SOMOSMASS99
Diana del Ángel*
1
Julio César Mondragón Fontes
Sexo: Hombre
Edad: 22 años
Complexión: Delgada
Estatura: 1.70 cm.
Tez: Clara
Cara: Inolvidable
Frente: Iluminada
Nariz: Recta
Boca: Sonriente
Labios: Delgados
Cejas: Semipobladas
Mentón: Oval Tipo
y color de ojos: Grandes y del color de la tierra.
Tipo y color de cabello: Ondulado, castaño oscuro.
Señas particulares: Normalista. Irreverente. Libre.
Ropa que vestía: Playera roja, pantalón de mezclilla, bufanda negra con beige.

Julio César no sabía quedarse callado, era franco y directo al decir las cosas, en eso no se andaba con medias tintas, si algo no le gustaba lo decía sin más. Julio era un joven lleno de posibilidades, lleno de cosas por ser y hacer. Julio no era guerrillero, tampoco tenía un plan político para derrocar al gobierno en turno, ni proponía la desobediencia civil como forma de acción. Como buena parte de los mexicanos no creía en los partidos políticos y aunque pudo haber participado en las elecciones nunca quiso votar. Como a casi cualquier persona, no le gustaba la pobreza, ni le gustaba que su familia sufriera por no tener dinero. Como casi todo hijo hacía muchas cosas pensando en apoyar a su madre, que sola los educó a él y a su hermano.
Sus entradas y salidas en diferentes escuelas obedecieron no a una falta de constancia en los estudios, sino a que siempre estaba buscando el lugar menos costoso. Se salió del Tecnológico de Villaguerrero porque allí la colegiatura costaba, en ese entonces cuatro mil pesos; mientras que en una normal rural el costo era mínimo, tenía derecho a una vivienda y a la comida. Por eso, y porque le hubiera gustado enseñar sus ideas a los niños se inscribió en la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. A lo largo de su vida tuvo varios trabajos, con ninguno se hizo rico. Apenas le alcanzaba para ahorrar y darse los pequeños lujos que cualquier joven desea: un celular, una playera, unos tenis buenos.
Además del campo, trabajó acarreando leña, cortando flor en su natal Tenancingo, como dependiente en un Oxxo, como guardia de seguridad privada en una empresa particular, también trabajó un tiempo en la construcción del penal de Tenango. Su plan de vida se resumía en esa vieja conseja popular que, de uno u otro modo, todos buscamos aplicar en nuestras vidas: salir adelante.
Sólo quería tener trabajo para juntar dinero y comprar un auto para que lo usara Marissa, su esposa, quien daba clases en los extremos de la Ciudad de México. Una de las últimas experiencias con su hermano fue la de aprender a conducir un carrito que Lenin se había comprado. Sus planes a futuro incluían dedicarse a su familia, a tener otros dos hijos, a ser maestro como su esposa, a cuidar de ella y de su bebé. Julio era un joven enamorado.
En las palabras que dedica a su joven esposa se lee el candor y la pasión de alguien que ha encontrado el amor por primera vez y que ve su realización hecha carne en una bebé de apenas tres kilos y grandes ojos. Julio creía en Dios y se había reconciliado con él. Siempre traía consigo un cuaderno y sus amigos dicen que se la pasaba escribiendo. No sabemos cuánto pensaba en los problemas que aquejan a nuestro país, lo más probable es que su pensamiento se centrara, como en la mayoría de nosotros, a desear con toda el alma que el peligro de la guerra no toque a nuestros seres queridos. 
Aunque no le gustaba que hubiera pobres, pensaba sobre todo en cuidar a su familia. Tal vez el 2 de octubre de 2014 hubiera sido su primera marcha en la Ciudad de México. Julio había rechazado el honor de ser jefe de grupo, porque su prioridad era cuidar de su hija. En ese sentido, Julio era un joven cualquiera, tan común como los que pasean por las calles con ánimos de llegar a ver a su madre para hacerle unas bromas, o de ver su hermano para tomar cervezas o de abrazar a su amor Marissa. Aunque, había pensado cursar un semestre en Ayotzinapa y luego cambiarse a Tenería o a la Benemérita para estar más cerca de su pequeña familia; también hablaba de su deseo por pertenecer al Comité de Estudiantes de la normal, para cambiar algunas de las cosas del normalismo con las que no estaba de acuerdo.
A Julio le gustaba oír hip hop, mirar al pájaro carpintero golpear su pico contra los árboles y ver telenovelas junto a su esposa, le gustaba jugar al frontón y comer manzanas rojas, quería que su mamá le hiciera postres y que su esposa le sonriera sólo a él, le gustaban las tortillas recién salidas del comal, Julio se tomaba la barbilla con la mano y bromeaba con sus amigos, el rojo era su color favorito, le gustaba usar gorras y por encima de todo le gustaba correr y caminar por los montes. Sin embargo esas cosas no importan en la guerra. No importa si tienes un plan para acabar con el sistema, no importa si tu sueño más viejo es hacer la revolución o acabar de hacer la casa de tu madre, no importa si eres periodista o aprendiz de maestro, no importa si has leído sobre el capitalismo o escuchas a Breiky. Basta con ser solamente humano, porque eso es lo que la guerra odia, lo que busca exterminar.
Y Julio era un ser humano: lleno de emociones por la vida, ansioso por seguir vivo; era enojón e impulsivo, seguramente cometió errores y dijo cosas de las que se arrepentiría, como cualquiera de nosotros, si supiera que su muerte estaba tan cerca. Julio era un hijo devoto, un hermano cuidadoso, un esposo enamorado, un padre protector, un amigo fraterno, un estudiante ilusionado, un ser humano que bajó —por ¿curiosidad? ¿solidaridad?, ponga usted el sustantivo que quiera, ninguno justifica lo que pasó después— del camión a preguntar por qué les disparaban. Y el gesto simbólico de Julio, al dar la cara por sus compañeros, se volvió horrorosamente literal, por la mano cruel de unos cobardes, todavía impunes. Emprender el relato de la vida de cualquier ser humano es algo complejo, de entrada hay que resignarse a la incompletud, pues de ninguna manera se puede comprender la humanidad de otro. Ciertos de esta imposibilidad hemos dejado que las voces de quienes lo amaron en vida y sufrieron con su muerte nos cuenten cómo era el rostro íntimo de Julio.
