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Fidel en mi imaginario personal. Quinto lunes de junio

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SOMOSMASS99

 

Joaquín Berruecos

Martes 1 de julio de 2025

 

Recordando a Ifigenia Martínez, el lunes pasado, escribí la historia del viaje que hicimos a La Habana para presentar el libro “Fidel en el imaginario mexicano”, y ahora, para complementar aquello, les comparto mi colaboración en esa edición publicada hace casi diez años.

Y en eso… ¡llegó Fidel!

Cuando me invitaron a participar en esta recopilación de memorias y textos sobre el Comandante, me puse a hurgar en mi cabeza para tratar de encontrar por ahí lo que fuera posible que me conectara con el gran personaje y su inseparable entorno. Ello me remontó a la época cuando caminaba por el malecón de La Habana, de la mano de mi madre, mientras él peleaba en la Sierra Maestra.

La Fidel-idad de mi memoria

A mediados de los años 50, mis padres iniciaron una importante misión médica por Latinoamérica que comenzó en Venezuela. Ahí fundarían una institución similar a la que años atrás habían creado en México, su empeño estaba centrado en la inclusión de los sordos al mundo de los oyentes. Para comenzar su ejemplar dispersión de conocimientos, decidieron cargar hasta esas lejanas latitudes con toda la familia, y una escala obligada era La Habana. Fue entonces cuando, por primera vez, tuve contacto con la inigualable hospitalidad de su gente, experta en narrar historias, hacer amigos y, sobre todo, en construir su imaginario tropical que, a la manera de cómo lo expresa Castoriadis, se crea para «relativizar la influencia que tiene lo material sobre la vida social». Mientras esperábamos abordar «El Virginia de Churruca», un navío español que nos llevaría hasta el puerto de La Guaira, comencé a escuchar cantidad de cuestiones políticas sobre lo que estaba sucediendo en la agitada ciudad. Muchos años después, fotografiando El Granma, pude reconstruir en mi mente la hazaña que, simultáneamente, se estaba suscitando: mientras nuestro barco se preparaba para hacer el recorrido caribeño, en esas mismas aguas, el histórico navío concluía su complicado periplo. Y ahora lucía ante mí, tranquilo, anclado en un parque dentro de su limpia caja de cristal.

Esos primeros pasos que di por la hermosa ciudad se convirtieron en el referente de las muchas veces que regresé, para caminar por las mismas calles.

Regresar a La Habana

A tantas décadas de distancia resulta muy acogedor, nostálgico y sorprendente, vivir de nuevo, y por donde quiera que sea, la cantidad de historias que brotan por todas las esquinas de la ciudad: cerca de la universidad, están las pintas históricas; aún se conserva operando el mismo hotel donde entonces nos hospedamos; nos transportan automóviles de colección que continúan funcionando a la perfección; se respira un aire fresco que trae a la memoria el recuerdo del pasado; se pueden escuchar las melodías típicas que, a través de sus voceros contemporáneos, suenan por las calles luciendo por su viveza y dinamismo, con la atmósfera de lo que está detenido en el tiempo.

Con la declaración de La Habana se inició una interminable cadena de publicidad negativa que, con facilidad, también llegó a México. Recuerdo cómo, en boca de alguien cercano a mi familia, oí por primera vez hablar de Fidel. Con lujo de detalles nos contaba cómo había leído en el Selecciones del Reader’s Digest, la espeluznante historia del comandante que, mientras se reía, apagaba su puro en la espalda de un disidente. Nuestro informante afirmaba con certeza, que lo que contaba estaba bien documentado, ya que tal verdad había sido escrita en esa revista de «enorme prestigio».

Mi asombro me llevó a platicar del tema con mi padre quien pronto me explicó cómo, detrás de tantas letras impresas, estaba la mano del Imperio. Él me acercó a otras verdades que, me decía, yo tenía que conocer y para complementar me aproximó a las agradables conversaciones de dos grandes personajes de la medicina mexicana. Por años, ellos me dotaron de elementos que terminarían por conformar parte de mi actual y personal imaginario. Me refiero al famoso psiquiatra Alfonso Millán, a quien afectuosamente llamábamos tío, y al neurólogo Juan Carrasco Zanini, que luego se convertiría en mi cuñado. Su visión sobre la cuestión cubana resultó ser muy diferente a lo que, por entonces y aún ahora, se escucha comúnmente en los medios masivos. Juan fue uno de los tantos que, en cuanto huyó Batista, se planteó la necesidad real de trabajar por el ideal de esa Revolución y lo hizo ahí mismo, «en vivo» y «de cuerpo entero». Para cuando Juan regresó a México, cargado de profundas experiencias, poco a poco, me vinculó y familiarizó con lo que había sido aquella «epopeya de la tenacidad».

