PERSIGUIENDO SOMBRAS
Raúl Muñiz Torres
¿Quiénes marchan por la libertad de expresión? ¿Quiénes escriben en los medios sobre la libertad de opinar? ¿Quiénes en los medios esconden esqueletos en su propio clóset? ¿Quiénes marchan un día exigiendo justicia, pero años atrás defendían desde las oficinas de comunicación social a los gobiernos que ayer criticaban?
¿Cuánto ganan nuestros reporteros en nuestros medios locales? ¿Quiénes en los medios locales cuidan a sus reporteros, a sus familias, la integridad moral y física de sus trabajadores como expresa Lydia Cacho en el documental “Silencio forzado”? Y, como señaló Adela Navarro, la directora del semanario Z de Tijuana en el mismo documental ¿quién, cuando el periodismo empieza a ser visto como un negocio, ve a los reporteros como el primer beneficiado y no, como acostumbran, el último eslabón de la cadena?
¿Por qué a muchos jóvenes universitarios estudiantes de comunicación no les interesa practicar el periodismo? Hace apenas unos días a mi salón de clases en una universidad local llegó una propuesta de un periódico de la ciudad para que los jóvenes buscaran ahí un lugar de trabajo reporteril: el desprecio a la propuesta por parte de los estudiantes fue evidente ¿Por qué?
¿Se atreverían los dueños de los medios, editores, jefes de información, gerentes y todo aquel que toma decisiones importantes en los medios a anunciar un día un aumento del 300 por ciento a los ingresos de sus reporteros? ¿Aguantaría un medio local una nota de prensa, es decir, de su propio chocolate, para ver cuáles son las condiciones de su personal?
En fin y entonces, ¿quiénes marchan por la libertad de expresión? ¿Tienen todos la calidad moral para hacerlo? ¿Realmente la tienen? Nadie discute que no debe haber impunidad en el caso de Karla Silva, eso de ninguna manera está a discusión. Pero volvamos a los clósets de los medios y a algunos personajes que se desgarran las vestiduras y quizá no nos gustaría la vista.
Hace apenas unos días, un amigo periodista me preguntaba qué debemos hacer para defender el oficio y la libertad de expresión. Le respondí sin duda alguna lo siguiente:
“Cuidar quién escribe o no en nuestras páginas, escuchar más otras voces y ciertos hechos que en otros medios van a breves o no aparecen. Cuidar también el no suscribir manifiestos «abajofirmados» por personajes cuestionables.
“Alzar la voz, sí, cuando ocurren casos como el de Karla Silva. Acudir a la memoria. Bajarnos de la soberbia que da ver el mundo desde la primera fila, ser más autocríticos cuando nos equivocamos y críticos cuando otros medios no son consecuentes con el oficio. Y sí, estar dispuestos a decir adiós cuando el canto de las sirenas está por alcanzarnos; preferible decir adiós que el juicio de la memoria de alguien que en el futuro nos puede señalar como ‘cómplices’».
Puede que mis aseveraciones, le dije a mi querido amigo, no sean viables para una vida larga en el periodismo, para un medio. Pero siempre he creído y seguiré creyendo que nada puede estar por encima de la conciencia franca y serena.
Sí, es bueno protestar; sí, es mejor tener calidad moral para hacerlo.
Comparte en Facebook
Twittéalo