A todos los familiares y amigos de Julio agradecemos por abrirnos su corazón, por su generosidad al compartir los amados recuerdos, por brindarnos la confianza, cualquier acierto hallado en las páginas siguientes pertenece sólo a ellos.
Habla la belleza que parió
A veces me duele el cuello, como si anduviera cargando el mundo. No quisiera contarte nada de mi muchacho, porque ahora que no está esa es la única manera del recuerdo. Tenía diecinueve años; fue mi primer bebé, pesó tres kilos, era gordito, su cabello quebradito, lloroncito. Pero era un bebé muy sano, me dijeron que lo pusiera al sol, para que tomara la vitamina. Era muy apegado a mí, apenas se daba cuenta de que me salía de la casa y soltaba como un lloridito. Ni para ir al mandado me dejaba. Lo tenía que llevar, pero era muy tranquilo, no pedía cosas, era muy entendidito. Yo lo cargaba hasta que se quedaba dormido, lo envolvía en su cobertor preferido para que descansara. Al año ocho meses empezó a caminar, me gustaba verlo todo pequeño descubriendo el mundo, agarrando y tirando las cosas que había en la casa. Era curioso desde chiquito. Se preocupaba por su hermanito. Yo vendía pan en Mexicaltzingo y él me acompañaba. Desde niño tenía ángel. Cuando tenía como seis años, me ayudaba a atender un puesto de calaveritas de chocolate y como se le hacía que 1.50 era mucho, las vendía a 1.00, porque decía que así la gente sí iba a poder comprarlas. Y a mí me dejaba con la boca abierta y con el bolsillo medio vacío, pero me daba ternura que fuera así. Luego ya cuando tuve a mi otro hijo, me los llevaba a los dos a vender elotes, es que siempre he sido vendedora, y se quedaban sentaditos sin darme lata. Entonces la gente pasaba y les hacía cariños; a veces las niñas más grandes se los llevaban a jugar mientras a mí se me acababa la olla. Un tiempo mi trabajo era cubrir interinatos en distintas escuelas del Estado de México, por Sultepec, pero me dolía mucho dejar a mis hijos. Julio era el que más me preocupaba, porque era el que lloraba más. Entonces pensé que lo mejor era estar con ellos, aunque no tuviéramos mucho dinero. Dejé ese trabajo y me puse a vender cosas, siempre me ha gustado trabajar. Le puse Julio César porque mi hermano me dijo que era el nombre de un emperador que había sido el primer reformista. Me gustó como sonaba y así se llamó, mi muchacho, era el mayor. Al principio le costó trabajo la escuela, no daba una con las vocales. Entonces su tío le ayudó. Se lo llevó a una escuela donde él era maestro y allí le enseñó a leer y escribir, lo básico pues. En ese tiempo sólo lo veía los fines de semana, pero al año siguiente volvió. Entonces ya no vivíamos en Mexicaltzingo, sino aquí en casa de mis papás: Tecomatlán, Estado de México.
Habla el que le puso nombre
Era un niño muy alegre, muy sonriente. Yo digo que tuvo una infancia muy feliz. Nomás que por ahí del cuarto año tuvo algunos problemillas en la escuela, le costaba aprender, había pasado de panzazo. Entonces yo era maestro unitario en una escuela de la colonia Adolfo López Mateos, en Ixtapan de la Sal. Lo que pasa es que hay escuelas donde hay un solo maestro para todos los grados, así era la escuela donde trabajaba. Allí era profesor y director al mismo tiempo, porque ya desde entonces daba clases. Yo era normalista. Me lo llevé a vivir conmigo y allí en la escuela le enseñaba junto con los otros niños, también jugábamos al fútbol. Yo no me di cuenta, pero ahora creo que por eso Julio estaba tan obsesionado con el normalismo, aunque le decíamos que estudiara o que hiciera otra cosa se aferró a estudiar en una normal. Era muy terco. Yo creo es de familia, ¿no? Luego de ese año se compuso, entonces regresó a la casa con su mamá y su hermano. Por esa misma época les enseñé a jugar frontón, a él y a su hermano. Hay canchas aquí en Teco, en Tenango, pero yo me los llevaba a la deportiva de Toluca o a Ixtapan. Venía por ellos los fines de semana y nos la pasábamos jugando. Aprendieron bien rápido y ya después nos ganaban. Ya tiene mucho que no jugaba con ellos. Pero Julio se me acercaba mucho, si necesitaba algo me llamaba y ya veíamos cómo hacerle. Yo fui a recoger su cuerpo. A Chilpancingo.
Habla el de los juegos compartidos
Julio le tenía miedo a las víboras, aunque fueran cincoates, de las que no hacen nada. Pero yo no. Una vez encontramos una viborita y otra de cascabel; yo las agarré con una horqueta las metimos en una botella y las echamos a pelear. Ganó la víbora fina, la que tiene veneno. Como las trajimos a la casa, mi tía se espantó y mi abuelito nos dio unos cinturonazos. Es que si hacíamos muchas travesuras. Una vez también espantamos el nido de los jicotes, que son como unas abejitas que hacen sus nidos en la pared, les echábamos agua y como se molestaban se echaban a volar. Otras veces quemábamos ramas o pedazos de papel y el humo las molestaba. Así andábamos de un lado a otro, que volando papalotes, jugando a las escondidas, a la pelota. Hubo una vez que andábamos en el techo de la casa vieja, volando un papalote y de que corríamos encima, una parte se vino abajo y Julio cayó encima de la cazuela del mole y se le rompió una oreja. Pensamos que nos iban a pegar, pero mi abuelita no nos decía nada. A Julio lo molestaban en la escuela, pero cuando yo entré me tocó defenderlo en algunas ocasiones, luego ya no le decían nada. Mi abuelito fue el que nos enseñó a hacer la milpa. Nos íbamos con él, caminando por el monte y le ayudábamos a desyerbar. A Julio le gustaba el trabajo de campo. De ida y de venida, aprovechábamos para recoger hongos, de los buenos, xicales, tintas o panzas; cuando no sabíamos si era bueno o loco, le preguntábamos a mi abuelito y él nos decía cuál y cuál. Yo siempre he visto a mi abuelito como mi papá, él es el que ha dado la cara por nosotros.
