SOMOSMASS99
Lázaro Uc Mas*
Lunes 20 de abril de 2020
El gobierno de Morena se debate entre dos posturas: continuar con las políticas de sus predecesores gobiernos neoliberales y/o desarrollar una política social al estilo Keynesiano. Finalmente aplica las dos, dependiendo de quiénes lideran las secretarías de Estado y la configuración de fuerzas en cada sector productivo. López Obrador actúa siguiendo estas variables. Por decirlo de otro modo, donde lo dejan aplicar políticas sociales, lo hace; donde la configuración de fuerzas y liderazgos está presente en los simpatizantes de la política neoliberal, los deja hacer. Este fondo está salpicado por intervenciones mediáticas que muestran la cara social del gobierno. De algún modo hay que mostrar que siguen siendo primero los pobres.
No hay misterio para saber por qué es así. La postura política de Obrador es la de un liberal nacionalista, o como se conoce en Europa, la de un socialdemócrata: acepta el modo capitalista de producción como la mejor forma económica de desarrollo mundial, mejora ese sistema de producción capitalista combatiendo la corrupción como principal obstáculo de desarrollo, genera procesos electorales “limpios y democráticos”, aplica programa de subvención al sector agrícola y comercio interno, y programas sociales a sectores desfavorecidos (léase la campaña permanente del partido en el poder).
Por un lado es difícil negar las decisiones de política pública que responden a intereses neoliberales. Entre otras, allegarse cuadros dirigentes de sexenios pasados (la lista es larga, empezando con Esteban Moctezuma Barragán), programas rebautizados de gobiernos anteriores y otros como el Tren Maya. Por el otro, tampoco se pueden negar decisiones que frenan los excesos de los gobiernos neoliberales, básicamente lo referido a la corrupción, su principal argumento: bajarse sueldos, encarcelar a secretarios de Estado anteriores, modificar algunas leyes como el artículo 3º. Constitucional, entre otras.
Los grupos centrales de Morena, partido en el poder, responden de modo visceral a la crítica tanto de la derecha como de la izquierda no oficial. Esta respuesta visceral opaca aciertos y desaciertos del gobierno, todo lo quieren ver como aciertos; no distinguen que las críticas son diferentes, la derecha no es igual que la izquierda, y prefieren meterlos en un mismo saco aplicando el “si no estás conmigo, estás contra mí”. Y todos se vuelven sus enemigos. Incluso personajes otrora críticos lúcidos, con argumentos fuertes, se reconvierten en defensores del régimen con falacias argumentativas de todo tipo. Esto contribuye al deterioro de su consenso social.
Este modo de hacer política lo sitúa entre un umbral donde pierde simpatizantes, de uno y otro lado. La derecha neoliberal exige más, las organizaciones y ciudadanía popular también, pero para distinto lado. Y poco a poco, graneadito, el gran consenso logrado, el arrastre ciudadano que tuvo va minando, paulatinamente.
La coyuntura abierta por el Covid-19 profundiza las crisis estructurales del sistema económico, social y político de este capitalismo dependiente y muestra con excelente claridad las posiciones políticas en juego. Somos testigos de las formas descarnadas que asume el hacer político de las principales fuerzas en México.
El gobierno de Morena y López Obrador responde a esta coyuntura de la misma forma desde que asumió el poder. Tironeándose entre dos posturas. La derecha, desde el principio del mandato, basó su actuar en la construcción de un descrédito paulatino de la imagen de López Obrador y su gabinete. Cualquier asunto, detalle, decisión, incluso trivial como sus zapatos, fueron objeto de burla, escarnio y blanco de ataques, infundados o no. Este actuar político de escarnio y burla se profundiza a partir del Covid-19. Toda acción del gobierno debe ser objeto de escarnio político y si no, se inventa. Las fake news están a la orden del día. No es un secreto: primero el descrédito, después generar corrientes de opinión desfavorables, capitalizar la inconformidad generada, llamar a la desobediencia civil, capitanear la desobediencia, pedir y eventualmente lograr la renuncia del presidente, y finalmente organizar y liderar un gobierno de transición o de salvación nacional.
Es necesario reconocer que la derecha está empeñada en esto como estrategia para regresar al poder. La derecha es consciente de su organización y su poder mediático; también es consciente de la ignorancia política de la ciudadanía, capaz de creerse cualquier mentira exagerada o media verdad disfrazada, sabe que cuenta con cientos de ciudadanos inconformes, algunos bien intencionados, pero carentes de formación política para valorar la historia y el fondo real de las pugnas; así como, también, sabe que la izquierda no oficial, aquella que va más allá de políticas anticorrupción y ayuda social, esta atomizada, dispersa y falta de liderazgo. Por ello es capaz de arremeter temerariamente con un llamamiento a la desobediencia por medio de Tv Azteca. Está ensayando subir de nivel su confrontación con el gobierno de López Obrador y espera renegociar nuevas posiciones donde sus cuadros al interior del gobierno empujen la agenda neoliberal.
De continuar estas tendencias es posible deducir un futuro durante la cuarentena y después del ella. La derecha con ataques casi desquiciados desde los medios electrónicos y la prensa escrita, pero con serias posibilidades de permear en corrientes de opinión favorables. En el futuro inmediato veremos aparecer nuevos frentes con claro sello conservador, derechistas. Ataques furibundos para ocultar su rapiña durante 12 años de gobierno, y pretendiendo aparecer como bienhechores ciudadanos. Cientos de “influencers” pagados y sus respectivos simpatizantes crecen cada día, al grado que podremos presenciar en un futuro no lejano que empiecen a autodenominarse luchadores sociales. Algunos llaman así a Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del Estado de Bienestar y solapador del neoliberalismo en tiempos de la derecha. No faltará quienes compren esta idea.
