SOMOSMASS99
Jack*
Crónica de un Limón
Cine y periodismo, así se llamaba la clase.
Era lunes, primer día del taller. Justo antes de que la sesión terminara, el profesor Jorge Caballero nos había solicitado cargar en la bolsa de la mochila un limón para su clase del martes. Había sido la única instrucción.
Creí no ser el único raro… que más de alguno habríamos pasado esa tarde inquietos, imaginando o quizás, nos habríamos hecho aquella pregunta:
– ¿Para qué un limón?
Entre las posibles hipótesis que rondaban por mi pensamiento, me descubrí a mí mismo creyendo haber encontrado un trozo de verdad:
– Es para hacer una descripción sobre el limón; su sabor, la textura, el color, su consistencia. Incluso el aroma –me lo dije con una aparente seguridad inherente a la propia condición humana. No obstante, ante mi incapacidad por encontrar la satisfacción deseada y lograr mantener mi mente en paz, aquello que creí saber el mismo lunes por la noche, comenzaba a borrarse y a deformarse como los estragos ocasionados por una incierta borrachera en la que sólo somos capaces de recordar ciertos detalles, a manera de destellos o flasback; imágenes brotando una tras otra al intentar dormir o, como al hacer clic en una cámara, para lograr una captura perfecta. Vemos un cuadro en el que aparentemente estamos felices o sonreímos. O fingimos estar pasándola de maravilla cuando en realidad lo único que verdaderamente podría estar sintiendo uno, es la necesidad de que todo acabe para poder ir a casa y descansar.
Así se hallaba mi mente, dando vueltas al asunto inconcluso del limón en una y otra dirección. Tratando de encontrar el nicho a la verdad.
– Es para hacer un agua –oí decir a otra parte de mí–.
– Para causar en nosotros, por medio de descripciones, esa sensación de que la boca se nos hace agua cuando el jugo de un limón se nos antoja –dijo otra voz–.
– Es una treta de Caballero para mantener nuestra atención fija, centrada en el objeto en cuestión, para desarrollar un profundo sentido de comunicación, responsabilidad y/o empatía con nuestro sujeto de trabajo –dijo una nueva voz dentro de mi cabeza–.
– Es como aquello que mi maestra de metafísica solía usar como ejemplo –lo digo dándome ciertos aires de intelectual–, al tratar de explicarnos el funcionamiento de nuestro inconsciente. Si yo digo –constantemente nos repetía ella–, no piensen en un limón, en su sabor, en la sensación de que la boca se hace agua al imaginarte exprimiéndolo en una bolsa de frutita con sal y chile. O unas papas. ¿En qué piensan?
– ¡No seas pendejo!… –me dice Miguel cortando de tajo mis profundas disertaciones respecto a mi objeto de estudio, como si de pronto pudiera leer mi mente– es sólo un pinche limón en una bolsa.

Dada mi tendencia al drama, mi histriónica personalidad y mi capacidad para analizar situaciones en busca de respuestas sin preguntas, no pude creerle ni mucho menos encontrar paz en la simplicidad de sus palabras. No, mi mente no aceptaba esa respuesta como una verdad. Estaba seguro que debía haber algo más que eso, algo más que sólo un limón dentro de una bolsa. Aquello, para mí, debía tener un profundo sentido. Algo que nos diera un empujón, que nos sacara de nuestra zona de confort, o nos obligara a romper de tajo la razón. Como la patada en la peli de Inception.
En eso estaba dentro de mi mente, cuando sucedió. El asomo de un desinterés legítimo por preguntar el miércoles, apenas como un pensamiento lanzado de forma involuntaria y al azar, que quién traía el limón.
Pude verlo por unos segundos. Experimentarlo en carne propia. La crueldad de un Caballero digno de un interés trillado, convencional que parecía intentar mostrar su falta de cordura, de sentido para quienes considerábamos el asunto del limón una cuestión delicada, seria, de sumo respeto para embarcarse en aprender el sutil arte entre el cine y el periodismo.
Sobraba decir que su evidente desinterés había propiciado en mí un profundo sentido de rechazo hacía él. Me hallaba molesto e indignado. No lo podía creer. Apenas si lo había preguntado.
Incapaz de racionalizar lo acontecido ni de contener el propio impulso de mi pensamiento, me encontraba ávido de respuestas. Tenía mucho sueño pero me resultaba imposible dormir. Mi angustia continuaba creciendo conforme mi incapacidad para encontrar las intenciones de aquel vil Caballero.
El asunto permaneció inconcluso, guardado en la bolsa de mi mochila como un oscuro secreto del cual, parecía, nadie querer hablar ni saber y que comenzaba a pesar en mí de forma similar a la culpa o el remordimiento. Me costaba respirar. Estar tranquilo. Conectarme con la realidad. Pese a ello, no podía parar ni detenerme. Pensé para mis adentros en aquello de la doble intencionalidad que en ocasión suelen tener ciertos actos regidos por el orden de la casualidad.
– El limón –decía mi maestra–, sirve como protección, para hacer limpias, bloqueos de ataques psíquicos, energéticos, recoger envidias, etc,…
Es viernes. Del limón… nada aún.
Ahí está todavía en la bolsa de la mochila. Justamente hoy por la mañana, estuve tentado a acabar de una buena vez con esta maldición. Sacarle de mi bolsa para transformar la culpa, el pecado y el remordimiento en el alivio del perdón y hacer una deliciosa limonada.
Pero no…. no lo haré… Resistiré. Sé que en ocasiones es fuerte la tentación pero es mucho más fuerte mi tonta convicción por creer que un destino mucho más portentoso le aguarda a aquél limón. Y es precisamente esta idea, lo que mantiene a flote y viva mi ilusión.
Y aunque Miguel me mire como si estuviera loco al hacer frente a él esta fuerte aseveración, sé que no estoy loco. Sé que no me he equivocado todavía. Que todo puede ser posible. Que Caballero, pues, en algún momento del día, va a jugar con esto de las descripciones del limón, con lo del sabor, su textura, el color, las sensaciones. Que va a hablarnos de la importancia de mantenerse enfocado. De ser empático con el objeto de estudio en cuestión y que, en el mejor o peor de los casos, va a terminar por deslumbrarnos con aquello de el truquito de la revista.
* Jack es el seudónimo de nuestro autor. Reservaremos su nombre real hasta que él lo decida. Lo que sí podemos decir es que estudió Letras Hispánicas y que no sólo ama la literatura sino también el cine, los atardeceres y las nubes, ante las que de tarde en tarde se convierte en fotógrafo.
Foto de interiores: Zachary Staines (@zaccastravels) / Unsplash.
Foto de portada: Lewis Fagg (@_lewis_f) / Unsplash.
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