Habla el amor
Nos presentaron en un baile, en la normal de Tenería. Fue extraño porque cuando lo vi, no sentí nada, ni siquiera cruzamos miradas, no pensé que fuera a formar parte de mi vida. Yo de hecho pensé que le interesaba una de las amigas con las que había ido. Porque cuando se tomó una foto con ella, pues la abrazó muy bien, y por eso pensé que quería con ella. A raíz de esa foto, pues nos contactó a todas las otras que habíamos ido y a todas les mandó solicitud y a todas se las andaba conquistando, o sea que era bien lanzado. Yo fui la última en aceptar esa solicitud. Y pues como yo todavía tenía buena comunicación con mis compañeras, cuando él me mandó solicitud, les pregunté si lo tenían agregado si lo conocían.
Y pues me dijeron que sí, pero que era bien lanzado, que me fuera tranquila. Y efectivamente empezamos a platicar y pues me dijo que le había gustado mucho tomarse las fotos conmigo, que le gustaría iniciar una bonita amistad. Y pues cuando yo les conté a mis amigas de todo eso, ellas me dijeron, no pues no te conviene, porque es bien mujeriego. A todas les dice lo mismo. Y pues yo en ese entonces estaba saliendo con otra persona, que ya era egresado de Ayotzinapa; pero no nos veíamos mucho porque él estaba en el cerro, pero sí nos mandábamos mensajes y todo. Entonces, pues seguí hablando con Julio, pero pues yo pensaba que no era nada serio. Entonces pasó el tiempo, y luego por accidente dejé abierta mi cuenta del face y Julio vio los mensajes que tenía con la otra persona. Y pues se enojó, y me dijo que porqué le hacía eso, que si no lo quería que se lo dijera. Y me dijo que ya se iba, pero al poco rato regresó y me pidió una disculpa por cómo me había hablado. Siempre era él el que pedía disculpas. Y después de eso quedamos en que ya íbamos a andar en serio y al poco tiempo empezamos a vivir juntos.
Hablan los caminos del monte
Pues Julio tenía pegue con las muchachas. Después de Tenería, quién sabe qué le pasó. Antes apenas les hacía caso y ya luego sabía cómo hablarles y qué decirles. Una vez me enseñó una lista y había muchos nombres de mujer. Pero cuando conoció a Marissa fue muy distinto. Me contaba mucho de ella. De que le compraba muchos panes. Que iba a la tienda y se comía unos ocho o cinco panes de colores. Una vez subimos al Cristo Rey, en la punta del cerro y en eso le llamó Marissa y él le dijo que estaba en el Tec, que se iba a meter a clase, pero estábamos en el Cristo. Decía que nunca había conocido a nadie como ella. Que lo apoyara tanto. Por eso ya dejó de andar con muchas chavas. Decía que ya nomás con ella iba a estar, porque ella no se merecía nada malo. Entonces ya solo se la pasaba hablando de ella, de cuando la había visto o de cuando la iba a ver. Como a veces no tenía dinero para el pasaje, me hablaba para que fuéramos al monte a cortar leña y luego la vendíamos entre la gente. Así pagaba lo del boleto para México. Luego ya se fue a vivir con ella y entonces dejé de verlo. La última vez que lo vi fue cuando pasó por aquí antes de irse a Ayotzi. Yo lo invité a cenar a mi casa y allí estuvimos con su hermano, el Enano y el Jairo. Él se puso a calentar los frijoles y nos sirvió a todos. Estaba calentando las tortillas. También comimos unos chiles habaneros asados. Julio se los comía enteros a mordidas, así sin tortillas ni nada.
Habla el amor
Yo le hablaba con palabras tiernas, le decía bebé, niño, flaco, amorcito. Cuando él me contaba de sus cosas tristes yo sólo quería darle mi amor de esposa, de compañera. Reconocí su cuerpo por sus cicatrices. Yo solo quería estar con él para apoyarlo. Siempre tenía la mente fija en que quería superarse. Él me decía que gracias a mí cambió muchas cosas de su persona: su manera de pensar, su manera de hablar, su manera de vestir, porque antes nomás usaba una ropa para toda la semana. Para venir a verme, como entonces no tenía trabajo, se le ocurrió junto con su amigo el Peluchín, ir al cerro, ya como a eso de las nueve o diez de la noche para cortar leña porque allá en su pueblo todavía consumen mucha. Y me mandaba las fotos del diablito llenecito de leña y me decía que eso era parte de su trabajo. Así ya pagaba el boleto y el detalle que, según él, debía de traerme. Siempre que venía me traía que el osito de peluche, que el ramo de flores, que una carta, por muy simple, siempre encontraba algo que regalarme. Una vez no tenía más que para el pasaje, y él quería darme algo, porque no le gustaba llegar con las manos vacías. Y me dijo que se le ocurrió entonces hacer un cisne de papel, y pues sí, me lo trajo y lo tengo muy bien guardado. Y de que era muy celoso, era muy celoso; luego me decía que iba a ir a mi trabajo, porque allí había muchos compañeros maestros y yo le decía, tranquilo no te preocupes, son amigos y él me decía, no pues sí, pero no me gusta ni que les hables, ni que les mandes mensaje. Y pues yo decía, no pues sí tiene razón. Y pues perdí algunas amistades por eso mismo. Pero cuando se trataba de amarnos, de darnos cariño él era muy especial. Cuando venía a la ciudad nos quedábamos en mi casa o luego salíamos que a conocer el centro, que al cine. Porque cuando él empezó a venir, yo también era nueva en la ciudad. Y pues así conocíamos los dos.
Habla el de los juegos compartidos
Yo siempre le decía “Tú estás loco, cabrón”. La última vez que lo vi nos fuimos a dar un rol porque yo le estaba enseñando a manejar. Y ese día me dijo, déjame el carro un rato, y pues ya se lo dejé, le fallaba a la hora de meter los cambios, pero le gustaba mucho, y me iba contando de que extrañaba mucho a su familia. Me contó que había ido a escondidas a sacar su ficha a la Normal; decía que ese lugar se lo había ganado él. Porque Marissa no estaba de acuerdo en que fuera a estudiar hasta allá. También su examen lo hizo a escondidas, le dijo que venía para Teco, pero se fue a Ayotzinapa. Cuando me dijo que iba a dejar de estudiar en el Tecnológico, pues si me agüité, porque pues ya me había acostumbrado a que fuéramos juntos a la escuela. Luego la gente no nos creía que fuéramos hermanos. Se nos quedaban viendo, y ya después de un rato decían, no pues sí. Porque pues sí nos parecemos. Yo, ese día de la cena en casa de Peluchín, le decía que no se hubiera ido hasta allá, porque estaba muy lejos. Y pues me dijo que pus ya ni modo, que se iba a esperar a terminar el semestre para poder cambiarse. O que en último caso se iba a meter a la Federal o al Ejército, porque allí te pagan bien.
