SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez
A mi lado viajaba una joven. Se veía seria, casi triste. La estrechez y cercanía de los asientos hacía inevitable escuchar lo que hablaba por su celular. Por el contenido de sus palabras inferí que del otro lado de la línea se encontraba el que en un par de minutos sería su ex novio.
“Necesito tiempo… Después de lo que ocurrió, tengo mucho que pensar… Me dijiste que me fuera a la chingada… Eso me dolió mucho…”
El diálogo continuó mientras el llanto hacia su aparición; parecía que las lágrimas aclaraban su pensamiento: “Definitivamente ahí la dejamos… Lo que me has hecho es muy grave y no lo quieres ver así… Adiós”.
Cuando alguien trata a su compañera de esa manera, con esas palabras, con ese desdén, la relación apunta hacia un camino incierto y riesgoso, por lo que se hace necesario poner un límite, de lo contrario, la violencia continuará su escalada. Parecía que ella lo sabía.
Esta escena me hizo recordar un diálogo que sostuve con Cristina, una mujer de 34 años que se preguntaba por qué a pesar de haber tenido varias relaciones aún no ha podido encontrar un hombre confiable con quien formalizar la unión.
“Con frecuencia me pregunto si no estaré siendo muy exigente, ¿tú qué opinas?” Después de escuchar su historia y con base a lo que conocía de ella, respondí: “Creo que no eres exigente sino inteligente; no te conformas con lo que sea sino con lo que responda a tus expectativas. Tuviste unos padres suficientemente buenos: amorosos contigo y con su pareja, razón por la cual ahora buscas un hombre como él y una relación como la de ellos”.
“Mi madre alguna vez me dijo que buscara un hombre con cuatro características: trabajador, respetuoso, amoroso y que crea en algo. Eso quiero”, dijo reflexiva. “Solamente desea un hombre mentalmente sano, equilibrado”, pensé al recordar que para Sigmund Freud, las variables esenciales de una persona madura y con buena salud psíquica, son la capacidad para amar y trabajar, dos dimensiones fundamentales de la existencia humana que traen detrás de sí infinidad de habilidades, actitudes, aptitudes, principios, etcétera.
Estas dos mujeres se encuentran vacunadas contra relaciones tóxicas. Seguirán buscando. Se seguirán frustrando y desilusionando al no encontrar. Pero cuando lo hagan, el pronóstico de pareja será positivo. Y si no encuentran a quien buscan, seguramente vivirán felices sin un par porque se quieren y se respetan a sí mismas, porque una, Cristina, ya es autónoma, y la otra, la joven que viajaba a mi lado, está en el camino.
La manera en que se nos educa a los hombres, nos permite adquirir habilidades para el trabajo; somos formados para ser proveedores, productores, protectores y potentes (cuatro patas de la identidad masculina, en términos del psicólogo Sergio Sinay), por lo que la realización personal en el campo laboral, es casi una garantía.
Sin embargo, existe una especie de analfabetismo emocional que nos dificulta la capacidad de amar (concepto que engloba emociones, intimidad, compromiso, reciprocidad, respeto, expresión de sentimientos, relaciones humanas, diferenciación, voluntad y un largo etcétera), una asignatura aún pendiente en nosotros.
Necesitamos aventurarnos en la exploración de zonas desconocidas de nuestra personalidad para vivirnos completos, para no andar amputados por la vida.
Merecemos integrar y gozar del mundo de los sentimientos, del amor, palabra poco frecuente en nuestro vocabulario, cuatro letras que al mencionarlas nos pueden hacer sentir cursis y hasta apenados.
Manos a la obra. Ejercitemos el músculo de los sentimientos —porque habilidad que lo que no se ejercita se atrofia—. Practiquemos, vivamos y expresemos el amor, así como toda la gama de sentimientos que y emociones que nuestro cuerpo registra. Seamos más humanos. Seamos menos máquinas.
Psicoterapeuta / [email protected]
Comparte en Facebook
Twittéalo








