, sobrevive y crece. Otras se marchita y muere. Porque, aunque se haya llevado tantita tierra de antes pegada a sus filamentos, a la suela de sus zapatos, también dejó en la vieja maceta pedazos enteros de raíz, de alma. Que van muriendo.

Y entonces Gudin, desterrado, los de San Rafael, desarraigados, y yo, andamos en la misma barca.

No sé tú, vamos, ni siquiera sé si tienes una fuerte historia de migración en tu vida, en tu familia, pero yo sigo sin ser ni de allá ni de acá. Por más que me enriquezca el asunto, por más que acá sea feliz y allá también, nomás no me hallo…

Y no me propongas soluciones, que no las hay.

Gabriela Couturier es positiva en relación a esa realidad, dice preferir, por lo menos en esta novela, “…ese saber que siempre habría algo nuestro en otro lado; que no estamos completos y que nunca podríamos estarlos. Y que eso era preferible a cualquier certitud, cualquier pertenencia.”

Yo no lo logro aún.

Debería hacerlo, si fuera tan New Age como lo son otros, si eso de los guijarros lo tomara más en serio, y este libro fuera entonces uno de los de “acepta lo que es y velo positivo”. Me cuesta, me cuesta mucho.

Quisiera llevarte a Smolensk, a oler la tierra que deja Guine, leerte todo el libro de Couturier que cada línea me dice, me explica, para que tú entendieras mejor qué y quién soy.

Y así es mi artículo de esta semana, un poco regado por todos lados, porque lo que siento es así; me entusiasma haber leído Siempre un destierro aunque me haya entristecido a más no poder, porque sentí que sí, somos iguales en algunas facetas todos los migrantes, y que entonces, no, no hay salida.

La palabra exacta de cómo me dejó sintiendo es una que no logro traducir, porque cada idioma tiene sus profundos matices, resultado de las vivencias de quienes hablan, y es hasta divertida la situación, porque resume lo que me pasa, no logro decir en una vida lo que soy en la otra.

Estoy bouleversée.


Nota: Los pasajes en itálico son vilmente copiados del libro de Gabriela Couturier, “Siempre un destierro”, que si por mí fuera, te copiaría todo para que lo leyeras todo. Todo.


* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.

[email protected]

@GwennFolange

Imagen de portada e interiores: Desaparecer / Disparaitre. | Autora: Gwenn-Aëlle Folange Téry.






Luis López




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