Habla el amor
Una vez fuimos al cine. Es de un chico que se enamora de una chava. Pero al poco tiempo, lo atropellan y se muere. Luego él aparece en el cielo. Julio me comentó que él se visualizó allí, que se identificó muchísimo, que sentía como si lo hubiera vivido. Pero yo no comprendía por qué me lo decía. En una parte de la película, el chico decía que su destino era llegar y enamorarse, y Julio me dijo que nuestro destino era que nos amáramos. Yo entonces tampoco entendí por qué me decía todo eso, pero ahora ya. Casi no me gustaba la música que él escuchaba, yo soy más de banda y así. Pero la última canción que me dedicó fue una que se llama “Ámame más” de Breiky, me la dedicó el viernes 26 de septiembre. Y esa canción la tengo muy guardada porque es todo lo que vivimos. Fue difícil encontrarte / y ahora no dejaré que te escapes … Pero me gusta saber / que no sé porque te quiero / eso es amor verdadero /se siente en el corazón.
Habla su amigo, el de los montes
Lo empecé a conocer por el frontón, yo tenía como 14 años. Él ya era más grande, tendría como unos 18 o 19 años. Un día él fue a pelotear y le dije que si quería jugar y me dijo que sí, y ya empezamos a platicar. Luego fuimos a pescar al Bordo, yo tenía unas bicis y nos fuimos para allá. No le importaba que nos tardáramos días caminando, porque al él le gustaba caminar. Una vez fuimos a Ixtapan de la Sal a jugar frontón, no llevábamos mucho dinero. Y él me dijo que teníamos que comer, aunque luego ya nos fuéramos caminando. Luego ya lo vi con los platos de comida, pus porque ya se había gastado todo el dinero, todavía nos echamos otros cuatro partidos de frontón, pero yo pensé que él estaba diciendo de broma eso de que nos íbamos a ir caminando, pero cuando ya llevábamos unos cuantos kilómetros, me dije, no pues si era en serio. Y ya llevábamos como cuatro horas caminando, porque empezamos a caminar como al medio día, cuando vimos una botella de agua en la carretera. Y él dijo, pus yo he estado en muchos propedéuticos, a lo mejor esto nos salva la vida. Y nos tomamos cada quien la mitad del agua, pero quien sabe qué tenía, que nos hizo como alucinar. Ya andábamos viendo borroso, y las piedras en la carretera como que brillaban. Yo le decía Julio, ya hay que pedir limosna, y él me decía no, todavía aguantamos. Vente, vamos a cruzarnos por esta barranca, a lo mejor encontramos un río. La cruzamos, y luego otra y otra y nada, no encontramos nada. En eso, pasó un camión de esos que llevan varilla y le pedimos un rait y nos dijo que sí y nos llevó hasta Villaguerrero. Ya de allí nos venimos caminando hasta Teco, llegamos como a las 11 o 12 de la noche. Éramos inseparables. Luego también cuando tenía problemas con su mamá, pues me decía que no quería ir a su casa a comer y yo le decía no te preocupes, vente a mi casa. Y ya yo me ponía a cocinar, le hacía huevos o arroz, le gustaba arrimarse al fogón para poder sacar las tortillas y comérselas con sal; las hacía bolita, cuando acababan de salir del comal.
Luego otras veces, nos íbamos por la vereda de la Peña blanca, por el terreno de su abuelito y nos llevábamos unas hachísimas para cortar madera y le dábamos duro, pero pues nos dimos cuenta de que nos salían ampollas. Luego vimos unos encinitos y él me dijo, no es por nada, pero yo si me cargo uno de esos y se puso a tirarlo. Luego ya no lo podíamos cargar, porque había chupado mucha agua de las lluvias. Y ni entre los dos podíamos cargarlo. Entonces Julio dijo, vamos por mi carnal, porque entre los dos no vamos a poder.
Luego otro día me dijo, oye, ¿te acuerdas de la caminata esa? Y yo le dije que sí, y me dijo, ‘amos a echarnos otra, y yo le dije bueno. Y se metió a su casa y trajo una bolsa de mangos y ya agarramos por el camino de San Simonito. Allí me invitó una cerveza y una sopa maruchan. Luego ya le seguimos. Anduvimos por el monte. Él era buena gente, pero tenía un carácter como enojón.
De los trabajos y las flores
Aquí en Teco se da una flor morada que se llama huaxuchilt, es un tipo de orquídea, que se da sobre todo en las cañadas. Íbamos a cortarla. Él me amarraba con muchas cuerdas de los pies y de los brazos y ya me iba bajando. Un día bajaba yo y otro día bajaba él, Bajábamos temblando de miedo. Luego ya yo iba a vender las flores a Toluca. Y pues dependía de la gente, si veíamos que tenían dinero, pues se las dábamos caras, si veíamos que no tenían dinero hasta se las regalábamos.
En el río
Cerca del bordo hay un río. Juntábamos piedras de colores o sacábamos a los peces, pero si eran muy pequeños los dejábamos ir. Sólo si eran grandes los poníamos en una tina para ver si se reproducían. Como en el río hay muchas garzas blancas, a veces sacábamos los peces y los poníamos en un palo para que ellas se los comieran. También les lanzábamos resorterazos. A San Simón íbamos por pulque o a ver chavas. Hacíamos zarzas molidas con alcohol. Por dentro, era alegre, pero por fuera era enojón. Jugábamos al billar, con el Artista, otro amigo con el que se llevaba pesado. Pero se respetaban el uno al otro. Nos gustaba mucho hacer cosas que nos asustaran, como caminar en una cueva. Una vez Julio metió la mano en un panal, y acabó con las manos hinchadas, pero con cuatro botes de miel. Yo le regalé un conejo, porque le gustaban mucho. Le hizo una casa, con una caja de madera, y le daba de comer hierbas. Como no se lo podía llevar al DF, porque Marissa le dijo que allá no había lugar, lo dejó acá en Teco. Creo se lo encargó a su hermano.
