SOMOSMASS99
ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 16 de marzo de 2020
No se nace mujer, se llega a serlo
– Simone de Beauvoir
No fue suicido, fue feminicidio
Te escribo a días de la marcha en la CdMx, en México, en América latina.
Sí, ya sé, en el mundo entero, pero a la que fuimos fue a ésa y de ésa te quiero repetir, una y otra vez hija, lo que vi, lo que sentí.
No estabas en casa por la mañana pero me preparé: ropita morada, paliacate verde, el que me compraste, tenis y zapatos rojos en la mano, zapatos-símbolo, rojos por la sangre derramada, llenos de los pasos que se dan en nombre de las que no pueden caminar ya. No sé a quién se le haya ocurrido eso, pero así son los símbolos, ¿no hija?, vienen de algún cielo oscuro y todo lo alumbran. Escribí bajo su suela el nombre de dos mujeres, Kate y Marina, cuya desaparición me atañe de manera particular, me los colgué usando agujetas, tomé mi bolsa griega, la de las marchas, mi botella de agua, mis dos hermanas- bueno, me fui con ellas, no las tomé así literal- pasamos por tu abuela[1] y fuimos por ti y tus amigas.

Importa todo eso enana, porque íbamos todas juntas, sangre y amistad pues.
Vimos, ya por la Roma y en Insurgentes a decenas de mujeres vestidas con el mismo color que el que llevábamos, las del metrobús coreando no sé qué y las de la calle levantando el puño. Y se sintió bonito, el uniforme esta vez no me dio roña. Íbamos a lo mismo y por lo mismo.
Ni una más, ni una más, ni una asesinada más
Y llegamos al monumento a la Revolución. Y nos inmovilizamos, pegadas las unas a las otras, asombradas por la cantidad de gente, mujeres y uno que otro hombre, y asombradas por la estacionada. Estuvimos de pie cerca de una hora, esperando, divertidas por el olor a marihuana que nos envolvía de repente e impactadas por la vulva gigante[2] que pasó frente a nosotras como si fuera sola en alguna carretera. No recuerdo si ya conocías el lugar pero nos tardamos una hora y media en recorrer escasos 100 metros, por aquello de “voy, voy, no me empuje, dejen pasar, voy derecho y no me quito” y por el peligro de ciertos contingentes que iban acordonados y varias veces casi nos tiran. De los balcones nos veía la gente, habían colgado mantas y telas moradas, una señora de ropas rasgadas y sangre -falsa- por todo el cuerpo casi me decapita y le dio risa cuando la amenacé con darle un zapatazo. Porque sí, iba yo con mis zapatos rojos muy en alto. Y tuve todo el tiempo de posicionarme para sacar fotos de dos carteles que rezaban, o gritaban ¿verdad?, lo siguiente:
NUNCA TENDRÁN LA COMODIDAD DE NUESTRO SILENCIO
NINGUNA MUJER ES PARA TU CONSUMO.
Para esto ya iba el resto de la familia, la abuela y las tías, poniendo cara de “¿a poco cuando van a las marchas es así?”. Y pues no. Era mi primera vez ante una marcha tan grandotota y abrí las piernas, pa’caminar nada más. Y no, no me dio miedo, me sentía exaltada, invencible. Una de tus amigas me llamó General, y me cae que me gustó, así me sentía, volando con los zapatos rojos de Kate y de Marina, volando con ellas, y abriendo camino. Mirando dónde andabas, hija, y tú mirando a la abuela, que ve cuántas fotos le sacaron, “¿señora, pero cuántos años tiene?”. Y así.
Y así, así llegamos a Juárez, pasando las fuentes de agua teñida de rojo[3], que rosa se había vuelto, pasando al vendedor de refresco frío y a los ciclistas del domingo que no supieron ni qué los había atropellado.