Cantar a lo cubano

Llegados los años 70, mi gusto por interpretar la música latinoamericana me acercó a la Nueva Trova Cubana. Conocer de cerca a los protagonistas y sus variopintas historias, sentir tan próximo lo contagioso de aquellos ritmos y hacer amistad con buenos músicos, me sirvió para compenetrarme, aún más, con lo que estaba sucediendo en la isla. Pronto incluimos en el repertorio de nuestro grupo «La Peña Móvil» muchas de aquellas canciones, pensadas para comunicar. Queríamos compartir su afán por cantar todo lo que sucedía y por transmitir la riqueza de esas historias que, rápidamente, se habían popularizado por toda América latina. Fue así como llevamos a muchos países aquello de «Quién sabe más del surco y de la azada» de Amaury Pérez, los contagiosos temas de Benny Moré y las claras denuncias de Carlos Puebla. Cuando de cantar se trata, ellos se pintan solos, especialmente para hablar de su Comandante, de Camilo Cienfuegos o del Che. Los jóvenes músicos de la Revolución fueron disciplinados cuando se pusieron a trabajar en el ritmo de las películas del ICAIC, y algo aún más trascendente, para convertirse en los embajadores de sus creencias.

En una ocasión, el grupo «Los Folkloristas» organizó, con muchos de ellos, un gran encuentro musical en su Peña y nos invitaron para intercambiar música, experiencias y amistad. Esa noche, fue un placer escuchar a Sara González cuando nos cantó lo que significó su primera victoria en Playa Girón y pudimos saber en voz de Noel Nicola cómo con «las letras se hace la luz». Me refiero, claro, a la gran hazaña que se logró cuando decenas de miles de jóvenes alcanzaron con su pueblo lo que nuestra Revolución Mexicana nunca resolvió: terminar con el analfabetismo. Fue instructivo y pedagógico escuchar a Pablo Milanés cantar sobre y para Martí, y razonar con Silvio cuando guajiramente nos describía, entre muchas otras verdades, cómo es que cada uno tiene su Moncada.

Un día, en una escuela del sur de California, mientras interpretábamos «Y en eso llegó Fidel», la directora del plantel nos pidió que matizáramos nuestra narración sobre aquello de que, antes, La Habana «era una cuna de yankis ladrones». Ante la imposibilidad de hacer una crónica más didáctica, simplemente nos pusimos a cantar otras piezas aún más explícitas y «peligrosas», aunque sabíamos que ellos no podían entender el mensaje.

Convivir con lo cubano

Hoy, a cualquier turista que visite Cuba, si lo busca, le resultará sencillo descubrir cómo son sus habitantes, por qué siempre poseen una alegre capacidad de expresarse sobre lo que sea, pero, sobre todo, y se diga lo que se diga, que lo pueden hacer con total libertad. Y es esa peculiaridad tan real que poseen lo que permite, en minutos, hacer amigos para siempre. Recuerdo cómo un representante del CDR me describía con claridad en qué consistía su labor; no olvido al médico del barrio que me resolvió, en su propia casa, un problema de salud; aún escucho en el Hotel Sevilla el magnífico piano de Rubén González, cuando nos interpretaba, hasta el amanecer, lo mejor de Lecuona y Leo Brouwer; de pronto, me río al recordar los chistes de Pío Leyva; entrecierro los ojos y veo danzar a las monumentales bailarinas del Tropicana.