De las palabras de Julio
Lo conozco desde hace seis o siete años, en el COBAEM, él iba en tercero y yo en primero. Al principio, nomás se me quedaba viendo, y en el receso se me acercó un día y me saludó. Luego nos juntábamos a comer en el recreo. Después de que él salió iba a visitar a su mamá, le llevaba de comer. A veces me esperaba y me acompañaba a mi casa: mientras caminábamos me contaba cosas de la vida, me decía que le gustaría ser alguien en la vida, que le iba echar muchas ganas. Era una gran persona.
Me decía: “Prométeme que le vas a echar ganas”. Y pues yo le dije que sí. Me platicaba de su escuela. Era un niño muy inteligente. Me platicaba de Lenin, del marxismo. Me protegía mucho. Nunca me faltó al respeto. Me cuidaba, iba a visitarme a mi casa. Una vez fue a la escuela y me dijo que ya lo habían expulsado de la escuela de Tenería. Era muy detallista, una vez nos llevó una rosa, a mí y a mis amigas, o me daba una paleta o un chocolate. También me dijo que le gustaba mi sonrisa y que nunca dejara de sonreír. Era mi mejor amigo.
La última vez que lo vi fue en la feria de Tecomatlán y me dijo “hola, flaca”. Nos llevó a cenar a mí y a mis amigas. Luego me acompañó a mi casa en bici. Me decía que nunca dejara a medias mis sueños. Yo le decía que quería ser maestra o enfermera. Le conté que quería entrar a una Normal pero él me dijo que no, porque el curso propedéutico es muy pesado. Y pues, me acaban de entregar mi título de enfermera, yo creo que él se hubiera puesto feliz de saberlo, porque le gustaba que las demás personas fueran mejores. Una vez me dijo: “Que no se apague la luz de tu interior”.
La alegría de Julio
Cuando lo conocí tenía como 18 y yo 16. Era muy alegre, le gustaba la música, le gustaba dar consejos; aunque estuviera triste te sonreía. Le gustaba contagiar su alegría. Quería sacar una carrera, que su familia estuviera muy orgullosa de él, quería apoyar a su mamá. Tenía un corazoncito de pollo. No le gustaba ver a alguien enfermo o en silla de ruedas. Si te veía triste se ponía triste. Y sabía escoger a sus amigos, era muy sociable y protector. Le hablaba más a las chavas. Con los chavos no se llevaba bien con ellos, porque eran muy desastrosos. Era medio cotizado, le daba pena pero sí bailaba. No tenía novia cuando lo conocí en el COBAEM.
A veces se quedaba enojado, pero no te decía sus razones. Se llevaba la mano a la barbilla y decía: “Es que como te digo, como te digo”. Tenía una relación muy bonita con su familia. Porque se llevaba muy bien con su mamá y con su hermano. Llegaba y le daba besos a su mamá. Se preocupaba por las demás personas. Sabía escuchar, era muy paciente, y te daba sus consejos o su punto de vista. Siempre andaba cargando una libreta, cuando estaba en la normal. Era muy reservado. Le gustaba el hip hop. Era como muy poeta. Te decía frases que quién sabe de dónde sacaba. Siempre andaba cantando canciones. Escribía y cantaba. Él como que soñaba mucho y te despertaba del ánimo. Me decía que teníamos que ser como las águilas. Se ponía mucho a investigar. No le gustaba quedarse estancado. Le gustaba conocer, explorar más allá de la vida.
Antes de Ayotzi
Pues sí estuvo en varias escuelas, por diversas circunstancias, casi siempre económicas. En Tenería, cuestionaba a los del Comité sobre las colectas de dinero. “¿A dónde iban? ¿para qué eran?”. A raíz de eso no lo aceptaban bien. Él no estaba de acuerdo, y nosotros tampoco, con las prácticas del comité de la normal de Tenería, ni con el propedéutico porque es humillante. Nosotros creemos que los del comité buscaban un pretexto para sacarlo, y lo encontraron cuando el faltó a clases a causa de su depresión por la muerte de su abuelita.
Luego él vio la posibilidad de entrar a la Benemérita, para no perder el primer semestre. Allí concluyó el primer año. Se quedaba en casa de un tío que vivía cerca del Distrito pero le incomodaba estar hospedado en casa ajena y además tardaba mucho en llegar a la escuela. Creo que el tío vivía en Cuautitlán, no sé si esté lejos. A Julio le preocupaba que mi mamá gastara dinero en su transporte y comida. Ella lo convenció de que estudiara en el Tecnológico de Villaguerrero, junto con su hermano. Pero le preocupaba la situación económica, porque de pagar 50 pesos en Tenería, en Villaguerrero pagaba 4 mil. Trabajaba para apoyarse en sus gastos y no ser una carga para su mamá. Pero no le gustaba la carrera, él quería ser un profesor. Desde niño le interesó ser maestro como sus tíos Guillermina y Cuitláhuac. Acabó el primer año en el Tecnológico, pero ya no se inscribió al 2º; además en esa época conoció a Marissa y luego se fueron a vivir juntos. Luego trabajó como guardia de seguridad en la terminal de Observatorio. En un horario bien pesado: 24 por 24. Se cambió al centro comercial de Santa Fe, porque le pagaban un poco mejor. Pero él seguía con que quería ser maestro, y por eso fue a sacar su ficha a Tiripetío, Michoacán. Hizo el curso propedéutico, pero al final no lo aceptaron, por eso intentó en Ayotzi.
Aspiraciones
Julio era muy directo, no se andaba con medias tintas. En el curso propedéutico de Tiripetío, también cuestionaba a dónde iban las colectas. Él nos contó que una vez mandaron a unas delegadas para ver cómo se llevaba a cabo el proceso, y cuando vieron que Julio estaba cuestionando eso, también lo apoyaron. Nosotros creemos que por ese ese motivo no lo aceptaron. Se deprimió cuando lo rechazaron. A pesar de que en el propedéutico corría mucho más que los activistas, que son los comisionados por el Comité. Él se iba por el monte corriendo; era muy atlético. Decidió hacer el último intento en Ayotzi. Hablaba bien de los muchachos de allá, Julio estaba muy contento, pero al mismo tiempo veía que estaba muy peligroso el estado. Se sentía bien allá, porque en comparación con Tenería el ambiente era mucho mejor. En Ayotzi Julio era activista, junto con Ismael, Chesman. Estaban organizados como academia y lo habían propuesto como jefe de grupo, pero no aceptó porque no era Guerrero. Él quería llegar a ser miembro del Comité, porque buscaba que los propedéuticos fueran más pedagógicos y menos duros.
