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No todo está perdido

Agustín Galo Samario / Diálogo Estado / No Todo Está Perdido / 03/09/2014

Trigos y más allá

Agustín Galo Samario

A menos de 24 horas de la renuncia de Juan Trigos a la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato (OSUG), el director de Extensión Cultural de la institución, Mauricio Vázquez, se reunió con los músicos de la agrupación para informarles que el maestro Francisco Orozco será su director huésped para el concierto de este viernes 5 de agosto.

Esa fue la información oficial que a través de un boletín se hizo llegar a los medios de comunicación. Pero la tronante dimisión de Trigos queda ahí, como una muestra más de la azarosa vida que le ha tocado a la OSUG en la última década, por no decir desde su fusión con la Orquesta Filarmónica del Bajío a finales del siglo pasado.

La OSUG sobrellevó los años en que su bajo nivel la hacía ubicarse apenas en algún lugar entre las orquestas sinfónicas del país. Hasta que a principios del nuevo siglo fue rescatada por el director español José Luis Castillo. A base de un trabajo serio, profesional y comprometido, la agrupación universitaria empezó a cobrar relevancia nacional e incluso llegó a ser considerada todo un referente por el sector más influyente de la crítica musical. Las buenas noticias terminaron en 2005, cuando el rector Arturo Lara López despidió a Castillo de la peor manera que se podía esperar: acusándolo de ser el causante de las inconformidades de varios músicos, casualmente en su mayoría herederos culturales de aquella etapa en que se trabajaba al alimón y que disfrutaban más de los viajes que de la música que interpretaban.

El remplazo de Castillo llegó en 2006. Fue el fundador de la Orquesta Sinfónica del Estado de México, Enrique Bátiz Campbell, que para empezar decidió continuar en Guanajuato con su pasión por las obras de Ludwig van Beethoven. Los programas semanales de la OSUG se tornaron en un homenaje permanente al compositor alemán, estudiados a rigor por los integrantes de la orquesta que, si cometían algún error en sus ejecuciones durante los ensayos, veían caer la furia del director sobre sus personas con un extenso repertorio de insultos en todos los idiomas. Nadie se quejaba y mucho menos se les ocurría ir a rectoría a quejarse de los malos tratos de Bátiz. Sabían perfectamente a qué se atenían, particularmente desde que el único atrevido a levantar la voz fue despedido de manera fulminante. Se trataba de Gregory Stavroudis, cornista que terminó por llevar su caso hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación y debió ser indemnizado por la UG. Nada de eso, ni el alto salario devengado, alrededor de 80 mil pesos mensuales, y mucho menos la manifestación que se le hizo al maestro fue suficiente para que el rector Arturo Lara interviniera. Así que Enrique Bátiz se retiró cuando quiso y sin avisar. Al llegar las fiestas de fin de año de 2011, tomó sus cosas, partió hacia Toluca y nunca más regresó.

Los músicos que aún esperaban al más persistente de los intérpretes de Beethoven se quedaron con las ganas de darle su despedida y tuvieron que dedicarse a buscar un sustituto. En 2012 la rectoría ya tenía un nuevo ocupante, José Manuel Cabrera Sixto, que se hizo acompañar en la Secretaría General por Manuel Vidaurri Aréchiga, ex procurador de los Derechos Humanos del Estado de Guanajuato y académico de la universidad. Manuel tiene un hermano, llamado Carlos, compositor e intérprete de música contemporánea. Amigo de ambos, Juan Trigos se hizo cargo de la OSUG ese mismo año. Al momento de su nombramiento, fue elevado al nivel escalafonario del director de Extensión Cultural, con la libertad total para realizar los cambios que considerase convenientes y que requería la orquesta para no sólo conservar la calidad con que ya se le reconocía, y que la había llevado a realizar giras por el extranjero, sino aumentarlo. El prestigio y trayectoria de Juan Trigos parecían avalar tal determinación. En realidad nunca defraudó, siguió las huellas de José Luis Castillo al continuar con la investigación y rescate de autores guanajuatenses, grabó varios discos y se echó a cuestas, con éxito, la organización de la gira que emprenderá la OSUG a Italia en noviembre próximo, si es que es posible todavía.

En realidad, la dimisión de Trigos poco tiene que ver con la forma en que el rector Cabrera Sixto entiende el trabajo orquestal y administrativo de la OSUG. Más que nada es producto de las inconformidades acumuladas contra el director de Extensión Cultural, Mauricio Vázquez. Por negar apoyo para que la orquesta pudiera contar con una sede permanente, sus malabares al justificar la falta de un espacio adecuado para realizar las audiciones cuyo fin es la contratación de nuevos músicos (incluso en alguna ocasión hubo de improvisar un escenario en el Mesón de San Antonio, rodeado de cortinas para que no fueran molestados los concursantes), su escasa gestión para que la agrupación cuente con un jefe de personal y un coordinador de relaciones públicas. Problemas que al acumularse tampoco fueron resueltos por la secretaria académica de la UG, Rosa Alicia Pérez Luque. Todo terminó por agravarse cuando se decidió que la administración de la orquesta pasara a manos, precisamente, de Extensión Cultural. Fue ahí que Trigos recurrió otra vez a sus amigos Carlos y Manuel Vidaurri. Manuel habría respondido a su solicitud de apoyo con un incomprensible. “Yo no me meto”. Ahí terminó un nuevo capítulo de la OSUG, que por ahora tiene que enfrentar el propio rector aunque poco tenga que ver con las complicaciones del asunto.

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