SOMOSMASS99
Jatzibe Castro*
Miércoles 4 de agosto de 2021
Las letras no corren, no nadan ni andan en bicicleta, no saltan ni lanzan jabalinas ni discos, no tiran con arco ni a los discos voladores, no levantan pesas ni hacen yudo o taekwondo, no juegan al golf ni al fútbol en cualquiera de sus variantes, no danzan en el agua o el gimnasio con ritmo, coordinación y gracia, no juegan voleibol, baloncesto, bádminton o beisbol, no hacen esgrima, piragüismo, ecuestre, skateboarding, surf, vela o escalada, no son acróbatas en diferentes aparatos, no les toca eso, lo que sí que hacen es unirse y crear palabras que expresan de la mejor manera lo que quien las aplica quiere decir. En este caso, las letras acuden con la intención de decir aquello que desde la barrera se mira y siente, lejos de las hazañas, cerca con las imágenes que llegan, con la concentración y el azoro ante las maravillas que el cuerpo humano hace con trabajo y constancia, habilidad, destreza, voluntad y entereza.
Cada cuatro años, ahora cinco, las olimpiadas reúnen a los humanos en torno a la fraternidad que, a pesar de los pesares más grandes que se viven en todas las latitudes, de diversas maneras y por muchos humanos, nos hacen sentir que todavía podemos estar unidos, ir tras un sueño, ilusionarnos juntos y competir gozando, aun en desventaja, aun con todo en contra, aun sin tener premio, luchar con cuerpo y mente contra uno mismo, el tiempo, la distancia o frente a contrincantes y siempre sin dañarlos, encontrar la manera de dar lo mejor y, frente al mundo, entender la derrota cuando hubo mejores y, cuando toca, aventajar a todos, subir al podio y recrearse en el triunfo.
Me cautivan los juegos olímpicos, los espero y disfruto desde la tribuna estupenda de mi hogar, agradeciendo al mundo tecnológico que nos acerque a la arena multiforme y estar ahí merito donde todo sucede, estar ahí en el ruedo sin nunca haber estado.
Me remito a los tiempos aquellos en que la magia de la imaginación nos transportaba volando al sitio exacto en que éramos atletas, y estando en el garaje de nuestra casa con la pared enfrente y arriba la azotea, con el palo de una escoba en la mano, éramos a la vez gimnastas y tiradoras de jabalina: cortesía de gimnastas, erguidas, derechitas, un brazo alzado, saludando a los jueces, y al instante siguiente, ahora en el estadio, rodeadas de la gente que no existía y sentíamos presente, lanzar la jabalina, lo más alto posible y buscar la victoria: el palo en la azotea, y gozar con el triunfo, el público contento, aplausos, gritos, todo. Con hermanas y amigas pasábamos las horas en esa competencia que en la mente vivíamos tan real como la vida, gozando cada instante, ganaras o perdieras, eso era lo de menos.
Enorme gratitud a mis padres, quienes cada cuatro años emocionados transmitían su gozo ante lo que significa la hermandad entre pueblos que se disputan en buena lid las preseas, sabiendo que la victoria pudiera estar más en el proceso, en el tratar audaces, tenaces, con el alma, que en el portar el metal en el pecho.
Desde todos los años que han pasado tengo recuerdos varios de las diversas formas que cada cuatro años buscaba estar presente en las olimpiadas donde quiera que fueran. Afortunada por ser de la generación que vivió esta gran fiesta en casa, poco pude asistir directamente, sin embargo, gocé la Ruta Olímpica con las esculturas que se hicieron a los países participantes, gocé la gimnasia y el canotaje en vivo y disfruté por medio de la televisión las competencias que en ese entonces sabía estaban más cerca que nunca. Y después, cada periodo olímpico me trasladaba al país sede y acompañaba virtualmente a los atletas, ya fuera desde la casa cuando como estudiante y de vacaciones, o desde la oficina, primero con una mini televisión que nos transportaba a ratos a aquellos lugares donde el deporte estaba de fiesta, o desde Internet, robándole espacio a las actividades laborales, siempre he dispuesto tiempo del cotidiano para recrearme el alma con los juegos olímpicos.

Por último, las letras dan un lugar a los números, que, aunque tampoco compiten, su interacción sí que habla. Hace tres temporadas olímpicas: Londres 2012, Río 2016 y ahora Tokio 2020, hago un ejercicio numérico que deja ver los resultados desde una óptica distinta, ya que me parece injusto que se considere ganadores a los países que más medallas obtienen independientemente del número de deportistas que participan. Por ello comparé los resultados en medallas con el número de atletas que asisten a la gesta y generé dos medidas de logro: la eficiencia deportiva[1] y la eficiencia deportiva ponderada[2].
Solo para mencionar dos elementos del análisis: en Londres 2012, Botswana[3] obtuvo 50 por ciento de eficiencia deportiva ponderada a nivel mundial, en vista de que asistieron 4 deportistas y uno de ellos obtuvo una medalla de plata en atletismo. Comparativamente, Jamaica, con 50 atletas, obtuvo 48 por ciento y Estados Unidos, con 538, 42 por ciento. También en Londres, casi la mitad de los atletas fueron europeos y obtuvieron el 48% de las medallas, este continente envió el mayor número de atletas, 77 por ciento de ellos obtuvieron al menos una medalla olímpica y la diferencia entre los índices de eficiencia deportiva ponderada de los países europeos fue la menor de todos los continentes, es decir, tuvieron un logro deportivo más parejo.
Los juegos olímpicos dan para mucho, desde el regocijo fraternal de cerca o lejos, hasta la posibilidad de análisis profundo de participación y logro. A ello ayudan las letras y los números de quien desde la barrera asiste, observa y triunfa.
Notas:
[1] Fórmula: relación porcentual entre el número de atletas que asistieron por país, región o continente y número de medallas que se obtuvieron por país.
[2] Fórmula: relación porcentual entre el número de atletas que asistieron por país y el número de medallas que se obtuvieron por país , región o continente, ponderadas según el lugar que representan en las competencias. Oro: 3, Plata: 2 y Bronce: 1.
[3] Botswana, ubicado en el sur de África, con hasta el 70% de su territorio cubierto por el desierto de Kalahari. Fue uno de los países más pobres de África en el momento en que se independizó del Reino Unido en 1966, con un PIB per cápita de alrededor de los 70 dólares. Botswana se ha convertido en una de las economías de más rápido crecimiento en el mundo, con una tasa promedio de 9 por ciento anual. Mientras que el gasto en educación es alto, siendo del 10% del PIB y se han conseguido logros educativos, incluyendo la provisión de educación casi universal y gratuita; los resultados no resuelven las capacidades y necesidades laborales de Botswana. El desempleo está cerca del 20%. Los ingresos familiares y las tasas de pobreza son mucho más bajos en las zonas rurales que en las urbanas. (Datos de 2012).
* Jatzibe Castro es pintora y escritora.
Instagram: Jatzibe_Castro
Imagen de interiores: Кирилл Соболев en Pixabay, intervenida por Jatzibe Castro.
Imagen de portada: MasterTux en Pixabay, intervenida por Jatzibe Castro.
Comparte en Facebook
Twittéalo