Las palabras
Nomás de escucharlo te emocionabas. Luego, luego te dabas cuenta de que era diferente. Junto con David eran a los que más seguían. Él no necesitaba nombramiento, para que lo siguieran. Al otro día, antes de que identificaran su cuerpo; sus compañeros pensaban que estaba también desaparecido y estaban muy sacados de onda por eso, porque lo querían mucho. Julio tenía liderazgo, tenía carácter fuerte, don de convencimiento. Ahí supe que le decían Chilango. Lo conocían más a él que al del comité.
Cuando no hablaba en las reuniones, era muy relajiento, muy alegre. Pero cuando hablaba, me acuerdo que te daban ganas de seguir luchando. Se apasionaba con la lucha. Muchas veces los líderes nos acobardamos a la hora de tomar decisiones, pero cuando él hablaba, te prendía, te contagiaba esa pasión. Uno decía, de ver ese espíritu de lucha, cómo me voy a rajar, si estaba viendo a ese muchacho que se estaba esforzando por las luchas. Hablaba de unidad, de lealtad, de que los líderes no se vendieran. Tenía una voz imponente, pero no era agresivo, tenía un tono que no era gritón, sino que el tono iba con sentimiento. Sabía liderear a sus compañeros. Y pues eso es lo más importante, porque los jóvenes como que nos inyectan esa juventud a los viejos.
De las clases de Julio
Julio hablaba mucho de muchas cosas. A sus amigos como que les importaba lo que decía y le hacían caso. A mí me decía, no pues sigue estudiando. Yo iba a entrar al COBAEM, pero estaba muy nervioso por el examen. No era burro, pero tampoco era de dieces. Y le dije enséñame. Y diario iba a mi casa para enseñarme, y hacíamos muchas cosas de álgebra y me decía no pues vas a ver esto o lo otro. Y se aguantaba hasta cuatro o cinco horas hasta que le entendía. Y luego se veía como desesperado y me decía, ya esta es la última vez que te lo explico, pero como no entendía, me volvía a explicar y me decía, ahora sí, esta ya es la última. Y pues sí pasé mi examen, pero luego tuve que dejar la escuela, por falta de recurso.
Los trazos de Julio
Tenía muchos años de no verlo. Pues, resulta que yo tengo un sobrino que estudia en Ayotzinapa. Entonces estaba conectada en el feis. Apareció una foto y cuando vi su nombre y sus apellidos se me salieron las lágrimas. No lo podía creer. Al otro día empezaron a salir más noticias de los 43. Me apuré y fui temprano a su casa en Teco, vi la lona y el moño negro y conocí había sido él. Era muy buena persona, muy lindo. Carismático. Le gustaba hacer sonreír a las demás personas. Nunca me mostró tristeza en su rostro. Decía que le gustaba la escuela de Tenería, que a veces era pesado porque los mandaban a comisión, pero que le gustaba mucho. Siempre tenía una sonrisa para ti. Le gustaba verme jugar fútbol. También dibujaba, dibujaba tu rostro. Era muy observador. Le gustaba hacer como grafitis en su cuaderno. Yo sabía que le gustaba leer, se sabía las historias del Che Guevara, de Lenin, de los de la Normal. Me decía que iba a echarle muchas ganas para ayudar a su mamá. Era muy humilde, muy sencillo, no como otros que se interesaban por la moda; decía que ser humilde era lo mejor, porque así podías conocer a más personas. Comía de todo. Era muy tragón. Le gustaba mucho que le dieran cariñitos. Era muy cariñoso. Te invitaba de comer y no le daba pena. No tenía vicios.

Julio en Ayotzi
El Chilango se cambió de aquí porque éramos varios y no había cupo. A veces se tiraba a un lado de mí, luego se pasó al lado al otro cuarto, estuvo un tiempo, luego que iba a buscar dónde dormir, le dije que si no encontraba regresaba y se pasó a la panadería.
Cuando empezaron a pasar las imágenes, yo no sabía nada, pero dijeron que a un chavo le hicieron bien feo, le quitaron el rostro. Ahí reconocí al Chilango porque usaba la playera del primer día de clases. La última vez que lo vieron fue cuando los subieron a las patrullas.
Íbamos a escogerlo como jefe de grupo, él sí quería pero como es de México a lo mejor lo iban a tratar mal, por eso quiso quedarse de apoyo. Casi no le gustaba echar relajo, era serio, reservado. Lo íbamos a elegir porque le gustaba participar en las clases. Él estuvo en Tenería, le preguntamos pero no nos quiso decir, creo que lo expulsaron. Fue a hacer pruebas en Tiripetío, Michoacán, no dijo por qué lo expulsaron, y vino aquí.
Todavía recuerdo sus palabras, y pues yo también para eso quiero ser maestro: “para compartirle mis ideas a los niños”.
El anuncio de la esperanza
Pues yo ya tenía mis sospechas, pero no le quería decir nada. Ya tenía un poco de retraso. Luego un día él fue por mí a la escuela y me dijo que ya se había dado cuenta de que no me había bajado. Yo le dije que era poquito, que ya no tardaba. Y me dijo que no, que él llevaba bien mis cuentas y que ya había pasado un buen rato y nada. Y pues fuimos a comprar una prueba de embarazo, me la hice, pero no salió nada. Pero él insistía y me convenció de que fuéramos a un laboratorio. Yo la verdad es que no me lo esperaba, porque pues yo había pensado en hacer mi maestría.
Al siguiente fin de semana, fuimos a un laboratorio que está en Tacubaya. Y cuando nos dieron los resultados, pues no sabíamos cómo interpretarlos. Hasta que le preguntamos a una enfermera, que nos vio, se río. Y pues ya nos dijo que sí estaba embarazada. Yo quise ir con un doctor para que nos lo confirmara y así pasó. El doctor me dijo: “no pues, si está bien embarazada”.
Julio se puso muy contento. Me decía que ese bebé nos iba a unir, que era un pedacito de amor, que era una parte de él y mía.
