SOMOSMASS99
Jatzibe Castro*
Jueves 8 de mayo de 2025
Aquella noche
Esa noche la luna en forma de uña apenas brillaba en un cielo oscuro que mostraba solo una estrella, cuando Lucía salía de su casa con dos maletas en las que llevaba sus principales pertenencias. Ella sabía que Adriano la esperaba en el lugar acordado, mas no sabía lo qué ocurriría antes de encontrarse.
A unas cuadras de ahí, la calle iluminada apenas por un farol, la luna uña y su acompañante estrella, eran testigos de la decisión que movía los pasos de Adriano hacia el encuentro con Lucía, cuando un gato negro se cruzó veloz a unos pasos de él, que apenas percibió el movimiento se sobresaltó, olvidando al instante lo sucedido. Estaba ensimismado rumiando lo que le esperaba. Llegó al lugar de la cita antes de lo esperado, Lucía no tardaría.
Mientras, Lucía caminaba sin pausa ni prisa; sabía que tenía tiempo aún para recorrer el camino trazado que la llevaría a sus brazos, esta vez liberados de las objeciones que sus padres habían impuesto a su relación.
Los padres de Lucía desdeñaban a Adriano por su color de piel, su sencilla ocupación y su condición económica, alejada de sus amplias expectativas; aun cuando sabían que pronto se titularía como ingeniero. La madre era quien más se aferraba a que su hija terminara con esa relación, por lo que discutía seguido con ella. Lucía estaba harta de las intromisiones de
su madre y lo peor era que su padre, aunque no estaba en total acuerdo con su esposa, no se atrevía a contradecirla.
La pareja se había encontrado por primera vez en el jardín del arte, admirando la misma obra que proyectaba la imagen de un jardín similar al que sus pies pisaban. Los árboles que veían en la pintura, los rodeaban; un crepúsculo similar al que iluminaba la imagen, brillaba a su alrededor, cuando de pronto, sorprendidos apreciaron que la pareja que se encontraba en medio de aquel paraje virtual, eran ellos. Se voltearon a ver y se sonrieron. Al mirarse comprendieron, sin decirlo, que el espacio y el tiempo los había unido y que una creadora visionaria había captado las señales del universo, sin saberlo. Algo que no vieron, allá en el fondo, entre los árboles, fue el amarillo de los ojos de un gato negro que se distinguía apenas en la alfombra de prado oscuro extendida bajo los troncos.
Después de aquel encuentro fortuito, vinieron más, acordados y acomodados entre sus cotidianos. Charlas largas y nutridas, temas comunes y miradas profundas les iban mostrando su afinidad sin turbación, con liviandad.
Los padres de Adriano conocieron a Lucía cuando la invitó al festejo de su hermana. Ahí se dieron cuenta del encanto que provocaba en su hijo aquella muchacha vivaracha y delicada. También percibieron la diferencia de clase que, en medio de sus complejos, llevaría a su descontento. En este caso, era el padre quien intervenía constante ante su hijo sobre las diferencias que, según él, provocarían problemas en el futuro de esa relación. Adriano intentaba no hacer mucho caso e incluso pedía a su madre que intercediera por ellos, ante lo cual la señora hacía poco caso; a fin de cuentas ella tampoco estaba de acuerdo con esa pareja.
Después de un año de estira y afloja, de obstáculos constantes y ambientes adversos, conscientes de las disconformidades de sus padres y teniendo claros sus sentimientos y convicciones, aunado a que pronto terminarían sus estudios, decidieron vivir juntos y avanzar en la construcción de su vida en pareja.
Hechicera, llamaban a la pintora que no sabía de dónde le llegaba la inspiración. Solo le llegaba, y las consecuencias siempre eran las mismas. Atraía, sin claridad del por qué, las historias de quienes verían su obra, y desde el principio hasta el final sucedía todo como estaba en su mente en los momentos creativos. Ese era el empuje indudable de su éxito, ¡y cómo vendía!
Así fue que Lucía y Adriano regresaron por el cuadro después de varias visitas que hicieron al jardín, cada vez más compenetrados. La Hechicera lo sabía y sabía también que el felino oculto formaba parte de su historia. Al entregarles la pintura les dijo que en el cuadro había un detalle que debían tener presente en el futuro, a lo que la pareja prestó nulo cuidado en medio de su enamoramiento.
El día del primer encuentro de la pareja, sin que ellos lo percibieran, apareció en sus vidas el poseedor de los ojos amarillos. Entonces era un cachorro que había sido abandonado en el jardín por los dueños de su madre, luego de que se vieron superados por la gran prole que significaban diez crías en un solo parto. Los primeros días de su libertad solitaria el gatito sufría de temor ante cualquier movimiento o sonido que se le presentaba. Su mejor guarida se encontraba en las copas de los árboles que le ocultaban de los humanos y los perros que seguido rondaban por aquellos parajes.
Segunda parte y última: Aquella noche / II y última
* Jatzibe Castro es pintora y escritora.
Instagram: Jatzibe_Castro
Imagen: Pixabay.

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