El gobierno actual, una fusión del movimiento social con liberales nacionalistas, decepcionados del neoliberalismo, de agentes del neoliberalismo y de oportunistas políticos de todo tipo, jugará con su opciones bajo dos formas: aumento de la militarización en las calles y programas de apoyo social y económico a sus capas medias y alguno que otro pobre. Ambas serán objeto de ataques de la derecha: la militarización será acusada de fascista y los apoyos sociales de populismo. Aún así, el gobierno tendrá aceptación social gracias a la labor de sus “granjas” de “chairos” y simpatizantes que, olvidando todo sentido crítico constructivo, se empeñan en desgranar falacias justificatorias del comportamiento errático del gobierno federal.
Estas dos grandes tendencias se pelean el poder político en México. La tercera opción, aún presente en amplios círculos de trabajadores no termina de emerger y plantear con claridad su posición. Cientos, o miles de dirigentes, y millones de ciudadanos se engancharon en la propuesta liberal nacionalista de la 4T de López Obrador y de Morena. Ya sea porque efectivamente creen que el combate a la corrupción es el principal objetivo o porque creen que el gobierno de López Obrador puede ser un espacio necesario intermedio para avanzar en la lucha por una transformación social, aunque en términos reales, socavan, minan, la construcción sólida de una tercera alternativa más propia de los trabajadores que de las dos anteriores. Los cuadros más críticos que se enrolaron en la 4T poco a poco abandonan esta opción. Pero los cuadros, grupos, organizaciones cuyo objetivo sociopolítico estas más allá de la 4t, y alejado de la derecha, aún no terminan de consolidarse. Arrastran padecimientos arcaicos que necesitan superar para convertirse en opción: falta de consensos internos mínimos que impidan la atomización y dispersión; falta de un ideario mínimo, claro y preciso que aglutine subjetivamente los objetivos de la lucha (porque a falta de todo ello, los cuadros y grupos se adhieren fácilmente a cualquier propuesta progresista de los grupos liberales nacionalistas como la 4t, o pseudoprogresistas como los de la derecha); falta de recursos para difundir la posición política y voluntad para hacerlo, y de ahí su escasa visibilidad publica; y falta de una estrategia común y sistemática para enfrentar los ataques de la derecha que no los bajan de revoltosos y hasta de terroristas.
Y sin embargo esta tercera opción es el fiel de la balanza, los que a ella pertenecen siempre han sido los fieles de la balanza. 85 millones de trabajadores cuya condición social y política los debería enrolar en la tercera opción, pero que en la realidad, carentes de un sentido clasista, son el botín que se disputan cotidianamente los liberales nacionalistas y la derecha, quienes, hasta ahora, son los que han sabido usarlos aprovechando las coyunturas y estableciendo las alianzas pertinentes. Los liberales nacionalistas y la derecha siempre han sabido ponderar su organización por encima de sus diferencias. En contraste, la izquierda no oficial siempre ha ponderado sus diferencias por encima de la organización. Es decir, los liberales y la derecha toleran sus diferencias para conservar e incrementar sus niveles de organización. En cambio, la izquierda no oficial sacrifica la organización por defender su diferencia de opinión y acción. Aún así la fuerza está en la unidad y la organización, y todavía no reúnen la suficiente para plantearse como opción para los trabajadores ante los desaciertos de un gobierno liberal nacionalista y la careta pseudohumanitaria de una derecha permanente al acecho.
Para los trabajadores, el horizonte estrecho de los liberales nacionalistas de la 4T sólo sirve para paliar sus condiciones de miseria y pobreza; difícilmente puede constituir para ellos una opción que supere las relaciones de producción, distribución y consumo desigual y privativo de la economía capitalista. Mucho menos son alternativa los saqueadores empedernidos de todos los matices de la derecha. Su real opción sólo pueden construirla en la medida en que definan, como objetivo, la construcción de nuevas relaciones de producción, distribución y consumo basados en la posesión social de los instrumentos de producción y distribución; el desarrollo de formas sociales comunitarias de convivencia y de producción de bienes; el ejercicio de formas de conducción política participativa y distributiva, y la construcción de una relación mutuamente dependiente con el medio ambiente. El planeta no le pertenece al ser humano. El ser humano pertenece al planeta.
Millones de trabajadores desencantados con dos sexenios derechistas no fueron a construir su propia opción, optaron por una variante igualmente agresiva de la derecha, con cara Peñista, y después, nuevamente desencantados, prefirieron la opción nacionalista de López Obrador. Hoy asistimos a un lento desencantamiento. Si los grupos más avanzados de la izquierda no oficial no son capaces de precisar su posición política, de hacerla pública, de dar cobijo a ese desencantamiento y participar en el debate del poder político en México, estableciendo los límites de una alianza estratégica con la 4t, se corre el riesgo de que tal desencantamiento engrose las filas de la derecha, cuyo regreso puede ser más feroz que nunca. Brasil y Ecuador son un ejemplo.
* Lazaro Uc Mas es miembro del Movimiento Democrático de Trabajadores de la Educación de Guanajuato.
Imagen de portada: El presidente Andrés Manuel López Obrador el 15 de marzo con indígenas de Guerrero. | Foto: Sitio oficial AMLO.
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