Heredad
Pidió unos días en Ayotzi para registrar a su hija. Primero pasó acá. Me dijo que se vino de rait. Pasó por un poco de longaniza y chicharrón para regalarle a sus suegros, allá en Tlaxcala. Se regresó a Ayotzi porque iba a haber una reunión de padres de familia el 13 de septiembre. Sí, estaba muy emocionado por su niña. Era algo que deseaba mucho. Estuvo en Tlaxcala acompañando a Marissa en el pueblo de sus papás, donde dio a luz. Allí, acompañó a su suegro a la milpa. Le gustaba más el campo que la ciudad. Estuvo allí quince días. Al principio no ayudaba a cambiar los pañales, pero cuando la bebé comenzaba a tomar biberón le daba de comer y me ayudaba a cuidarla. En un principio habíamos quedado que la bebé se llamaría Arlette Melissa, yo escogería el primer nombre y él el segundo. A la mera hora, ya cuando estábamos en el registro me dijo que ese nombre no sonaba bien que mejor le pusiéramos Melissa Sayuri, y así lo anotó la secretaria. Nunca había escuchado ese nombre y nunca lo volví a escuchar hasta que conocí a la abogada que ahora lleva su caso. Siempre llamaba a la bebé su ratoncita, decía que era nuestra ratita.
Belleza
Estaba muy contento de haberse quedado en la normal. Su hijita se parece mucho a él. Verla me hace sentir como si tuviera 19 años, de hecho cuando la cargo siento como si fuera mi Julio. Es como una broma pesada, porque yo sé que Julio ya se murió, pero no puedo dejar de sentir como si tuviera 19 años cuando la tengo en mis brazos. Mi muchacho. Tiene el mismo lunar que su papá, los mismos ojos, las pestañas largas. Hay un gran recuerdo de Julio César que es su niña. Yo creo que Dios da licencia. Uno no sabe cuándo se va a ir, bueno, dicen que hay unos que sí saben. Por eso yo creo que Dios le da tiempo a uno de arreglar sus cosas. Yo creo en eso, y yo creo que por eso Julio se reencontró con Jesús. Yo creo que él no sabía, pus cómo va a saber uno eso. Pero en su última foto de facebook tiene un cartel que dice “Jesús me cambió, dejarías que él hiciera lo mismo por ti”. Para mí este es un mensaje de que se reconcilió con Dios. Lo puso el 20 de septiembre. Yo todavía le contesté, claro que sí, pero pues yo no sabía nada de lo que iba a pasar. Me acuerdo que la hija de una prima le preguntó a su mamá “Mamá, crees que yo ya esté lista para volar? Y la mamá le contestó “Si, hija, ya estas lista”. Y a los ocho días la niña fallece. Así yo, ese mensaje mi hijo lo publicó el 20 de septiembre y el fallece el 26. Y pues yo creo que mi muchacho oyó el mensaje, y si Dios se lo quiso llevar, se fue con gusto y si me quiso dejar aquí, pues yo lo acepto.
La noche de Iguala
Mucho más que de otras cosas de esa noche solo quedan los fragmentos. Julio estaba sentado en el costado derecho del primer autobús. De ahí se bajo, junto con el resto de sus compañeros cuando la policía comenzó a dispararles. Después del primer ataque, Julio todavía estaba con vida. Uno de los estudiantes sobrevivientes dice que después de que le dispararon a Aldo Gutiérrez vio a Julio, a quien le llamaban el Chilango, porque pensaban que venía del Distrito Federal.
Cuando eran como las once de la noche, mientras la policía los atacaba Aldo estaba el suelo agonizando, Julio les dijo a sus compañeros que había grabado varios videos de cómo los atacaban con un teléfono. Alrededor de las 12:30, pasada la media noche, Julio todavía estaba con sus compañeros que estaban hablando con los pocos medios de comunicación que había llegado al lugar. Estaban en la esquina de Juan N. Álvarez y Periférico de Iguala. Fue entonces cuando empezó, como un trueno, el segundo ataque. Entonces, los muchachos se echaron a correr. Julio iba con ellos. En esa esquina quedaron los cuerpos de Julio César Ramírez Nava y de Daniel Gallardo Solís.
En algún momento, Julio se comunicó con Marissa, su esposa, y le dijo que la policía les estaba disparando. Ella le dijo que se fuera de allí, que se cuidara mucho, que pensara en su hija, que pensara en ellas. Él le respondió que no podía, que no podía dejar a sus compañeros. Esa conversación fue la última que tuvo con su esposa, aunque ninguno de los dos lo sabía. Después de eso, estuvo corriendo junto con sus demás compañeros, intentando esquivar las balas, porque para ese momento ya tenían claro que los policías estaban tirando a matar, como habían hecho con su tocayo Julio César y con Daniel.
Uno de sus compañeros cuenta que durante su huida se escondieron en una casa donde les habían abierto las puertas. Dice que le dijeron a Julio que se escondiera con ellos, pero él dijo que no, que mejor iba a seguir corriendo. Al parecer se fue por donde minutos antes había pasado una camioneta con encapuchados, que probablemente fuera la que había participado antes en el segundo ataque a los estudiantes. El mismo compañero dice que lo vieron irse. Tal vez en ese momento Julio estuviera pensado en las palabras de Marissa, tal vez estaba pensando en su pequeña familia, en su ratoncita, tal vez, aunque le había dicho que no iba a irse, en ese momentos sólo estaba pensando en correr hasta encontrarse con ellas; pero también es probable que haya salido a buscar a más de sus compañeros para llevarlos al refugio que habían encontrado.
Su compañero cuenta que al poco rato que vieron partir a Julio, escucharon gritos como cuando agarran a una persona. “¡Suélteme! ¡Déjeme!”, y pues pensaron que habían agarrado a un compa. Pero a ciencia cierta no saben a quién.
Otros de sus compañeros han contado que vieron cómo se llevaban a Julio, y por encima de la arbitrariedad del acto, de la represión del Estado, de la sinrazón de todo lo que les estaba sucediendo esa noche, resaltan el hecho de que Julio tuvo la valentía de escupirle en la cara al agresor.
