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¿Buenos o malos?

Diálogo País / Gaudencio Rodríguez Juárez / Top News / 13/01/2020

SOMOSMASS99

 

©Gaudencio Rodríguez Juárez*

Lunes 13 de enero de 2020

 

El debate acerca de si el ser humano nace bueno o malo tiene una suficiente elaboración que permite plantar postura.

En El libro de las emociones, Galicia, Próspero y Coronado explican que nuestra capacidad cerebral nos permite elegir la conducta que queremos ejercer, esto es, nosotros podemos escoger entre ejercer el “bien” o el “mal”. Y el ejercicio responsable de la conducta compete a la libertad de elección que no todos los seres humanos poseen. Esto es, ¿cuánta libertad de escoger se tiene cuando se está sufriendo, cuando se odia, cuando se está deprimido o cuando se quiere destruir a otro ser humano?

Uno de los clásicos psicoanalistas, Erich Fromm, explorador profundo de la anatomía de la destructividad humana, deja en claro la cuestión al afirmar que el ser humano no es bueno ni malo: “Quien crea en su bondad ilimitada verá inevitablemente todos los hechos bajo una luz rosada y al final sufrirá una amarga decepción. Quien crea en el otro extremo acabará siendo un cínico, ciego a las muchas posibilidades de bondad en sí mismo y en los otros”.

Hoy sabemos que el cerebro, “centro de mando” de la conducta (la cual está determinada por motivaciones detonadas por emociones –en ocasiones filtradas por pensamientos–), está hecho para la sobrevivencia, no para la verdad, ni la felicidad. Y para sobrevivir adquirirá la arquitectura cerebral que sea necesaria.

Lo anterior me recuerda las palabras de John Eckerode, Jane Levin y James Garbarino, del Centro para el Desarrollo de la Vida Familiar y profesores de Desarrollo Humano en la Cornell University: “La buena nueva con respecto a los niños es que son capaces de adaptarse a cualquier cosa. La mala nueva respecto a los niños es que son capaces de adaptarse a cualquier cosa”.

Es así porque el cerebro tiene tal plasticidad que permite irse construyendo en función de la interacción que tiene con el entorno, entorno donde se encuentran las personas que han de cuidarlo. Los seres humanos somos el resultado de la interacción entre biología y medio ambiente. Por eso somos nosotros y nuestras circunstancias.

Los buenos tratos esculpen nuestro cerebro dotándolo para la ternura, la empatía, el amor, la solidaridad, la colaboración. Los malos tratos, en cambio, producen alteraciones neurobiológicas y trastornos emocionales que le impiden relacionarse con los demás y con su entorno de manera saludable, porque la tensión generada en situaciones de violencia pone en marcha la secreción de ciertas hormonas, tales como, adrenalina y cortisol, cuya liberación prolongada afecta áreas del cerebro responsables de la memoria y la regulación de las emociones, dañando al cerebro de tal forma que inhabilitan al ser humano para la empatía, el respeto y la legalidad. Entonces precisa curación.

Ante el abuso crónico y profundo es común que el niño recurra a estrategias de sobrevivencia consistentes en endurecer su carácter, tomar distancia afectiva de los demás, con lo que se va deshumanizando, pudiendo llegar a un punto donde le será imposible ver al prójimo como una persona, condición necesaria para violentarla, para no respetar sus derechos, o pudiendo terminar identificado con el agresor, reproduciendo las conductas de transgresión y violencia, tal y como un día lo hicieron con él.

Fromm concluye que “la violencia como principio no es precisamente parte de nuestra ʻnaturaleza humanaʼ”. Nacemos con agresividad, entendida esta como la fuerza que nos permite accionar, movernos, llevar a cabo proyectos, defendernos de los ataques, superar retos. La violencia es otra cosa, es adquirida, es el resultado, entre otras cosas, del abuso, la impunidad, la naturalización que hace la sociedad de la violencia.

“Si el ser humano posee un potencial de violencia destructiva y sádica –afirma Fromm– es porque es un ser humano y no una cosa y porque tiene que intentar destruir la vida cuando no puede crearla. La voluntad de destruir tiene que aparecer cuando no se puede satisfacer la voluntad de crear algo. Y al parecer el grado de destructividad es proporcional al bloqueo que sufra el despliegue de las posibilidades humanas”. De ahí la importancia de erradicar las fuentes de estrés tóxico en la vida de los seres humanos desde el arranque de la vida y crear las oportunidades para el bienestar y sano desarrollo a las que los Estados están llamados a cumplir.


* Psicólogo / [email protected]

Foto de portada: Simon Matzinger (@8moments) / Unsplash.






Luis López




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1 Comentario

el 13/01/2020

Y podemos al pasar de los años y vivencias ir de un borde al otro?



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