SOMOSMASS99
Zunny Eljach* / SomosMass99
Martes 8 de julio de 2025
El renacer de Aliosha / II y último
Sintió vértigo. Todo giraba a su alrededor. El espacio en que se encontraba había desaparecido. Ya nada le era familiar. De repente, la luz enceguecedora se detuvo y, con asombro, Aliosha se dio cuenta de que recuperaba su cuerpo. Abrió los ojos de un negro profundo y, con gran alegría, pudo tocar su rostro, su nariz puntiaguda y su boca de labios delgados, palpar sus brazos y piernas. Fue invadido por una sensación de felicidad; estaba vivo, pero al mismo tiempo sentía terror, pues se encontraba solo, en un entorno desconocido para él.
¿Qué había pasado? Sus ojos recorrieron con curiosidad la habitación. El color blanco de las paredes lo incomodaba y le ocasionaba un continuo parpadeo. Miró a la derecha y vio dos figuras envueltas en túnicas de color plateado. En los rostros cubiertos sobresalían unos ojos de color azul y mirada penetrante. Uno de los dos posó su mano sobre la cabeza del niño y entremezcló los largos dedos entre el cabello ensortijado. Aliosha lloraba en forma inconsolable. No sabía por qué estaba allí. Recordó las advertencias de su madre acerca de no hablar con extraños y giró su rostro hacia la pared. No quería ver los seres que estaban frente a la cama. Poco a poco se sumió en un sueño profundo. Escuchó una voz en su interior que le decía: «no te angusties, nada malo te va a pasar, estamos aquí para ayudarte».
Despertó sobresaltado, miró a su alrededor y suspiró aliviado al darse cuenta de que los seres ya no estaban. Del techo colgaba una lámpara con diminutos bombillos de colores. Uno, de color amarillo, iluminaba la habitación. Nuevamente comenzó a sollozar, pero ahora en forma queda. Estaba cansado y el miedo lo tenía paralizado. La luz le produjo otra vez aletargamiento. En sueños, vio a su madre desesperada, lo llamaba a gritos sin encontrar respuesta. La conocía y sabía que no iba a dejar de llorar hasta encontrarlo, y ese pensamiento le originó una pesadilla que lo hizo gritar.
* * *
Tenía diez años y, aunque el país atravesaba una difícil situación, su alegría de vivir permanecía intacta; su mundo eran sus padres y hermanos, de quienes recibía mucho amor y protección, y los amigos, quienes eran sus compañeros de juego. Ninguno de ellos entendía por qué estaban destruyendo la pequeña ciudad con bombardeos frecuentes. A pesar de ello, algunas veces los padres permitían que los niños salieran de los refugios a jugar en medio de los escombros, casi siempre a las escondidas, que era el juego favorito.
* * *
Los recuerdos le producían temor y desazón. El pequeño cuerpo se contorsionaba y el niño se encogió como un ovillo; el hecho de no saber dónde se encontraba acrecentaba su angustia. Miraba fijamente la puerta. Quería que alguien entrara y le explicara dónde se encontraba y por qué estaba allí. Como si los pensamientos del niño hubieran quedado al descubierto, entraron tres figuras muy altas con túnicas de colores suaves. Con sorpresa, vio que sus pies no tocaban el suelo: flotaban con movimientos rítmicos. La mente infantil se hacía muchas preguntas; pero por una razón desconocida para él, no sintió miedo; pleno de curiosidad y sorpresa, notó que las figuras se acercaban a la cama. La mirada de los tres seres era amorosa. Los ojos de azul profundo eran tan expresivos, que Aliosha sintió que querían hacerle llegar un mensaje.
Se incorporó y preguntó: «¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes?» La cara de las tres figuras estaba cubierta por un velo, a través del cual era evidente que no tenían boca ni nariz. Pero apenas hizo la pregunta, y al mirar sus ojos, las respuestas comenzaron a llegarle a la mente: «Somos habitantes de Encélado, una luna de Júpiter; nos dieron la misión de salvar algunos habitantes, la mayoría niños, ya que la vida en la Tierra está a punto de extinguirse». Aliosha los miraba atónitos. Comenzó a gritar y tuvo la intención de escapar, pero uno de ellos lo sujetó, mirándolo fijamente a los ojos.
—¿Cómo llegué aquí?
«Usamos una máquina tele transportadora que desintegró tus células y luego, al llegar a Encélado, la máquina receptora reintegró tu cuerpo.