La fotografía: el horror en la época de las redes sociales
No se sabe quién la tomó. Ni tampoco quién la subió a internet. A casi un año de los hechos de Iguala, la PGR no ha podido dar con los datos que esclarezcan lo relativo a esa fotografía. En esa laguna de información, estarían algunas de las claves primordiales de lo que ocurrió esa noche, y de lo que le pasó a Julio. Por qué lo mataron de ese modo? ¿Por qué difundieron su imagen cruelmente. La crueldad fue doble. Primero para Julio que tuvo que morir del modo más infame, luego para su familia, particularmente para su esposa, quien al ver la fotografía en el face supo, porque reconoció su ropa y la cicatrices de su cuerpo, que su esposo había muerto. Pero el horror también fue para todos los que en la mañana del 27 vimos la imagen espeluznante del cuerpo de Julio, sin rostro, con un charco de sangre. Corazón vacío. Julio tenía el corazón vacío cuando le hicieron la autopsia. Y en la imagen que todos pueden ver todavía, pues no ha sido retirada del internet, se ve como un chorro de sangre yace junto a Julio y se cuela por la tierra del Camino del andariego.
La foto capturó la imagen de un cadáver desollado. Internet la difundió. Hizo posible que llegara a nuestras casas, a nuestros monitores y de allí a nuestros ojos y mentes. Quien hizo todo eso, tenía la intención de que allí se quedara, como uno de esos recuerdos inolvidables, como una advertencia de lo que está por venir. La función política de la tortura: miedo. Los colgados en los puentes, los descuartizamientos, la disolución en ácido ya no es suficiente. “La nueva forma de matar en México”, dice una entrada del Blog del narco al referirse al caso de Julio.
Sollozos
“Lo reconocí por la bufanda y la playera. Era Julio César.”
“Yo sentí mucha tristeza, mucho dolor. Es algo horrible.”
“Nos han deshecho la vida.”
Las otras canciones de amor
Yo le ponía siempre muchas canciones o mensajes bonitos en su feis. Pues nadie te ama como yo. Nadie te ama como yo. Hasta el día de hoy no había visto qué día fue el 26 de septiembre. Era un pobre soñador / que apacentaba los camellos /que soñaba con la luna / pero nunca imaginé / que el señor me llamaría. Es que esta canción hace que se me hinche la piel… nunca lo volví a ver /me dijeron que murió / que en un viernes lo mataron Pero desde niña, yo sentía como la piel se me ponía chinita, pero no sabía por qué. Ahora sí sé. Porque el 26 fue viernes. Los chiquillos le lloraron /más de un ciego le lloró / más de un rico se alegró. Y esta me hacía llorar cuando la oía, me conmovía mucho.
Cruz
El 27 de octubre del 2014, a un mes de que hubieran encontrado su cuerpo en el camino del andariego. Sus compañeros normalistas volvieron a Iguala. Volvieron con amor y con una ofrenda floral. Llegaron en un camión alrededor de unos cien normalistas que habían conocido al Chilango. Marcharon por las calles de Iguala, donde fue la última vez que lo vieron andar. Llegaron hasta el Camino del andariego. Fueron ellos los primeros en dejar allí la cruz de madera, donde se leía su nombre. Y en el poste de luz pusieron su nombre con aerosol rojo. Enfrente de la cruz están los normalistas y hay algunos medios locales de comunicación que filman la escena. Entre lágrimas gritan: “Julio vive” “César vive”. El encargado de dar el discurso es David, el secretario general del comité, quien también era su amigo. Sollozando habla un poco de él, de que tenía una bebé, de que solo quería estudiar, de que sólo quieren justicia para él. Enfrente la cruz ponen una corona de flores blancas y al lado han clavado en la tierra 43 velas, hechas de ceras, para recordar que la desaparición de los compañeros está ligada a la muerte de Julio. Luego David escribe en la primera hoja de una libreta nueva:
“Ayotzinapa vive, vive, vive… Querido amigo siempre estarás en nuestro corazón, no importa cuánto tiempo pase siempre serás nuestro amigo… A nuestros muertos no los enterramos, los sembramos para que florezca la libertad”.
Colocan la libreta como sobre las flores blancas, para dejar claro que el único pecado de Julio era ser estudiante, al lado de la libreta dejan su playera, blanca con bordes azules, con el escudo de la Normal de Ayotzinapa en el lado izquierdo.
Hemerografía
Arteaga, Alejandra. “Me preguntaron en el Semefo: ¿está segura que quiere verlo?”. Milenio. 1º de octubre del 2014. Disponible en http://www.milenio.com/estados/normalistas_asesinados-matanza_en_Ayotzinapa-Normal_de_Ayotzinapa-policia_Iguala_0_382762094.html
Cano, Arturo. “Aterrado, Julio César Mondragón se echó a correr; alotro día apareció sin rostro”. La Jornada, 2 de octubre del 2014. Disponible en http://www.jornada.unam.mx/2014/10/02/politica/011n1pol
Greco, Perseo. “Julio César Mondragón no ha muerto, vive en nuestros corazones”. Somos el medio. 7 de junio del 2015. http://www.somoselmedio.org/article/julio-c%C3%A9sar-mondrag%C3%B3n-no-ha-muerto-vive-en-nuestros-corazones
Nota sobre el homenaje hecho a Julio César Mondragón e la EscuelaBenemérita Normal de Maestros, el 27 de abril del 2015. https://mediosindependientes.wordpress.com/2015/04/28/homenaje¬a-juliocesarmondragon-asesinado-en-iguala-fueelestado-ayotzinapa7meses/
Herrera Román, Sayuri. ¿Por qué torturaron hasta la muerte al normalista Julio César Mondragón Fontes? El Cotidiano, núm, 189, enero-febrero, 2015, pp. 106-108. Disponible en http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=32533819011
Petrich, Blanche. “Fauna nociva mutiló el rostro del normalista Julio César Mondragón: peritos”. La Jornada, 26 de junio de 2015. Disponible en http://www.jornada.unam.mx/2015/06/26/politica/004n1pol (Consultado el 2 de septiembre del 2015).
Ramírez, Cynthia. “Un rostro nos llama”. Letras libres. 10 de octubredel 2014. http://www.letraslibres.com/blogs/blog-de-la-redaccion/un¬rostro-nos-llama
Román, José Antonio. “Familiares del normalista Julio César Mondragón piden realizar otra autopsia”. La Jornada San Luis. 20 de agosto del 2015. http://lajornadasanluis.com.mx/2015/08/20/familiares-del-normalista-julio-cesar-mondragon-piden-realizar-otra-autopsia/
Videos y documentales.“El caso de Julio César Mondragón” en Rompeviento.
http://rompeviento.tv/RompevientoTv/?p=1082
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