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Ceguera ante el maltrato infantil

Diálogo Estado / Gaudencio Rodríguez Juárez / Top News / 28/05/2015

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©Gaudencio Rodríguez Juárez / Psicoterapeuta

 

El maltrato infantil convive con nosotros. Casi todos los adultos somos testigos o actores, acaso se salvan los que no conviven con niños, es decir, casi nadie. Sin embargo, no todos son conscientes de tal cosa y de los que sí lo son sólo unos cuantos hacen algo para evitarlo.

El maltrato infantil es una epidemia. Y a pesar de serlo seguimos actuando como si no lo fuera o como si les ocurriera a otros niños (la palabra también se refiere a las niñas), en lugares remotos, no aquí, no en mi casa, no en mi ciudad, no en mi país. Una ceguera selectiva nos impide verla.

¿Dónde nace la ceguera? Nace en las instituciones, empezando por la familia. Casi todos los papás humillamos y/o golpeamos aunque sea una vez en la vida a los hijos —de manera voluntaria o involuntaria, “leve” o intensa—; posteriormente ellos forman su propia familia repitiendo los mismos patrones.

Entonces, las familias crean a las personas agresoras que crean a las familias.

Más adelante los niños se convierten en alumnos de instituciones educativas donde aún se aprende con consideradas dosis de autoritarismo, castigo, competencia y control; métodos que implementaron otros adultos a manera de venganza —consciente o inconsciente— por los malos tratos recibidos en su propia infancia y que disfrazan de pedagogía, academia, estrategia, técnica educativa, etcétera.

A lo anterior se le suma la influencia del resto de las instituciones de la sociedad: religiosas, medios de comunicación, etcétera.

Con esa formación se convertirán, el día de mañana, en gobernadores, jueces, maestros, médicos, enfermeros, psicólogos, policías, trabajadores sociales, legisladores, curas, etcétera que harán lo que puedan en la convivencia, crianza, educación, detección, atención y protección de los niños, y lo que podrán será poco porque lo que transmitirán desde su rol profesional será lo que ellos vivieron y aprendieron: que los niños deben someterse a sus padres; que un golpe a tiempo es necesario con los hijos; que la letra con sangre entra; que los niños inventan el maltrato y abuso sexual, por lo tanto, al hacer un peritaje hay que proteger a los padres y no a los niños; que los niños son propiedad de sus padres y estos pueden hacer lo que quieran con aquellos; que el derecho de los padres predomina sobre el del niño; que el maltrato infantil es del ámbito privado y no es un problema de salud ni de derechos humanos, por lo tanto no requiere de recursos ni de políticas públicas…

La única manera de acabar con esta ceguera es:

1) Iniciando un proceso personal de introspección, reflexión y análisis acerca de lo vivido en la propia infancia (aunque duela).

2) Conectándonos con el dolor que vivimos como niños ante padres imperfectos y en ocasiones limitados en sus habilidades para la crianza, padres que desde su condición humana que tuvieron aciertos pero también errores.

3) Llamando a las cosas por su nombre: maltrato y violencia a los golpes, humillaciones y amenazas recibida y no amor, educación o correctivos

 

De esta manera podremos iniciar un modelo de relación diferente con los respectivos hijos; dejaremos de negar, ocultar, minimizar o justificar el daño que reciben los niños de nuestro entorno; podremos pensar mecanismos de protección integral, en métodos de capacitación, instrucción y educación dignos y respetuosos de los derechos humanos.

De esta manera podremos ser más activos en la prevención y atención del maltrato infantil del que somos actores o testigos (observo que cada vez son más los adultos que defienden a los niños cuando son agredidos por sus padres en la vía pública).

Así mismo podremos proponer leyes con cero tolerancia al maltrato (alrededor de 30 países han prohibido por ley a padres, maestros y cualquier adulto castigar físicamente a los niños). Entonces nos consideraremos responsables y no propietarios de los niños.

Abramos los ojos y miremos con empatía.

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Luis López




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