SOMOSMASS99
Martha P. Heredia Ávila*
Viernes 19 de julio de 2024
…Bruja fue un concepto creado en Europa precisamente por las élites cultas en los
siglos XIV al XVII, mediante la transformación del concepto de hechicera, al cual se
incorporó la idea teológica de que los males que causaba se debían a la existencia de
un pacto con el Diablo, o por el poder que éste les otorgaba. De acuerdo con esta idea,
era el ser maligno quien le enseñaba a la bruja qué fórmulas pronunciar, qué objetos
utilizar y cómo manipularlos para producir los maleficios.
…las ceremonias de fertilidad, llevaron
a crear, en torno a la noción de bruja, el sabbat o aquelarre, consistente
en reuniones nocturnas realizadas con regularidad en los prados
cercanos a un poblado, en el que se renegaba de Dios, se daban ofrendas
al Diablo, había comida, música, orgías y se preparaban venenos y
ungüentos. Así, la idea de bruja se asocia también con el placer y el
libertinaje sexual.
No se sabe con exactitud cómo es que llegaron a unificarse.
– Norma Blazquez Graf, en El retorno de las brujas.
A mí, me criaron tres brujas
– Doña Andrea esta niña está espantada, yo creo que llevó un susto muy grande, es tan pequeña. O pudo haber tenido algún golpe en la cabeza.
– No Sra. Aurora, no se ha golpeado, ya la llevé con el doctor y dice que está mal del hígado, que tiene hepatitis, ahora que sí usted dice que es susto.
Hace unos días, como 15 o un poco más, fue a la kermés de la escuela de su hermana y al salir de la “ Casa de los Sustos” estaba llorando y sólo quería regresar a casa conmigo. Ya le inyectaron las medicinas que indicó el doctor, me dijo que sólo comiera dulces y que no hiciera esfuerzos. Pero sigue triste y el color de su piel muy diferente.
– Yo digo que tiene susto, está espantada hay que cuidarla, sí usted me deja curarla, verá que se mejora.
– Sí usted puede, nada más dígame ¿qué necesita?
Recuerdo muy bien la escena y lo que platicaron a pesar de sentirme tan cansada.
La Sra. Aurora, al igual que mi padre trabajaban en la misma empresa, una gran planta de lavado de ropa, le habían dado una pequeña casa a mi padre en el trabajo, ahí vivimos, mí madre y mi padre por treinta y cinco años.
Al siguiente día de la propuesta de la curación de espanto, en punto, a la mitad del día, todo estaba preparado, dispuesto para la cura; un frasco de alcohol, otro con aceite para guisar, un mejoralito para niños ( yo creo que en ese tiempo no había para niñas), dos o tres sábanas, dos o tres cobijas. Sólo mí madre, la Sra. Aurora ( quien sería después mí madrina de comunión) y yo teníamos que estar en el silencioso cuarto. Ella, se sentó en la silla también requerida, estoica, cerró sus ojos, junto sus manos, las unió, respiro con profundidad, parecía estar en otro lado, abrió los ojos, frotó el alcohol en ellas, me puso de pie frente a ella, abrió mi boca, con su dedo pulgar levantó mi paladar, dijo después que tenía “ caída la mollera”, con el alcohol en sus manos apretó mi cabeza a los lados, de adelante hacia atrás decía:
– Martha. Martha, Martita regresa, regresa mi niña.
Siguió apretando ese pequeño cuerpo por los costados, como queriendo unirlo, algo, algo estaba separado, no alineado, siguió apretando hasta llegar a los pies, estando yo recostada en mí cama, los frotó con más alcohol. Con el aceite dio masaje de cabeza a pies, le escuchaba susurrar algunas palabras, apenas sus labios se movían al hablar, me dio el “mejoralito” y comenzó a envolverme con las sábanas para luego cubrirme con mucho cuidado con los cobertores.
