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El fin último de la educación

Diálogo Estado / Gaudencio Rodríguez Juárez / Slider Inicio / Top News / 27/11/2020

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©Gaudencio Rodríguez Juárez*

Viernes 27 de noviembre de 2020

 

 

Cuando una ley es injusta, lo correcto es desobedecer.

– Mahatma Gandhi.

 

La expectativa de que los hijos se porten bien y obedezcan sigue vigente. Padres y educadores siguen buscando métodos para tal fin, y cuando no lo consiguen suele aparecer la desesperación, la frustración, el enojo, el desánimo, estados de ánimo que se vuelven obstáculo para la búsqueda de alternativas realmente educativas o disciplinarias.

Tiempo atrás publiqué la siguiente expresión en redes sociales: “¿Puede haber algo más preocupante que un hijo desobediente? Sí, un hijo siempre obediente”. Se trató de una publicación que tuvo un gran alcance, sobre todo después de despejar la siguiente inquietud genuina de una seguidora: “Gaudencio, ¿podrías explica el por qué un hijo obediente no es lo ideal?”

Al ser los adultos contemporáneos aún una generación que fue educada en una cultura con montos significativos de autoritarismo y adultocentrismo, dichas publicaciones no logran explicarse por sí mismas, sino que requieren mayor detalle: “No es recomendable un hijo ʻsiempre obedienteʼ porque alguien (un familiar, un profesor, un par, un pederasta, cualquier persona abusiva) podría pedirle algo que va en contra de sí, de su dignidad, de su integridad”, fue mi respuesta.

Sí, acatar la voluntad de la persona que manda, de lo que establece una norma o una ley no siempre es lo adecuado, pues existen situaciones donde la integridad, la justicia o el bienestar de las personas puede quedar comprometido ante determinado ejercicio de la autoridad o ante determinadas normas. 

El fin último de la educación y disciplina no ha de ser modificar los comportamientos inadecuados del niño para que este sea un “niño bien portado” gracias a que sigue todos y cada uno de los designios de los adultos, pues, insisto, no hemos de perder de vista que en ocasiones las intenciones de los adultos pueden ser buenas pero no sus métodos; en otras ocasiones los niños y niñas pueden quedar expuestos a los designios nada sanos o benéficos de adultos abusivos.

Si la obediencia ciega y la modificación de comportamientos no han de ser el fin último de la educación, entonces ¿cuál sí ha de serlo? Pues uno que tenga un largo alcance y realmente favorezca la adecuada toma de decisiones, entendiendo por estas aquellas que van en beneficio de sí mismo y de los demás, para lo cual, dos preguntas son fundamentales: esto que voy a decidir 1) ¿Me hace bien? 2) ¿Le hace bien a los demás (o por lo menos no les perjudica)?

Se trata de aprovechar cada comportamiento inadecuado de la niña o niño para detectar las necesidades que encierran, fomentar habilidades para la toma de decisión acertada y habilidades para la vida, construir cerebro reflexivo y acercarlo unos centímetros al ser humano que deseamos construir. Entonces los comportamientos adecuados llegarán en consecuencia.

Las madres y los padres que se empeñan en formar niñas y niños obedientes a través de castigos, gritos, amenazas, chantajes o premios, además de manipular a su hija o hijo también desaprovechan cada situación para promover una actitud, facilitar una habilidad, transmitir un conocimiento nuevo, con lo que dejan ir una valiosa oportunidad para promover las bases de la autonomía y de la responsabilidad, producto de la conciencia crítica y analítica.

Muchos adultos hoy siguen órdenes dictadas por los dueños del poder que perjudican a grandes sectores de la población. Muchos adultos toman decisiones que son perjudiciales para otros, sólo porque pueden hacerlo desde el anonimato. Se trata de adultos que fueron educados en la obediencia ciega, hoy carentes de criterio, incapaces de tomar buenas decisiones, faltos de principios morales, de habilidades para el análisis y la reflexión, incapaces de desobedecer una norma injusta, temerosos de la autoridad, serviles al extremo.

La moral, dice el divulgador científico Eduardo Punset, es un compuesto de adaptaciones psicológicas que permite superar el comportamiento propio de bandas de engreídos obcecados por su interés personal y sacar partido del espíritu cooperativista. La esencia de la moral es el desprendimiento, el altruismo que predispone a pagar el precio para beneficiar a otros.

El fin último de la educación ha de ser la construcción de seres humanos morales, seres que tomen decisiones no con base a intereses individualistas o mezquinos, ni siquiera con base a la autoridad o a la norma establecida, pues en ocasiones esta puede ser injusta, sino con base al principio pro persona, con base al interés común. Se trata de un largo proceso formativo que lleve al individuo al nivel más alto de moralidad.


* Psicólogo / [email protected]

Foto de portada: Markus Spiske (@markusspiske) / Unsplash.






Luis López




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