Y nos topamos con el miedo.
No somos una, no somos cien, pinche gobierno, cuéntanos bien
Vimos, de ver con nuestros ojos y no con los de las cámaras de los periodistas, a mujeres jóvenes, las delataba el andar, armadas con mazos y pintura en aerosol, vandalizar los monumentos y las fachadas, rejas y vidrios de tiendas[4], bancos y edificios del gobierno. Ellas no me causaron miedo. No. Porque sí, era violencia, pero yo sentí violencia calmada, más rabia, más un algo de “¿si no nos escuchan, qué hacemos?”. No gritaban. No rompían con furia, eran golpes lentos y mesurados. No flemáticos, tampoco, no, pero sí acompasados. Los que nos metieron un susto fueron otros, encapuchados también, varios con mirada de hombre, que sí sabes, hija, sí se distingue, que andaban en medio de la gente, no a los lados. Te echaste para atrás en lo que yo, inconsciente de cualquier peligro, sacaba fotos a las amartilladas y pintoras, y la gente se echó para atrás contigo. Casi me tiran, me jalaste, las tías sacaron a la abuela, y ya recuperado el equilibrio, empujé a tus amigas contra la pared – la de vidrios rotos y pintura fresca, obvio- y nos protegimos. No supimos qué había pasado. Sólo se oía “¡Es gas mostaza, es gas mostaza!”,- mito que luego derruí en casa explicándote lo de la Primera Guerra Mundial y del verdadero gas mostaza-, pero bueno, el susto fue mayor, no por el polvo amarillo que se vio, sino por la cuasi estampida.
Hay que abortar, hay que abortar, hay que abortar al sistema patriarcal
Y seguimos claro, si no nos iba a hacer retroceder tantita mostaza que ni era, ¿verdad? La abuela y las tías decidieron, eso sí, que tres horas en aquel mar morado habían sido suficientes, se retiraron y en una esquina te esperé, con los zapatos en alto para que me vieras y para seguir diciendo de alguna manera esos dos nombres “Kate. Marina. Kate. Marina.” Y entonces se me acercó una de las encapuchadas, que luego te digo mi teoría sobre sus capuchas[5], y me abrazó. Sí, te reíste cuando te platiqué que lo primero que hice fue poner la mano sobre mi bolsa, a ver, qué o qué de qué, qué quieres ¿no? , pero luego me di cuenta de que era un abrazo sentido, de esos que te quitan la soledad. Y poco a poco, aunque rápido[6], se fueron juntando más, y terminé en una bola humana de abrazos conjuntos, de pura morra vestida de negro y yo, con mis zapatos medio llorosos, ves que a mí no me da por chillar. Decían, cuando me fueron soltando: “Ánimo, no estamos solas, somos Una”. Hasta una señora que por lo visto ni era chavita ni andaba rompiendo nada se acercó e, igual, me deseó ánimos. Han de haber pensado que los zapatos eran tuyos, MiNena, eso han de haber pensado…

Para esto ya estábamos en la 5 de mayo, que porque Madero estaba cerrada, lo cual es normal, siempre la cierran cuando hay marchas, no le busquen más. Entablé conversación con unas tres muchachas, de brasier. Es decir de brasier sin blusa, sin playera. Me contaron cómo el día anterior se habían filmado quemando sus brasieres, otros, y cómo no, “no fueron unos viejitos y grisáceos, no, los que llevábamos en ese momento, señora”, y me sentí transportada a las calles de París, en los años 70, cuando volaban las prendas íntimas y se aprobaba la Ley Veil, Aborto seguro y legal para todas. Me sentí, en ese preciso instante, protagonista de la historia, de la mía obvio, pero también de la historia de la Mujer, de la tuya Hija, de la de mi madre, de mis hermanas. Y justo en ese momento, me dijiste: ¿Sabes por qué vine hoy? Para que mi prima no lo tenga que hacer, para que tus nietas no lo tengan que hacer. Y me llené de algo más fuerte que la alegría, más fuerte que la esperanza, caminando con zapatos rojos en la mano, Kate Marina Kate Marina, contigo de la otra mano, viendo a las chavas desnudadas y sintiendo el abrazo de las que minutos antes levantaban su mazo contra el “Estado opresor” y el patriarcado. Y me di chance un rato no pensar en lo inútil de las marchas[7]. Y sí, entendí la violencia, la que se ejercía contra los monumentos y contra los edificios del gobierno, sentí dentro de mí ganas de gritar y de romper, yo también. Y no, nada que ver con la marihuana inhalada a la fuerza al principio, si ya llevábamos cuatro horas caminando y a mí la marihuana no me hace más que lo que el viento al Benemérito.
Y te dije entonces lo de mi profunda revancha sobre la vida, la misma que le había comentado a una de mis hermanas, la de caminar estos pasos contigo, hija, contigo.
No se va a caer, lo vamos a tirar
Al llegar al Zócalo, pisamos bardas que luego supimos se habían tirado para poder pasar a la plancha, porque “alguien” había cerrado el Zócalo. Y vimos granaderos, aunque no muchos. Habían sido más las mujeres policía vistas antes, muy dignas protegiendo edificios, no metiéndose con nadie. A ellas le dediqué mis dos dedos levantados, Amor y Paz, no su paz de sus abrazos señor presidente, no, la de las mujeres y hombres de bien, la que se necesita hoy, y con una de ellas hablé, disculpándonos a todas por lo que podría pasar. Y me sonrió.
Ya a media plaza, le pedí a una de tus amigas sacar una foto de los famosos zapatos con la catedral de fondo. Sí se veía bien re-bonito, pero se veía sobre todo el silencio del monumento y de quienes lo defienden frente a nosotras. No pedí nada frente al Palacio Nacional, no necesito evidenciar ese otro silencio tan hiriente.