Sentada de nuevo en la silla ahora muy junto a la cama, respiraba con profundidad, secaba, con un paliacate rojo, bien planchado, el sudor perlado de su frente blanca, con arrugas, arrugas que le otorgó el tiempo, y dio también reconocimiento, mayor autoridad a cada acto que llevaba a cabo, a pesar que apenas sabía escribir, amar y admirarla no era difícil. Permaneció no sé cuanto tiempo más, sólo escuché, como debía mi madre ir retirando cada cobija y dejar el último cobertor, no supe más. Al otro día desperté, había un sol radiante, me levanté llena de aceite y quería bajar al patio, mí madre me regresó a la cama, mí madrina fue a preguntar como seguía e indicar que podía bañarme hasta el otro día y no podía salir. Al tercer día ya bañada, bajé al patio, vi a mí madrina, corrí hacia ella y la abracé, me dijo que todavía no podía jugar, tomé mi cubetita con una mano, con la otra, su mano, caminamos juntas, ella como siempre llevaba su escoba, yo… sonreía.
Ella , la señora Aurora, mí madrina, era la encargada de la limpieza de toda la planta de lavado, desde que la conocí, como de cuatro años hasta los diez u once años de edad, que fue el tiempo en que ella aproximadamente se jubiló, nadie, absolutamente nadie después de ella, volvió a dejar la tintorería tan limpia, ordenada y en tan poco tiempo, hasta la zona de los grandes tinacos y el frontón los mantenía limpios.
Además curaba a los gatos enfermos de sarna, a los perros atropellados, les arreglaba sus huesitos, les ponía una pomada color negra y luego con trapos blancos los vendaba, les buscaba un lugar donde no los vieran, atendía el parto de gatas y perras, que no sé por qué llegaban ahí, les llevábamos comida, tortillas, huesos, vísceras hasta que sanaban, sanos ya, la seguían, y como no los podía tener en su casa, terminaba llevándolos a su pueblo, allá en Ixtlán de los Hervores en Michoacán, decía que allá vivían mejor y los cuidarían sus sobrinos. Mi madrina fue madre soltera, trabajaba como pocas personas, para que su hija terminara la carrera de Enfermería.
Al jubilarse se fue a su pueblo, antes de esto, en una ocasión, nos llevó a mi hermano más chico Beto y a mi. El campo era como ella me había platicado, conocí el geiser, el “ río de jitomates” (canales junto a los plantíos de esta hortaliza) y los “árboles de dulces” (Mezquite y sus vainas de sabor dulce), fue un estancia mágica. La veía ocasionalmente cuando venía a la ciudad. Una noche, varios años después , escuché un sonido fuerte como cuando llueve y caen rayos, desperté ( según yo) y en los pies de mi cama estaba de pie mi madrina, muy tranquila y serena, su mirada me sonreía, fue muy breve, pensé que había sido un sueño. Al otro día, fui a ver a mi mamá y le dije.
– Mamá yo creo que mi madrina ya se murió, creo que se fue a despedir.
– No hija, no lo creo, has estado con mucho trabajo en el hospital, las guardias son muy prolongadas, has de estar muy cansada. Anda ve a mi cama, mientras te preparo un té para los nervios, ahora te vas a calmar.
Me dio el té y me dormí, más tarde le dije que tenía que regresar a preparar unos temas para el otro día.
Días después me dijo que había hablado con la hija y la nieta de mí madrina, en efecto, mi madrina ya estaba descansando, ya había cumplido su misión con alta dignidad y sabiduría.
Mi madre Andrea Ávila, desde que éramos pequeñas, nos curaba con hierbas, para el dolor de estómago, el cólico menstrual, el susto, el dolor de muelas, pero la preparación más efectiva (que con el tiempo estudié) fue la mezcla para la diarrea, combinaba además de cinco plantas, un poco de tierra de color grisáceo llamada tequesquite. Recuerdo que estando en el servicio social tuve que recurrir a ella, por un pequeño que por más que le atendía las evacuaciones líquidas no se le quitaban, por teléfono de esos de cabina con operadora desde Veracruz le llamé, le mencioné los síntomas y me dijo.
