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Chucho Martínez. Radio de Galena. Tercer lunes de junio

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SOMOSMASS99

 

Joaquín Berruecos

Martes 17 de junio de 2025

 

A María Eugenia,
Paulina, Laureana
y Luca

El Radio de Galena

A principios del siglo XX, antes de que el radio fuera un electrodoméstico común, existió un artefacto tan simple como asombroso: el radio de galena. Sin baterías ni enchufes, captaba señales del aire gracias a ciertas características de la galena, un mineral del grupo de los sulfuros, formador de cristales cubo-octaédricos. Con esta piedra conectada a una bobina de alambre bien enrollado sobre un cilindro de cartón ―como los que soportan al papel de baño―, se creó un dispositivo de resistencia variable llamado “bigote de gato”, que operaba como un sintonizador. Al añadir unos audífonos rudimentarios, se obtuvo, desde 1904, uno de los primeros receptores de ondas radiales; la posibilidad de captar “algo” del éter dependía de la fuerza de la señal y de la paciencia del operador.

Para los entusiastas de lo extraño, éste fue el primer asomo a la inmensidad del espacio radioeléctrico. Estos receptores fueron muy populares durante las dos primeras décadas del siglo pasado y esas primeras experiencias dieron inició a una gran revolución mundial: la era de la comunicación hertziana entre los humanos.

Más tarde, con la invención de las válvulas de vacío, conocidas como bulbos, y los transistores, el radio de galena fue desplazado. Ha sido interesante constatar que, quizá por su sencillez, siguió inspirando a generaciones enteras de estudiantes, radioaficionados y curiosos indagadores de los misterios del espacio.

Al cursar la secundaria en el Colegio Madrid, pude vivir la experiencia de construir mi propio radio de galena. Contábamos con un maestro de electricidad realmente interesado en su oficio, “el Inge” López fue quien me motivó a conocer lo esencial de ese mundo, cuestión que ha sido importante en mi vida… “Tienes que entender bien la Ley de Ohm”, V=RxI, me dijo un día, mientras escribía la fórmula en el pizarrón, la puedes memorizar recordando aquello de “Victoria Reina de Inglaterra”. Y efectivamente, al conocer cómo se relacionan estas tres magnitudes físicas, me pude explicar cantidad de sucesos de la vida cotidiana. En ese taller aprendí muchas cosas: soldar cables, hacer uniones tipo “cola de ratón”, realizar circuitos de escalera, evitar cortocircuitos, en fin, varias cuestiones que pueden llegar a ser relevantes en el hogar, la oficina o una empresa. Desde luego, el mejor proyecto que “el Inge” me asignó fue el armado de un radio de galena. En ese tiempo, los componentes se podían comprar en una tlapalería por 8 pesos: una piedra de galena, alambre esmaltado para la bobina, una tablita donde montar el sistema, otro alambre que funcionaba como antena y unos sencillos audífonos. No se trataba de un radio común, como el que se colocaba en el buró y se encendía con un botón; en éste, era necesario buscar con cuidado la señal, mover los contactos con precisión sobre la piedra y la bobina, y con paciencia, encontrar el punto exacto donde mágicamente emergía el sonido. Cuando se llegaba a captar una señal, la voz o alguna música lejana, uno sentía que había atrapado el misterio, algo salido del aire, tan invisible como real… Aquellas experiencias fueron muy formativas y se fijaron para siempre en mi memoria.

El Radio de Chucho

Años más tarde, mi hermano Juan me presentó a Jesús Martínez, lo fuimos a visitar en su estudio, con sorpresa descubrí que escuchaba música ¡en su radio de galena! Eso sucedía en una época en la que ya existían los radios de transistores, a costos accesibles. El conectarme con tal personaje, a través de la misma emoción que a mí me produjo el rudimentario aparato, fue una experiencia muy interesante, era evidente que coincidíamos en disfrutar, buscar y encontrar “emisiones flotantes”. A partir de ese día, Juan lo apodó “Chucho Martínez Radio de Galena”.

Y también pintaba

Aquella fue mi primera anécdota con el artista, iniciamos una amistad que se enriquecía con sólo observarlo en su estudio. Mientras su oído capturaba la música, su aguda visión ordenaba pinceles, tórculos, lienzos, papeles, y claro, algunas de sus ideas terminaban en un grabado. El abigarrado espacio donde se desenvolvía era como un laboratorio donde, finalmente, las ideas quedaban fijas en algún soporte, Chucho parecía no tener problemas ni con la paciencia al captar sonidos desde el éter, ni con desplegar su arte con facilidad.

Un poco de lo mucho de Chucho

José de Jesús Martínez Álvarez, según lo cuentan sus colegas, fue un artista profundo, innovador y, sobre todo, constante; ganó el Premio Estatal de Artes Diego Rivera, otorgado por el Congreso de Guanajuato, su tierra natal; impartió clases en la ENAP, durante más de treinta años, en el taller de grabado en hueco de Francisco Moreno Capdevila, quien también fue su profesor. Durante un tiempo se desempeñó como director interino de esa escuela donde varias generaciones de alumnos lo consideraron “un buen formador de artistas y promotor incansable del grabado”, quizá era una de sus principales habilidades, solía decir “no es una simple técnica auxiliar”.

