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Política de los Comunes: La historia abierta de las comunas

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SOMOSMASS99

 

Reinaldo Iturriza López*

Miércoles 2 de agosto de 2023

 



El columnista Reinaldo Iturriza mira hacia atrás en la historia de las comunas y cómo se supone que son más que «apéndices» de las instituciones estatales.



 

I

La historia de las Comunas es la historia de la organización de la clase obrera. Pero no la clase obrera en un sentido abstracto, sino la de la realmente existente en un momento histórico específico.

Tanto el registro documental disponible como el testimonio de los organizadores nos permiten concluir que Hugo Chávez, y ciertamente los miembros más astutos del movimiento bolivariano, entendieron plenamente la necesidad de unirse y organizarse, de interpelar y ser interpelados por lo que Chávez entonces denominaba las «clases marginales», es decir, los más pobres entre los pobres, esa fracción de la clase trabajadora que fue excluida tres veces: del mercado laboral formal, de la ciudadanía y de la economía de mercado, y que, a mediados de la década de 1990, constituía la mayoría de la fuerza laboral en Venezuela.

Mucho se ha dicho sobre el inmenso esfuerzo del gobierno bolivariano durante la primera década de este siglo para hacer frente a la «deuda social» acumulada históricamente. Sin embargo, antes de eso, durante la década anterior, Chávez y el movimiento bolivariano se propusieron abordar una deuda más apremiante: la política. Después de su liberación de la cárcel en 1994 y durante sus diversas giras por ciudades y pueblos de todo el país, Chávez se centró en establecer una relación de diálogo con las mayorías populares, de acuerdo con ese segmento de la población que algunos estudiosos identifican como el subproletariado.

Con poca o ninguna conexión con las formas más tradicionales de actividad política y social (partidos, sindicatos, gremios), una parte significativa del subproletariado se involucró en la tarea de superar la empinada pendiente de la desmoralización, la despolitización y la desorganización. Comenzaron a verse a sí mismos como participantes en un proyecto nacional, como miembros de una identidad política en ciernes, y como protagonistas de un nuevo tipo de democracia: una democracia participativa y protagónica.

La columna vertebral de este movimiento masivo y policlasista que llevaría a Chávez al poder en 1998 sería este subproletariado, cuya movilización aumentaría a medida que empeoraran las contradicciones. Tras el punto de inflexión representado por el golpe de Estado de abril de 2002, tomaron la iniciativa política y asumieron un papel protagónico, que impactó decisivamente en el contraataque del pueblo. Jugaron el mismo papel en la resistencia contra el cierre patronal-sabotaje petrolero de 2002-2003, y coronaron su victoria política en el referéndum revocatorio de agosto de 2004.

En el breve interludio temporal entre la derrota definitiva del cierre patronal-sabotaje petrolero en febrero de 2003 y la «Batalla de Santa Inés» (nombre dado al referéndum revocatorio) en agosto de 2004, con una economía prácticamente en ruinas pero con un claro horizonte político, el gobierno bolivariano creó las primeras misiones sociales, acelerando significativamente el proceso de reconocimiento de la verdadera ciudadanía de las mayorías populares. Esto comenzaría a sentar las bases para su progresiva incorporación al mercado a través de la redistribución democrática de la renta petrolera. Los más pobres entre los pobres, que constituyen la fracción mayoritaria de la clase trabajadora, surgieron como el sujeto central de las políticas gubernamentales.

Como es bien sabido, cinco meses después, en enero de 2005, Chávez anunciaría públicamente su apoyo al socialismo, lo que implicaba emprender la tarea de transformar una estructura económica subordinada y dependiente. Unos meses más tarde, en julio del mismo año, se crearon los primeros consejos comunales.

Asumir la titánica tarea de transformar una estructura económica subordinada y dependiente implica, para decirlo en palabras de Rosa Luxemburgo, aventurarse en territorio desconocido y enfrentar mil problemas. Uno de ellos, solo uno, consistió en descubrir la fórmula que haría un uso óptimo de uno de los factores más importantes de todos: el subproletariado. ¿Cómo aprovechar correctamente tal fuerza? ¿Cómo mejorar su capacidad de actuar como una fuerza para recrear los lazos sociales? ¿Cómo crear las condiciones para mejorar su dignidad a través del trabajo productivo? ¿Cómo asegurar su distribución efectiva en todo el territorio?

La fórmula descubierta por la dirección bolivariana fueron los consejos comunales. Es esencial enfatizar que estos consejos no fueron concebidos como un sujeto o un «sector» entre muchos otros, mucho menos como algo parecido a un «nivel» de gobierno en una relación subordinada con niveles superiores: municipal, estatal y nacional. En cambio, fueron vistos como el espacio perteneciente a la comunidad, ocupado principalmente por los más pobres entre los pobres, que asumirían un papel protagónico no solo por su presencia mayoritaria en el territorio, sino también por sus calificaciones políticas, su repertorio de luchas y su Auctoritas (autoridad) fundada en la defensa de los intereses de la comunidad y, más allá de eso, de su clase, la nación, y así sucesivamente.

A partir de este momento, este subproletariado organizado en el territorio tendría como objetivo la transformación progresiva de las condiciones materiales y espirituales de la propia comunidad y, más específicamente, la superación de las condiciones de pobreza. Sin embargo, esto no sucederá de forma aislada, ya que la comunidad no es nada si no se concibe como parte de un todo. Como ha señalado Gerardo Rojas en una obra inédita, un autogobierno popular será concebido como parte de un sistema de gobernanza multiescala, que va desde el nivel comunal hasta el nacional: «como una fuerza que no se ‘diluye’ en el poder del Estado, ni entrega su soberanía a la clase política, sino que es parte de ‘un sistema combinado Estado-sociedad, construyendo el socialismo'».