Un día, me pareció simpático descubrir que, aunque llevábamos un buen rato haciendo cola para comprar unos helados en el Copelia, ahí al lado se ofrecían los mismos productos en un modesto carrito. Al preguntarles por qué la larga espera, nuestro anfitrión, mientras me daba una palmada en la espalda, con su voz imponente me explicó: «Lo que vale la pena al ir por un mantecao, chico, es convivir». En Cuba, pues, se comparte todo el tiempo la amistad, la alegría y esa seguridad que se respira al caminar por donde sea y a la hora que sea… qué envidia para nosotros los mexicanos.

Caribe estrella y águila

Hace ya casi cuatro décadas conocí, indirectamente, a varios protagonistas cubanos, muy interesantes. Esto fue a través de una gran experiencia que marcó mi quehacer profesional. Me refiero a la producción de la proscrita y desconocida película «Caribe Estrella y Águila», del cineasta Alfonso Arau, una importante obra testimonial/documental considerada por el presidente Echeverría como “pensada en contra de México». Y considero que este estupendo trabajo pudo ser una especie de escuela documental que, sin proponérselo, a través de la experiencia, sucedió de manera efímera en nuestro país. Con su obra, Alfonso intentó enfocar la mirada en recopilar las mejores circunstancias de la vida cotidiana del pueblo cubano. Y fue un producto colectivo en donde se podían sentir las neuronas del notable economista Sergio de la Peña, del gran actor Héctor Ortega y de uno de los mejores editores y documentalistas de México, Julio Pliego, entre otros participantes. Este innovador experimento permitió, a los pocos que tuvimos la fortuna de vivir su génesis, entender cómo y por qué Cuba está plagada de estupendos actores naturales. En casi dos horas se narran, a través de la voz del pueblo, con alegría y asombrosa claridad, las formas de organización, los retos, el gusto por vivir, la manera de enfrentar los inevitables problemas, el canto y la diversión. Pero, principalmente, se expone cómo es que los cubanos poseen una conciencia de colectividad, tristemente tan escasa en otras sociedades. El contraste de todo esto con lo que era entonces lo limitado de nuestro pensamiento social mexicano, en efecto, produjo un documento que, para la clase política de nuestro país, resultó ser un «acto subversivo contra México». Alfonso me invitó a presenciar el complicado proceso de creación y así, involuntariamente, esa maravillosa experiencia se convirtió en mi primera escuela donde aprendí del querido Julio Pliego, algunos de los maravillosos secretos de su oficio, y desde entonces a ello me dedico. Ese proyecto que, por primera vez en México, y quizá en el mundo, se elaboró con la novedosa y versátil herramienta del video, pudo ser para los documentalistas mexicanos un «parteaguas», pero, lamentablemente, el material original y el video final se quedaron enlatados. Afortunadamente para mí, ver las 90 horas de registro, escuchar, entre otros muchos, a Guillén y, desde luego, al mismísimo Fidel, resultó un ejercicio de motivación profunda y fue algo muy orientador vocacionalmente.

Experiencias únicas en La Isla

Durante décadas, seguí sumando a mi imaginario personal cantidad de vivencias cubanas; cuando en Cuba se cimentaron los trabajos científicos de mis padres; cuando en los festivales de cine y video latinoamericano ganamos un par de premios; cuando pude entender cómo era su visión de futuro concretada en el inigualable Palacio Central de los Pioneritos; cuando visité sus centros psiquiátricos, sus escuelas, sus fábricas, museos y cantinas; y fue inolvidable cuando pude, al bucear en sus mares, documentar sus tupidos y enormes bosques de coral negro y, desde luego, cuando brevemente pude platicar con el Comandante.

Frente al Comandante

Cinco veces vi a Fidel. Una calurosa mañana en una escuela primaria del Centro Histórico de La Habana, todos sabían que él llegaría. Poco a poco, la gente se juntaba y se acomodaba detrás de una discreta valla y, como dice la canción que ya en «La Peña Móvil» nos habíamos apropiado, «en eso, llegó Fidel». Al aparecer, igual que cuando se acercó a ver salir aquellas embarcaciones rumbo a Miami por el Puerto de Mariel, todos le gritaban a coro «Esta calle es de Fidel… esta calle es de Fidel», y así, mientras se detenía a platicar y a saludar de mano a muchos, pensé que aquello que la revista LIFE aseguraba era cierto: Fidel era uno de los hombres más ricos del mundo.

