Juan Camilo Lamos
El narcoturismo no es una novedad, casi que hace parte de la cotidianidad y de la impronta de las temporadas vacacionales de algunos lugares en el mundo. Por ejemplo, los lugareños de Cancún, Acapulco, Puerto Vallarta o las playas de Mexicali no se sorprenden con la materialización de la imagen cliché de sexo, drogas y alcohol, protagonizada por cientos de jóvenes extranjeros con el pretexto del spring break.
No es un fenómeno reciente, ni una situación restringida a lugares recónditos de países en vía de desarrollo. Desde hace años, décadas, ronda en el imaginario de la aldea global la marihuana jamaiquina, la experiencia alucinógena en Tailandia, el frenesí de Ibiza en España y los coffeeshops en Ámsterdam, Holanda.
Por supuesto, Colombia con su paradigmática cocaína hace parte de estos destinos narco-turísticos. Pero acá el problema ha ido mutando, casi que se ha ido convirtiendo en una oscura y especializada industria turística ilegal; sí, es ilegal, pero es uno de esos emblemáticos secretos a voces de este país.
La ciudad colombiana estandarte del narcoturismo es Medellín, ciudad que fue testigo –y víctima- del auge del Cártel de Medellín, liderado por el capo Pablo Escobar Gaviria. Siendo la tercera ciudad más visitada, después de Cartagena y Bogotá, Medellín hospeda por año a más de 180 mil turistas; contrario a lo que podría pensarse, esta cifra no enorgullece a las autoridades locales, quienes presumen que un porcentaje significativo de estos turistas vienen en busca de drogas y trabajadoras sexuales. La inquietud no carece de fundamento; la Gobernación de Antioquia (cuya capital es Medellín) ha detectado más de 3 mil sitios web (sólo se pueden ver en el exterior), que al mejor estilo de Disneyland ofrecen paquetesturísticos, con la promesa generalizada de bajos costos y fácil acceso a sustancias psicoactivas y servicios sexuales.
“Lo que pasa es que aquí la droga es muy barata, tú en Europa pagas 30 veces más de lo que cuesta aquí, entonces la gente lo toma muy pocas veces. Aquí llegan y ven que la coca es más barata que la cerveza entonces se descontrolan y se la toman toda. Como en su país no se lo pueden permitir entonces aquí se lo permiten todo. La cocaína allá es cara y escasa. Cuando vienes aquí y es tan barato es como si te dejaran conducir un Ferrari por un rato”, dice un español, que brindó su testimonio sobre el tema al equipo periodístico de Las2orillas (http://www.las2orillas.co/).
A la preocupación del gobierno local se ha sumado UNODC-Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito-, quienes a finales del 2013 dieron a conocer los resultados de su investigación sobre esta problemática. Tras tres meses de recorrer calles, comunas, parques, hoteles y hostales, obtuvieron algunas conclusiones como:
- La información que se publica en internet y los comentarios del voz a voz que dan cuenta de las experiencias de otros viajeros, se convierten en factores determinantes en el momento que los turistas deciden escoger a Medellín como destino para el consumo de drogas y servicios sexuales.
- No fue evidente para el estudio la existencia de estructuras transnacionales que faciliten la llegada del turista y su ubicación como consumidor dentro de los mercados lícitos e ilícitos abordados en este estudio. Predomina entonces la decisión del turista y el traslado por sus propios medios desde su lugar de origen hacia Medellín.
- Se confirma que existe una relación entre el consumo de drogas por parte de turistas que llegan a la ciudad y la explotación sexual comercial de niños, niñas y adolescentes, relación que no es determinada por la oferta sino por la demanda del consumidor.
- Las víctimas son asiduas consumidoras de sustancias psicoactivas. Se evidenció que los tipos de drogas que consumen tienen sustancias que generan síndrome de abstinencia y daños en el sistema nervioso central, por lo tanto entran a una forma de vida que las obliga a vivir drogadas. Ciertas veces se evidenció que son ellas mismas las que proveen al cliente de las drogas, por lo tanto son víctimas y victimarias.
Como se observa en las conclusiones, la convicción del turista es fundamental ¿Para qué sirve el mundo globalizado con sus redes sociales y sus aparatos inteligentes? Si parecemos tan ciegos como en la edad media. En las Las2orillas un joven austriaco también compartió su opinión: “No me da miedo comprar en la calle, ellos solo van a vender algo y ya. México es más peligroso, tienen la misma situación con las drogas pero allá hay una guerra real. No sé, no vi muchas cosas aquí, no vi en los periódicos muchos muertos, en México si matan 18 personas cada día, quizás pasa lo mismo aquí pero no sé”. ¿Guerra real? Y nuestro más de medio siglo de conflicto armado ¿dónde queda?, tan solo desde 1984 la Unidad de Víctimas registra más de 6 millones de personas flageladas por el conflicto armado, conflicto que en las últimas décadas se ha nutrido con el narcotráfico, una guerra impulsada por jóvenes como él, que alimentan el circulo vicioso oferta-demanda.
La ceguera es tan fuerte que los extranjeros no sólo justifican su particular forma de hacer turismo, sino que también han colocado en un pedestal heroico a los capos del narcotráfico. En Medellín ya es conocida la Ruta de Pablo Escobar, que por 55.000 pesos (unos 30 dólares) permite a los extranjeros revivir los últimos días de Escobar, que para ellos parece ser más una especie de Robin Hood y no el responsable de los cinco mil quinientos asesinatos, que dejó el Cártel de Medellín durante su auge entre 1989 y 1993.
Un amigo, que adelantaba una investigación social en una de las comunas más violentas de Medellín, se topó con un grupo de estos turistas; con entusiasmo fotografiaban las humildes casas incrustadas en calles empinadas. Con asombro, relataba que al pasar dos jóvenes motorizados exhibiendo sendas armas de fuego, alguien exclamó con entusiasmo, en un cuasi-perfecto español “¡Miren, miren, un sicario!”.
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