– Ese niño está enlechado, me dijo que hacer y al segundo día de “tratamiento” ya estaba sano.
Ella aprendió a curar porque mi abuela le enseño, aunque mi abuela se fue cuando mi madre era muy pequeña, ella le aprendió cuanto pudo.
Vivían en el mineral de La Reforma, cerca de Pachuquilla Hidalgo, zona otomí.
Cuando mi madre nació, mi abuelo dijo:
– Es una vieja.
Dio la media vuelta y dejó a mi abuela y a mi madre para siempre. Mi abuela en su humilde casa tenía, secos y colgados en el techo, zorrillo (para la tosferina) tlacuache (para acelerar el parto) armadillo (para la bronquitis, “limpiar la sangre” y aliviar los cólicos) hierbas en bolsas de mantas que subía y bajaba con una cuerda, atendía los partos de las mujeres de la zona del mineral. Para subsistir vendía pulque y cargaba una canasta con comida y tortillas para vender a los mineros, decía mi madre que como no les faltaba para comer y mi abuela era alta, blanca y guapa y ya no tenía esposo, era muy criticada por la gente del pueblo, por su propias hermanas y primos aunque siempre la buscaban para curar y atender partos. Decían que ese dinero lo obtenía por irse con los hombres, partió muy joven, por lo que me dijo mi madre, parece que fue el riñón el que le falló, difamarla, fue su hoguera medieval.
Hace unos años al salir un domingo de mis clases de náhuatl (que no terminé porque cerraron el local frente a la Alameda Central aquí en la ciudad) me acerqué a un puesto donde vendía una mujer de origen huichol, con la intención de ver la maravilla de artesanía que elabora con tanta belleza y paciencia.
– Pueden ver lo que les agrade, está todo muy barato. Nos dijo esta enigmática mujer de piel color canela oscura, y cabello negro, muy negro que cubría con un paño de colores hermosos.
– Sí, muchas gracias, sólo observamos le dije.
De repente, una pulsera de varios colores llamó mi atención predominaba el amarillo (color que no es de mi gran preferencia, pero era un amarillo ligeramente oscuro, especial para mí, y traía un venado.
– Zal, mira esta pulsera me gusta. Mí amiga miró un poco contrariada. – Pues…sí te gusta, no son precisamente tus colores
Intervino la mujer, y me dijo.
– ¿Puedo ver la palma de su mano?
– Este, bueno, sólo observamos.
– Anda Mar, deja que vea tu mano.
Extendí mí mano la tomó y viendo la palma.
– Usted se dedica a curar o alguien de su familia lo hace. – ¿Por qué lo dice? Le pregunté.
– Por la pulsera que escogió y por las líneas de la palma de su mano, parecen formar una “eme” mayúscula.
Compré la pulsera, le di las gracias y me retiré pensativa. – Zal le dijo, Mar es médica, su madre y su abuela curaban con plantas y ahora ella también, tomó mi mano y a ratos la giraba observando la palma.
Yo no sé que pasó esa y otras ocasiones.
Sólo sé que soy médica, que tomé un diplomado en Fitoterapia en la universidad y cada vez que atiendo a cualquier paciente las invoco a mi madre, a mi abuela y a mi madrina Aurora Hernández, mujeres que curaban, solas, sin hombre a su lado; mi abuela y mi madrina, que ellas dos y después mi madre, económicamente no dependían más que de ellas. Nunca cobraron un centavo por curar porque decían que es algo que llega solo, se debe sentir, se transmite hacia su descendencia, es un don y los dones se otorgan, se reciben, te tocan…para servir a los demás.
* Martha P. Heredia Ávila es médica egresada de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco. Creación Literaria, en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.
Foto: Anastasia Shuraeva / Pexels.

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