SOMOSMASS99
Lázaro Uc Mas*
Jueves 7 de agosto de 2025
El teatro estaba repleto. Ni una silla vacía, logré acomodarme junto a mis amigas. Es un teatro grande, amplio, de paredes altas, y con foro hasta arriba. Con rojos sobresalientes y paredes que antes fueron blancas, ahora un poco opacas, pero imponente. Un teatro imponente. Al frente, los directivos con caras serias, adustas, con miradas cruzadas tratando de ser empáticos. Al fondo, un silencio que podía escucharse en todas las miradas fijas de quien hablaba.
“-Es difícil decirlo pero es verdad, a mí me pasó. Estando en el salón no perdía oportunidad para decirme -¿qué haces aquí?, -¿no te has dado cuenta que no eres para esto?- Y pues claro que eso no te hace sentir bien. Pero no era sólo una vez, era cada vez que podía. A veces se me acercaba y me decía casi en mi oído -ya, búscate lugar en otro lado, para otras cosas-. Traté de participar lo menos posible. Quería que ni me viera, a veces para lograrlo llegaba primero para que no se fijara en mí, porque si llegaba después que ella, pa’ qué les cuento. A veces quería envolverme en mi silla, sobre todo cuando se daba esa extraña ocasión que exponía algo, porque seguramente me iba a preguntar a mí, y si, así como va, me preguntaba a mí. A veces sabía la respuesta, pero nunca la dio por buena, si acaso se quedaba callada y preguntaba a otro; pero si me equivocaba, ora si que se iba contra mí con todo. Una vez de plano me dijo que yo no serviría como maestra, que no era lo mío. Que de plano dejara de perder el tiempo. Lo que me dijo enseguida me puso a pensar: -le estás quitando el lugar a alguien que a lo mejor sí sería buena maestra-. Sí me dolió. Me sentí pequeña, chiquita, casi basura. Torpe. Esa noche lloré con mis amigas, les dije que ya no volvería a la escuela. -Me voy a salir-, dije. Pero claro, no me salí. Era como empezar de nuevo y en mis condiciones económicas era complicado. Así que no se salí, aquí sigo, y tengo que decirlo porque sí, a mí me pasó con esa maestra”.
Cuando terminó, el silencio era abrumador. Ni el aleteo de las palomas podría romperlo. Todos los rostros de mis compañeros fijos en sus recuerdos. Yo también, metida en los míos. A mí me pasaba algo parecido. Casi igual, pero de la misma forma o mas dura, cruel, insana. A veces parecía que disfrutaba decirte que no servías para nada. Entonces no sólo era insana, sino perversa. Recordé mis miedos de topármela en los pasillos, de la entrega de la tarea, de que me viera en el patio y se dirigiera a mí. Prácticamente me escondía. Pero parecía que tenia un radar con mi nombre.
Pero yo no me voy a parar a hablar de eso. No. Esa maestra siempre ha dicho que tiene mucho poder en la escuela. Yo no sé, pero puede ser, es una de las mas antiguas. Por las dudas, yo no hablaré. No. ¿Para que? Igual y ni nos hacen caso y va salir peor la cosa. Te das a conocer, la maestra lo negará y se hará la ofendida; si tiene poder, como dicen, no le hacen nada y yo quedo a merced de ella. Y seguramente se va a ir contra mí peor que antes. No. Yo no diré nada. Sí, admiro a mis compañeros que están hablando. La verdad se necesitan muchos productos de gallina que yo, la verdad, no tengo. Pero la neta, que valor.
-Oye- susurró mi compañera de al lado.-Tú deberías decir cómo te trata esa maestra, esa que ya la trae contra ti, no te quedes callada, es tu oportunidad-. La miré un larguísimo instante, quise explicarle lo que estaba pensando, lo del poder, que es una de las mas antiguas de la escuela, que no sabía qué garantías hay, pero sólo le dije: -tengo miedo-. Ella me miró otro larguísimo instante, donde sus ojos pasaron de preguntar a darme esa extraña caricia en la mirada que te sientes arropada, entendida. Pasó una mano sobre mi mejilla para atenuar una gota que tímidamente se deslizaba por mis pómulos. Me apretó la mano. Dijo que me quería.
Hablaron más, muchas. Historia tras historia. Yo ya no escuchaba. Sentía el pecho inflamado que subía y bajaba. Las voces se fueron perdiendo. El lugar, las personas. Todo se volvió difuso. Me quedé en mis recuerdos. Mi madre. Mi hermana. Mi pueblo. Mi infancia. Mi maestra de 5° grado que me regresó a mi casa porque no llevé la tarea. Mi maestra de 6° que me animó a seguir en la secundaria. Aquella vez que unas niñas me rompieron mi lápiz y tiraron mis colores, las acusé con la maestra y nada les hicieron. O cuando rayaron mis cuadernos y mi hermana que me decía no te dejes, pero yo nuunca entendí cómo era no dejarme, porque sin hacer nada me tiraban mis libros.
No supe cómo, pero ya estábamos de salida del teatro. Una amiga me tomó del brazo: -es un receso para la comida, no te preocupes. Si no quieres, no hables-, dijo. Ya no regresé para la tarde. El cuarto fue mi refugio, mi escondite temporal. En la pared se dibujaba la cara dura de esa maestra. Sus ojos fríos, y la sonrisa burlona. Era la misma de la que habían hablado. En el techo también estaba su rostro. En la ventana, en la cortina, en el cajón, en la mesa. En todos lados. Y mientras me miraba me sentía pequeña, cada vez más pequeña, cada vez mas frágil, cada vez con más miedo. Cerré los ojos y la sentí en el centro de ese silencio.
Y poco a poco fui desapareciendo en la oscuridad de mis ojos cerrados.
* Lázaro Uc Mas es miembro del Movimiento Democrático de Trabajadores de la Educación de Guanajuato.
Foto de portada (ilustrativa): Mathew Schwartz (@cadop) / Unsplash.
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