Silencio. | Foto: Lorena Magoni / SomosMass99.
Habíamos tardado tanto en llegar que no oímos ni discursos, ni canciones, dicen que hubo. Sólo vimos una pira no-funeraria y en ese momento supe qué hacer con los zapatos rojos. Quemarlos. Para que se supiera en el cielo de las voces que buscan a Kate y a Marina. Te lo dije, accediste, no te quedaba mucho de otra, y empecé a caminar, a decir “con permiso, voy a quemar algo, con permiso, déjame pasar, con permiso, dame chance” y acabé frente a la hoguera. Sí, una parte de mi mente registró que se quemaban madera y botes vacíos de pintura en aerosol, sí, también supongo que entendí que las que estaban allí eran las morras – me gusta la palabra- de los cristalazos, pero yo iba hacia el fuego. Me acerqué lo más posible, aquello quemaba como cuando quemé la ropa de mi padre, aquello quemaba como quema el sol en Acapulco y te salen ampollas, como cuando no traes blusa sobre tu brasier y aventé los zapatos. Para esto, era la única en medio de aquel círculo, que algunos compararán con un círculo infernal y oí gritos. Luego me dijiste, enana, que me gritaron a mí, no tan fuerte como cuando mete gol el Chicharito, pero que sí, fue ovación. No sé. Yo sé que sacó fotos tu amiga, que a mí me abrazaron otra vez chavas de negro vestidas y que lloré, mucho.

Fuego. | Foto: Lorena Magoni / SomosMass99.
Ah, y no fuimos nada más 80 000, el gobierno no quiere contar bien.
¿Y que por qué te escribo todo esto si ahí anduviste? ¿Por qué te digo qué sentí, qué vi, si ya hablamos tú y yo de todo eso?
Por el recanijo[8] orgullo de haberte llevado a tu primera marcha, MiNena, por eso[9].
[1] De algo así como ochenta y muchos años.
[2] Vulva artesanal que ostentaba, digo yo, la silueta de la Virgen de Guadalupe. ¿Coincidencia? ¿Usted qué opina?
[3] Colorante, no se me espanten.
[4] No estoy de acuerdo, ahí sí no, que las tiendas no son del gobierno y que los civiles no tienen la culpa, a menos que sean presuntos. Y no apruebo la violencia, no pongan palabras bajo mis dedos. Nada más entiendo sus facetas.
[5] Creo que usan playeras y sudaderas en lugar de pasamontañas para pasar desapercibidas en caso de revisión de mochilas, pero sobre todo para que no oiga un airado grito maternal de “Hija, ¿qué es esto?”.
[6] Sí se puede ir rápido y lento a la vez, lo juro.
[7] Eso pienso. Miren que sí sirvieran, no nos dejarían salir a la calle.
[8] Querido editor, sólo fue una palabra soez mía de mí. La otra era consigna.
[9] La verdad no es nota. Pero me divertí mucho haciendo un titipuchal de ellas, ustedes perdonarán.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Fotos de portada e interiores: Gwenn-Aëlle Folange Téry.
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