II

En cuanto al papel del subproletariado en el proceso bolivariano, de manera tentativa y altamente esquemática, podríamos hablar de cuatro etapas: la primera etapa, desde mediados de la década de 1990 hasta 2003, caracterizada por la creciente movilización y politización de este segmento de la clase obrera; la segunda etapa, de 2003 a 2012, marcada por la evidente e indiscutible centralidad del subproletariado en las acciones del gobierno bolivariano; la tercera etapa, de 2013 a 2015, caracterizada por una disputa feroz y silenciosa; y la cuarta etapa, desde 2016 hasta la actualidad, durante la cual hay un desplazamiento de la clase trabajadora como centro gravitacional de las políticas gubernamentales.

Uno de los hitos políticos más significativos de la segunda etapa es la creación del Partido Socialista Unido de Venezuela en 2007. En este sentido, Gerardo Rojas ha sacado a la luz una circunstancia que describe elocuentemente las tensiones y desafíos políticos del momento: originalmente, el establecimiento de los consejos comunales estaba previsto para tener lugar después de las elecciones presidenciales de diciembre de 2006, que habrían coincidido con la fundación del nuevo partido. Sin embargo, para poner en palabras de Chávez, quien dijo en junio de 2006: «Como las dinámicas tienen su propio ritmo, y a veces aceleran sin que nosotros quisiéramos, nos dimos cuenta de que no podíamos esperar».

El problema subyacente era la organización del subproletariado, un segmento de la clase obrera que siempre tuvo su propia dinámica y su propio ritmo, para usar las palabras de Chávez. Desde sus inicios, esta dinámica se caracterizó, entre otras cosas, por una desconfianza fundamental en las formas tradicionales de participación política y también fue moldeada por la dinámica del liderazgo de Chávez, que enfatizó la comunicación directa con la mayoría de su base de apoyo social sin una mediación significativa.

No es en absoluto una coincidencia que los consejos comunales, y más tarde las comunas, fueran concebidos como el espacio por excelencia para el subproletariado. Retrasar la formación de los primeros consejos comunales por uno o dos años para sincronizar los ritmos del subproletariado con el movimiento general habría significado desperdiciar una inmensa energía política.

Además, las contradicciones entre los consejos comunales y los gobiernos municipales, los gobiernos regionales, los ministerios y los partidos políticos se hicieron evidentes desde el mismo momento de su creación. La advertencia de Chávez durante el primer Aló Presidente Teórico en junio de 2009, afirmando que los consejos comunales no podían convertirse en «apéndices» de ninguna institución, se cita con frecuencia. Lo que es menos conocido es el hecho de que Chávez había abordado este tema, utilizando la misma terminología y con el mismo énfasis, al menos en tres ocasiones diferentes, ya en el primer trimestre de 2006.

Para octubre de 2012, con la victoria de Chávez en las elecciones presidenciales y el famoso «Golpe de Timón» inmediatamente después, los consejos comunales y comunas habían acumulado una experiencia invaluable, allanando el camino para su inminente consolidación y mayor expansión como espacios de autogobierno.

Con el fallecimiento de Chávez en marzo de 2013, los consejos comunales y comunas perdieron a su aliado más importante: la única figura capaz de mediar contradicciones internas dentro del movimiento bolivariano a su favor. Sin embargo, durante esa breve pero torbellino tercera etapa, las Comunas lucharon por establecerse firmemente en sus respectivos territorios, reclamando y defendiendo los progresos realizados durante la década anterior. Las comunas lograron efectivamente expandirse y desarrollarse tanto cuantitativa como cualitativamente, algo que conduciría a una intensificación de las contradicciones.

En la cuarta etapa, es decir, después de la derrota en las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015, se despejó el camino para las fuerzas que, por diversas razones, perseguían la supervivencia del proyecto bolivariano a través de acuerdos de élite. Este cambio se reflejó programáticamente en el desplazamiento de la clase obrera como el centro de gravedad de la política gubernamental. Estas circunstancias, brevemente esbozadas aquí, no resultaron en la desaparición de estos espacios de autogobierno, sino más bien en la pérdida progresiva de su lugar como protagonistas, naturalmente acompañada por la centralidad decreciente de la clase trabajadora.

¿Significa este escenario el fin definitivo de estas experiencias de autogobierno popular? De nada. Contrariamente a lo que los apologistas del realismo capitalista pueden afirmar, esta es una historia cuyo final no ha sido escrito. Sin embargo, lograr una resolución favorable a los intereses de las mayorías populares requiere, entre otras cosas, no olvidar nuestro punto de partida: la historia de las comunas es la historia de la organización de la clase obrera.

Reinaldo Iturriza López es activista, escritor y sociólogo graduado de la Universidad Central de Venezuela. Es autor de varios libros, entre ellos 27 de Febrero de 1989: interpretaciones y estrategias y El chavismo salvaje.


* Iturriza López, padre de Sandra Mikele y Ainhoa Michel y entusiasta del béisbol venezolano, es ex ministro de Cultura y ministro de Comunas y Movimientos Sociales. También dirigió la Escuela de Producción Audiovisual de Ávila TV. Escribe regularmente para el blog Saber y Poder.

Fuente: Venezuelanalysis.

Foto: Internacionalista 360°.






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