Mi único y fugaz encuentro cercano con él fue al finalizar el «X Festival de Cine Latinoamericano». Los delegados habíamos sido invitados al Palacio de la Revolución. Al entrar formamos la tradicional cola, avanzábamos rodeados de un impresionante bosque de helechos arborescentes. Atrás de mí venía un hombre mayor comentando que había asistido a la presentación de una película sobre su hijo. De pronto, después de pasar la última curva del sinuoso y arbolado camino, apareció Fidel. Para cuando me llegó el momento del saludo, asombrado, vi que todas las luces y cámaras de tv se encendían, y no pude entender lo que sucedía, hasta que me percaté que, justo detrás de mí, el hombre con quien platicaba y me seguía en la fila, ¡era el padre del Che! Ya en pleno convivio, con la presencia de Mercedes Sosa, entre tantos otros, y flanqueados por los enormes Portocarreros del palacio, Fidel, con su jocosa e inherente naturalidad, dirigió unas palabras a quienes lo rodeábamos. Años después, escuchar a Fidel junto a mi hijo Jerónimo en el Zócalo de la Ciudad de México, y luego en un mitin en La Habana, fueron gratas e inolvidables experiencias.

Aquella noche de clausura del festival en el Teatro Carlos Marx, inició su plática diciendo «voy a ser breve», y así, por varias horas, sin leer texto alguno, disertó con precisión acerca de la enorme trascendencia que tendría para el futuro y el desarrollo de las luchas de los pueblos latinoamericanos, el empleo de la, entonces moderna, herramienta del video.

Mis argumentos personales

Muchas veces he disfrutado regresar a los mismos sitios que comencé a hacer míos, al lado de mi familia, tantos años atrás, incluida la blanca playa del verde mar de Varadero, donde décadas atrás estuvo a punto de ahogarse mi hermano Francisco. En esos lugares de entrañable memoria, donde pareciera que el tiempo no pasa, fui adquiriendo y construyendo, uno a uno, mis mejores argumentos sobre lo que pienso que sucede y ha sucedido en la ejemplar isla. Y ahora, por más que continúe el bombardeo mediático, también ya proveniente de los que antes fueron «amigos de la revolución», nunca olvidaré lo que significó para mí poder participar en esas inolvidables reuniones donde escuché tan contundentes argumentos en voz de mis queridos amigos, Alfonso Millán, Moisés Lasca, Jaime Bali, Alfonso Arau, Juan Carrasco, entre tantos otros. Ellos se fueron a pelear a Cuba armados sólo con sus neuronas, querían compartir lo que sabían hacer, no esperaban recibir nada a cambio, más allá de la vivencia misma.

Pienso que lo que uno hace suyo, a partir de las otras experiencias escuchadas, crea en el imaginario propio algo más que una sola moda o afición; y, claro está, siempre todo se puede reforzar con sólo aceptar la amistad del gran pueblo, tan hospitalario, siempre a punto de vivir nuevos cambios.

Hoy, pese a las décadas de bloqueo, es evidente que no les ha sido fácil hacer historia, y estoy seguro que, por todo esto, en las calles aún está vivo su gran ideal; por eso los cubanos, al lado de su anciano líder, no dejan de pelear por su dignidad y siguen enfrentando con alegría y valentía las consecuencias de las crisis globales, de sus naturales errores y de haber vivido lo que verdaderamente significa «tocar fondo», para pronto tratar de subir de nuevo a la superficie. Quizá por eso, no me resultó difícil encuadrar aquella primera visión infantil que en su momento tanto me impresionó, me refiero al terrible «apagón del puro». Es evidente que lo que Fidel, junto con tantos otros, construyó para y con su gente será siempre un poderoso ejemplo en toda América Latina.

Y así, en medio del desencanto político que suele rodearnos, seguiré de cerca al querido pueblo cubano, con su legendario Comandante, viéndolo como un buen modelo de empeño que logró con hechos, después de recorrer difíciles caminos, infundir en muchos imaginarios particulares aquello que hoy nos resulta tan necesario: saber que no es imposible construir una sociedad como la que soñaron los valientes que un día, en México, abordaron El Granma.

Tlalpan, CDMX

Mayo 1 del 2015


Imágenes de portada e interiores: Vía Joaquín Berruecos.

 




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