Mientras su obra recorría museos nacionales e internacionales, se mantenía siempre igual: humilde, bromista, comprometido. Con mi hermano Juan se embarcó en cantidad de proyectos, pero el que me pareció más interesante fue la producción de un grabado monumental denominado “Intolerancias” del maestro José Luis Cuevas, con el Taller ARTELETRA y CINCOLOTE. Ésta es una buena historia que da para escribir todo un texto. Para mí la obra tiene un significado especial, ya que me tocó conocer de cerca y en detalle, el complejo proceso de grabado y porque en nuestro estudio lucimos la mejor prueba de autor.

Hacer un video

Un día, Chucho me invitó a su taller. En aquel espacio, casi místico, brotaban por doquier atriles, pinceles, botes de pintura, papel en rollo y cantidad de obras en proceso. Quería que hiciéramos un video sobre su próxima exposición, un interesante recorrido producido solo con grabados, pensado para mostrar diversas maneras de ver a Cristo en su cruz. Y aunque era evidente que él no era un ser precisamente devoto, a la hora de hacer sus grabados supo ir más allá de lo religioso: se aplicó a explorar el símbolo que, al mismo tiempo, hiere y redime.

Con las entrevistas que grabamos a sus amigos, críticos y asistentes, además del registro videográfico que realizamos ―con la intención de captar sus ideas―, quedó listo el documental que comprendía su peculiar visión de lo divino. En agradecimiento, como quien se desprende de un fragmento de su obra, me dijo, “escoge lo que quieras de lo aquí expuesto”.

En la Bartolo

Pronto, coincidimos en otro entrañable espacio, resultó que en los mismos sitios y patios escolares donde estudiaban y corrían mis hijos, también lo hacía Laureana, una pequeña que veíamos todas las mañanas, cuando llegaba, junto a su hermana, de la mano de Chucho y María Eugenia. En aquella inolvidable época, comenzamos a compartir las enseñanzas de los maestros Pepe y Chela, las asambleas, los festivales y las excursiones, durante casi una década.

Es magnífica la posibilidad de convivir con tantos padres de familia en un espacio de ideas y costumbres de altura, en el recinto de las tesis comprometidas, en la casa del conocimiento y los valores, donde brota el entusiasmo, el arte, la cultura, donde se entretejen historias con futuro. Aquella fue otra buena etapa de coincidencias con Chucho y su mujer, la también notable artista María Eugenia Figueroa.

Hoy, mi hijo Bernardo me cuenta que los lazos continúan, reaparece Luca, el hijo de Laureana, en el mismo salón de Adrián, mi nieto… Al tiempo le gusta jugar a entrelazar vidas, así que ahora, en los mismos coloridos juegos infantiles de la Bartolo, las historias de amistad continuarán.

Hace apenas una semana, Laureana compartió este texto: “Un día como hoy, -10 de junio- hace 54 años, mi papá arriesgó su vida en el ‘Halconazo’, tres años después de haber también participado en la protesta estudiantil de 1968. Ahora está nuevamente enfrentando otra batalla vital, y desde el hospital, les pedimos sus buenas vibras.” El artista estaba librando su última lucha, como tantos otros de su época, había cargado sus pensamientos de compromiso social, de las causas que consideraba justas y eran parte de su vida. Por ello no fue raro que, arriesgando el cuerpo, estuviera presente en esas dos trágicas movilizaciones.

Definitivamente, las anécdotas de Chucho no terminarán ni en los mítines ni en los hospitales. Porque su obra seguirá por ahí, coloreando los muros de los afortunados que poseamos un pedacito de su magnífico trabajo.

Se fue

Así era Chucho, como un radio de galena antiguo que, sin ser anticuado, podía captar lo esencial en medio del ruido ambiental. Un ser sensible para detectar ciertas frecuencias exclusivas que la mayoría no entendemos ni podemos transformar. Le quedaba bien el apodo, le funcionaba aquello de capturar señales profundas, y bien que las sabía traducir en trazos, sombras y formas, nunca necesitó de parafernalia alguna para transmitir sus sentimientos.

Chucho se ha ido, pero por ahí permanecerán sus ideas, bien prensadas en papel, vertidas en telas, en impresos, en lienzos magníficamente pintados, obras que, al terminar de ser manufacturadas, son como la evidencia de la percepción de peculiares vibraciones… las que perduran. Y ahora, todo es cuestión de que, como sucedía ante un antiguo radio de galena, uno intente sintonizar y afinar la vista al momento de disfrutar su obra.

Así que, buen viaje querido José de Jesús Martínez Álvarez, maestro, detallado pintor, excelente grabador, generoso hombre de mirada inquisitiva y divertida conversación.

Tlalpan, CDMX

16 de junio de 2025


Imágenes de portada e interiores: Proporcionadas por el autor.

 




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