—No entiendo nada. ¿Dónde están mis padres, mis hermanos y mis amigos?
«Los verás de nuevo, lo prometemos.
—¿Pero cuándo los voy a ver? —preguntó lleno de angustia.
«Los verás de nuevo si sobreviven a la hecatombe que se va a presentar pronto en la Tierra. Necesitamos que confíes en nosotros para que puedas salir de la habitación. Vas a encontrar algunos muchachos que hemos traído antes.
—¿Entonces es posible que no volveré a verlos? —preguntó llorando de nuevo.
«Sabemos que es muy doloroso; ustedes los terrícolas sufren mucho por el poco control que tienen de las emociones; tu mamá en estos momentos está desesperada buscándote, pero la vamos a tranquilizar; a través de sueños le vamos a indicar que estás bien, que aquí vas a crecer y que en un futuro, cuando estés listo, vas a ser parte de una expedición interplanetaria, vas a llegar a la Tierra a ayudarlos a reconstruir el hábitat estropeado y vas a poder enseñarlos a vivir en paz y armonía. Tranquilo, que es muy probable que sobrevivan.
Aliosha suspiró. Se prometió a sí mismo tranquilizarse; la posibilidad de volver algún día a su hogar lo llenó de esperanza y pensó que sería bueno conocer el planeta y encontrarse con niños de su edad… así no se sentiría tan solo. El niño les hablaba y los seres contestaban en forma telepática. De repente, uno de ellos dio por terminada la conversación y los tres salieron del cuarto, dejándolo más calmado. Por primera vez sonrió, se acordó de que no había comido. El sabor de los platos deliciosos de su mamá llegó a su mente y, con sorpresa, tuvo la sensación de estar degustándolos hasta que su apetito quedó satisfecho. Pensó: «qué maravilloso sería contarle a Aysel —su compañera de juegos— lo que acababa de suceder». Sonrió de nuevo al imaginar la cara de incredulidad de la niña, pero enseguida la ausencia de su amiga lo entristeció.
La imaginó buscándolo en medio de los escombros. Recordó el juego a las escondidas en su aldea, casi destruida por los bombardeos, y la insistencia de la niña en acompañarlo cuando la lata misteriosa se transformó en lo que todos creyeron era un dron y que, al final, resultó ser el extraterrestre que lo trajo a Encélado. Aysel fue retirada del sitio a la fuerza por los otros niños, que salieron despavoridos antes de la desintegración de Aliosha. Estaba seguro de que ella no lo había abandonado a su suerte.
Ensimismado, no se dio cuenta de la entrada al cuarto de tres niños de su misma edad, que se acercaron con afabilidad. Uno de ellos preguntó:
—¿Cómo te llamas?
—Aliosha. ¿Y ustedes? —respondió al salir de su letargo.
—Vilty —contestó el más pequeño—. Mis amigos se llaman Leemoid y Mayobo.
—¿Quieres salir con nosotros para que conozcas los alrededores? —preguntó Leemoid, el más alto.
—Bueno… —respondió Aliosha con una sonrisa, que disimulaba su desconcierto, ya que los tres niños parecían terrícolas y se dirigían a él en su idioma. Además, caminaban y no flotaban.
Los miró fijamente y dijo:
—Ustedes son iguales a mí. ¿Por qué?
—Los tres llegamos a Encélado muy pequeños —contestó Vilty—. Estamos integrados a esta sociedad; pero al verte, nuestra vieja memoria se reactivó y nuestra apariencia volvió a ser la de los terrícolas.
Iniciaron el recorrido. Aliosha no podía salir de su asombro al observar árboles con troncos tan gruesos e irregulares, que formaban pequeñas cuevas; los enceladenses —le dijo Mayobo— acostumbraban a utilizarlos como refugios para recibir la buena energía que emanaba de ellos. Se detuvo frente al árbol más grande y preguntó:
—¿Cómo se llama este árbol?
—Es el árbol madre —contestó Mayobo—. Con sus hojas, que tienen propiedades para alargar la vida 200 años, se preparan bebidas que los niños toman desde que nacen.
—Doscientos años… —comentó Aliosha con sorna.
—Sí… ¿y ves aquellas cascadas?
El niño miró a su derecha y contempló chorros de agua de 20 metros de altura, que producían destellos multicolores. Vilty comentó que el agua era termal y contenía minerales especiales que generaban en los enceladenses una salud perfecta. Había que bañarse en ellas todos los días.
