Alzar también la voz por la niñez violentada
Raúl Muñiz Torres
No hay duda que un hecho como el de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, no debe quedar impune de ninguna manera. La presunción del más profundo horror y el absoluto desprecio por la vida mostrado por quienes resulten responsables, no habla sino de alguien desprovisto de cualquier signo de humanidad y comprensión por la existencia del otro.
Pero si este hecho a todas luces indignante, nos parece irracional, de la misma forma la sociedad deberá manifestarse con la misma furia y exigencia al conocer la información proporcionada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en su relatoría sobre los derechos de la niñez en México y que revela el salvajismo brutal del que es capaz una sector envilecido de la sociedad:
“La Relatoría recibió con preocupación información que refiere el aumento de los niveles de violencia así como la falta de registros estatales sobre la materia. En este sentido, recibió de organizaciones civiles información que indicaría que entre los años 2006 y 2014 habrían documentado 2.000 casos de niños asesinados y/o mutilados, en algunos casos con extrema violencia.
“Además, le fue informado sobre un alto número de niños y niñas que habrían sido reclutados por la delincuencia organizada, la cual realizaría acciones agresivas de reclutamiento particularmente en comunidades pobres. Igualmente, preocupa el número elevado de huérfanos a raíz de la pérdida de uno o ambos padres, así como la cantidad de personas presuntamente desplazadas internamente por motivos de violencia, entre ellos niños, niñas y adolescentes”.
No debe esperar una sociedad, una ciudadanía como la nuestra, que la violencia se manifieste en un solo hecho comprimido para externar indignación y exigencia de justicia. La desaparición y presunta muerte de los estudiantes de Ayotzinapa y las narraciones de cómo podrían haber muerto, asombra al grado de la incomprensión; pero imaginar a dos mil niños violentados, asesinados y mutilados no puede, no debe dejarnos en la mera observación de la cifra.
Alzar la voz por los normalistas es obligado en Guerrero y en todo el país y al mismo tiempo, las marchas, la exigencia de justicia, la indignación, la petición de justicia por la niñez debe darse al mismo nivel de decibeles, las mismas muestras de solidaridad hay que mostrarlas a lo largo y ancho de país.
Resolver el caso de Iguala y poner tras las rejas a los responsables de la desaparición de los normalistas, será un triunfo de la sociedad mexicana en busca de justicia, pero será un triunfo incompleto en tanto cifras como las reveladas por la CIDH sobre la violencia en contra de niñas, niños y adolescentes, se queden ahí, en el escritorio, a esperar cómo nuevos números se acumulan para un nuevo informe.
La ocurrencia gradual de hechos violentos disfraza y contiene el impacto que debiera tener un acontecimiento como el que relata la CIDH en contra de niñas, niños y adolescentes; la frecuencia que se cuenta por años hasta acumular el suficiente número para generar alerta, no deja ver el extenso bosque que se esconde en la brutalidad de un infante asesinado y mutilado, por ello, no podemos esperar a que de un sólo golpe, la barbarie nos haga reaccionar.
Apenas un niño, apenas una niña, apenas un adolescente despojado de su vida y previamente despojado de su dignidad y su futuro, debe ser motivo suficiente para también alzar la voz, de lo contrario, seguiremos esperando infiernos como el de Iguala para sentirnos ultrajados.
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