SOMOSMASS99
Alfonso Díaz Rey*
Viernes 20 de junio de 2025
«Desaparezca la filosofía del despojo, y habrá desaparecido la filosofía de la guerra».
– Fidel.
En el capitalismo se produce para obtener ganancia, ese es el objetivo principal. La utilidad social ─cuando la tienen─ de los objetos, bienes y servicios producidos ocupa un plano inferior en importancia cuando se define su producción.
Se produce para el consumo, en buena medida suntuario e inducido por la publicidad. Mientras más rápido se realice ese consumo, mejor. De esa manera podrá continuar la producción, para sustituir lo que se ha consumido y obtener más ganancia.
Una de las formas de acelerar el consumo es mediante la obsolescencia, sea ésta programada, como en algunos dispositivos mecánicos, eléctricos y electrónicos; o percibida, provocada con «mejoras» debidas a la introducción de cambios tecnológicos o de presentación, magnificados por la publicidad.
Otra forma de acelerar el consumo, y quizá la más rápida, es la destrucción. La manera más amplia, dramática y masiva de destrucción es la guerra.
Y como en el capitalismo se necesita continuamente acumular y reproducir el capital, una de las vías para hacerlo es mediante una mayor producción ─y explotación del trabajo humano y de la naturaleza─, ya sea para sustituir lo consumido o destruido, o la elaboración de nuevos productos; otra vía es la sumisión y el despojo a los pueblos más débiles, para imponerles condiciones de intercambio injustas. La guerra le brinda a los países capitalistas poderosos la manera más rápida para llevarlas a cabo y así paliar, temporalmente, sus problemas.
Por tal razón las guerras se han convertido en un extraordinario negocio, porque no solamente se destruye el material bélico sino el entorno físico y natural en el que se desarrollan, además del incalculable costo humano y cultural.
En esta amoral, indigna y reprobable actividad sobresale el complejo militar-financiero-industrial de Estados Unidos, en el que participan los más grandes fondos de gestión de activos como BlackRock, Vanguard, State Street y Morgan Stanley, entre otros, sociedades dominantes en el sector financiero internacional, vinculadas a los más grandes negocios.
Por ello no debe extrañarnos que desde el final de la Guerra Fría ─tras la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista de Europa oriental─ el número de conflictos bélicos, regionales o internos, haya aumentado y, «extraña coincidencia», en una altísima proporción, de una u otra manera Estados Unidos esté involucrado.
Entre los conflictos vigentes, tres llaman la atención por el peligro que representan dado que involucran a países con armamento nuclear: la guerra proxy en Europa, entre Rusia y Ucrania; el genocidio de Israel contra el pueblo palestino, en Gaza, conflicto peligrosamente ampliado a Irán; y el diferendo entre India y Paquistán por la región de Cachemira.
En los dos primeros, Estados Unidos y los países de la OTAN ─con excepción de Turquía─ están directamente vinculados; el tercero, es herencia que dejó el colonialismo británico al retirarse de esa región.
Pareciera que a los dueños de los grandes capitales involucrados en el negocio de la guerra, y su servidumbre política, están dispuestos a adelantar el reloj del juicio final ─a escasos 89 segundos de la media noche─, en la absurda creencia de que su poderío económico los podrá salvar.
En este contexto surge, nuevamente, la necesidad de continuar, reforzar y llevar a niveles superiores la lucha por la paz, una lucha que corresponde librar a los pueblos y en la que, como primer objetivo, esté la eliminación del armamento y arsenales nucleares, químicos y bioquímicos.
Y, como para la solución de cualquier problema, ser conscientes de las causas; además, conocer a quién nos enfrentamos y a aquellos con quiénes podemos unirnos o aliarnos. De ello depende evitar la media noche.
* Miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Imagen de portada: Larry Fink, director ejecutivo de BlackRock. | Foto: Foro Económico Mundial.
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