Varios metros adelante, se extasió al ver infinidad de flores de colores diversos; sus pétalos se abrían y cerraban al acercarse a ellas. Leemoid le dijo que, al abrir la flor, sus pétalos despedían un aroma que se impregnaba en todo el cuerpo y llegaba hasta el cerebro, produciendo mucha paz y tranquilidad.
Aliosha elevó la mirada al cielo, que tenía tonalidades anaranjadas y rojizas; vio unos pájaros con alas fosforescentes y picos muy grandes. Quedó sorprendido al ver niños montados en ellos.
—Esos se llaman aguiler y nos transportan a donde queramos —dijo Leemoid.
—¿Puedo montarlo? —preguntó Aliosha con los ojos muy abiertos.
—Todavía no. Tenemos que llevarte al templo de nuestra Madre para que te conozca; ella es nuestra guía; todos somos sus hijos —continuó Leemoid—. Nuestro planeta es gobernado por mujeres y algunas de ellas, junto a la reina Madre, te están esperando.
Lo llevaron por un sendero bordeado de árboles; veía a lo lejos montañas suspendidas en el espacio. Al respirar, sentía que su cuerpo se llenaba de aire limpio, pues no existía contaminación. Llegaron al templo y los niños se quedaron esperándolo afuera. Un guía lo llevó al estrado principal. Estaba calmado; había aspirado la fragancia de una de las flores y esto le había servido para no sentir miedo.
Cuando miraba con curiosidad el espacio que lo rodeaba, apareció la imagen más bella que había visto; allí estaba la Reina Madre, sentada sobre su trono de cristal. Era un ser de piel verduzca, de gran altura —tres metros, pensó Aliosha— y figura esbelta, con largas extremidades y manos de alongados dedos con aros que cambiaban de colores continuamente. De la pequeña cabeza, con forma de cono invertido, pendían tentáculos que se mecían al vaivén de sus movimientos. Los ojos de azul aguamarina eran de forma triangular y destacaban el rostro, que carecía de nariz y boca. Vestía un traje blanco inmaculado ajustado a su anatomía, muy similar a la humana; llevaba sobre los hombros una enorme capa roja aterciopelada, con incrustaciones de piedras preciosas. En su amplia frente ceñía una diadema color oro con una inscripción que decía, en la lengua que Aliosha aún ignoraba: «Larga vida a la Reina Madre». Embelesado, no podía apartar los ojos de ella hasta que en su mente escuchó una voz que le preguntó:
«Cómo te llamas?
—Aliosha —contestó.
«¿Cuántos años tienes?
—Diez.
«¿De dónde vienes?
—De la Tierra
«¿De la Tierra? Tu planeta es uno de los más bellos del sistema solar; pero los terrícolas no lo valoran y están destruyéndolo. ¿Cómo te sientes?
—Triste porque me separaron de mi familia —dijo entre sollozos—. Quiero regresar.
La voz se hizo más fuerte para decirle:
«Pasará algún tiempo para tu regreso; vas a vivir con nosotros y aprenderás muchas cosas, hasta que tengas suficiente edad y sabiduría para reunirte con los tuyos.
Aliosha salió del templo embargado por un gran sufrimiento. Sus nuevos amigos lo esperaban a la salida y lo llevaron a la habitación donde se alojaba.
Las mujeres de Encélado habían sido informadas por la Reina Madre de la grave situación en la tierra y, preocupadas por la salud emocional del niño, decidieron bloquear en su cerebro el sufrimiento que generaban sus recuerdos.
Llegó un nuevo día: despertó muy animado. Quería montar en un aguiler que lo llevara por las montañas flotantes de Encélado. Sus amigos le habían prometido que lo iban a enseñar a volar. No entendía la razón, pero sus recuerdos ya no le producían tristeza. Quería disfrutar su estadía en Encélado y, algún día, volver a su casa, abrazar a su mamá y contar a sus amigos, especialmente a Aysel, todo lo que estaba viviendo. Esbozó una sonrisa y, al llegar sus compañeros, los saludó con entusiasmo y se dispuso a pasar un lindo día.
* Zunny Eljach es escritora en la Ciudad de la Luna. Forma parte del Taller de Narrativa Alegría de Escribir, de Colombia.
Ilustración de portada e interiores: Hugo Quintero.
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