SOMOSMASS99
Alfonso Díaz Rey*
Viernes 19 de septiembre de 2025
Un refrán popular que podría aplicarse perfectamente a los sectores racistas, supremacistas y neofascistas de la sociedad estadounidense, reza: «dime qué presumes y te diré lo que padeces».
Una «cualidad» que desde hace muchísimo tiempo esos sectores creen tener es la «excepcionalidad» derivada de un designio divino que los hace superiores a todos los demás grupos humanos. Ello los convierte en «líderes» del mundo y «guías» de la humanidad.
Con base en tal creencia, que desde los tiempos de las 13 colonias utilizaron como argumento para expandirse mediante el exterminio de naciones originarias, construyeron su doctrina del Destino Manifiesto, la que en el siglo antepasado utilizaron para robarse más de la mitad del territorio de nuestro país y, posteriormente, ha sido sustento ideológico para arrogarse el derecho de catalogar a «buenos» y «malos» y efectuar un sinnúmero de injerencias, amenazas, intervenciones y despojos llevados a cabo por el imperialismo yanqui en diversas partes del mundo.
Tal «excepcionalidad», que siempre ha estado presente en buena parte de la población de Estados Unidos, ha tomado fuerza con la llegada de Donald Trump a la presidencia de este país. Ello se refleja con claridad en el proyecto MAGA (hacer a Estados Unidos grande otra vez, por sus siglas en inglés) y su actual política con la que intenta recuperar esa «grandeza» a costa del resto del mundo.
Tal «excepcionalidad» es un mito al que la oligarquía de Estados Unidos se aferra e intenta mantener mediante el control ideológico de su población y la exaltación del individualismo, supremacismo, racismo y sectarismo; apoyándose en doctrinas y sectas «religiosas» creadas o surgidas de esos «valores», con la finalidad de obtener el mayor apoyo y aceptación posible a su condición de dominante y dirigente.
Aun cuando ese país ha impuesto sanciones comerciales a casi todo el mundo ─incluidos sus «aliados»─ su principal objetivo es aislar a China, país cuyo crecimiento y desarrollo lo han convertido en un serio competidor de Estados Unidos en muchos aspectos de la economía, el comercio, la industria, la ciencia, la tecnología y hasta militares. Por otro lado, las amenazas, agresiones y advertencias que involucran acciones militares las han dirigido a países económica y militarmente débiles, guardando la debida distancia y respeto con quienes pueden responderle en esos términos.
La agresividad hacia sus víctimas obedece a la necesidad de imponerles, mediante su poderío económico y militar, una visión del mundo y la realidad que acepte como normal y natural el hecho de que siempre habrá pobres y ricos, débiles
y poderosos, «iluminados» y necesitados de «luz», y una serie de aberrantes creencias en las que los sectores dominantes yanquis se han apoyado para expoliar y explotar a muchos pueblos ─incluido el estadounidense─ para erigir y mantener tal poderío.
La carencia de un mínimo de calidad y autoridad moral, además de la falsedad e irracionalidad de su sustento ideológico, les impide utilizar la fuerza de la razón y por ello acuden a la razón de la fuerza para lograr sus objetivos. Y van sobre los países más débiles ─que tienen recursos que el imperio necesita─ o sobre aquellos que su dignidad y soberanía son un mal ejemplo para sus aspiraciones de dominio, como un primer paso en búsqueda de la fortaleza que, después, le permita enfrentar a países poderosos.
Aun cuando por el momento el imperialismo yanqui muestre cautela en cuanto al tipo de amenazas a potencias como China y Rusia, habría que desconfiar de esa actitud; no por motivos de simpatía sino porque la situación que se ha creado, aunada a la nula calidad moral de los imperialistas, representa un serio peligro para toda la humanidad.
En el origen y las causas de la guerra que actualmente se libra en Europa está la acción del imperialismo; así como su complicidad con los sionistas de Israel en el genocidio que se lleva a cabo contra el pueblo palestino obedece a los intereses imperialistas yanquis.
Si se analizan los conflictos armados o las operaciones de desestabilización de gobiernos veremos en la inmensa mayoría de los casos, como denominador común, la acción de esa potencia imperialista, cuya «excepcionalidad» ─si se le puede llamar así─ radica en su enfermiza obsesión por el poder y la riqueza, sin importar las formas en que las obtengan.
Ello hace que la lucha por la paz adquiera hoy la mayor importancia, lucha en la que es imprescindible la cooperación y solidaridad entre los pueblos por la defensa de su independencia y soberanía, la que podrá avanzar y salir avante en la medida de su carácter antimperialista.
* Miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Imagen de portada: Donald Trump. | Foto: Gage Skidmore / Creative Commons.
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