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Natalia Bautista: En Baja California aprendí que los trabajadores tienen derechos

Sociedad Global / Sociedad País / Top News / 08/03/2016

SOMOSMASS99

 

David Bacon* / SomosMass99**

Baja California, Mex. / Domingo 6 de marzo de 2016

 

La historia de Natalia Bautista

 

Natalia Bautista nació en una familia mixteca que emigró al norte de México para trabajar como jornalera. Se involucró en las huelgas que cambiaron las condiciones para los trabajadores en Baja California en la década de 1980, y en la actualidad vive en Santa María, donde es una líder de la comunidad. Ella le contó la historia de esa lucha a David Bacon.

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Natalia Bautista en su casa de Santa María, rodeada de cuadros del pintor y muralista mexicano Diego Rivera.

Bien, yo soy de Oaxaca. Siempre he dicho que porque mi madre es de Santiago Tiña y mi padre es de Rancho Diego, Mixtepec. Pero mis padres se fueron de Oaxaca en los años 70. Se trasladaron a Veracruz para trabajar en los campos de caña de azúcar y ahí es donde nací.

Mis padres son trabajadores agrícolas. Dejaron su ciudad natal debido a los problemas económicos, al igual que todos los demás. Se mudaron a Veracruz, y de ahí la trasladaron a Sinaloa donde permanecieron durante un tiempo. Luego lo dejaron para venir a Baja California Norte. Cuando llegamos ya tenía seis años, que es de cuando tengo mis primeros recuerdos y de ver trabajar a mis padres. Recuerdo que mi padre trabajaba en un rancho con el nombre de Rancho Caña. Ahí es donde crecimos.

Primero llegamos a un pequeño pueblo llamado Vicente Guerrero. Mi padre le rentó una casa pequeña a una familia de Jalisco. Él trabajaba justo en los campos aledaños al barrio. Luego conoció al dueño del rancho y le preguntó si podíamos vivir ahí. No lo sé a detalle, pero finalmente ahí terminamos. Mi padre construyó ahí una casita de cartón y la recubrió de plástico.

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Un jovencito se prepara para ir al campo a recolectar jitomates en el rancho de la compañía empacadora Santa Cruz, propiedad de la familia Castañeda.

Ahí estuvimos cuatro años, el tiempo que mi padre trabajó en ese rancho y que no habría abandonado si no hubiera sido despedido. Lo recuerdo cuando llegó a la casa y nos dijo que nos teníamos que ir. Mi padre, mi hermano y otros trabajadores se rehusaron a irse sin una compensación. Fue la primera vez que recuerdo haber escuchado que los trabajadores tenían derechos y que se podían organizar.

De esos temas no se enseña en las escuelas. De hecho, no asistí mucho a la escuela, sólo hasta el tercer grado de primaria. Me acuerdo de que no aprobé el primer grado en dos ocasiones porque no sabía hablar español. Fue difícil para mí aprender el abecedario, porque era algo completamente ajeno a lo que hablábamos en casa. Mis padres eran mixtecos, de modo que sólo hablábamos nuestra lengua. Yo empecé a trabajar en la pizca de coles de Bruselas junto con mi tía y mi madre.

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Isabel Zaragoza y su pequeña hija Lagoberta viven en un campo de trabajo en Vicente Guerrero, en el Valle de San Quintín. Ella y su marido llegaron hace unos meses de Oaxaca. Laboran como jornaleros migrantes en la cosecha de jitomates.

Mi padre fue despedido luego de organizar a otros trabajadores. No sé decir si fue mi padre o mi hermano el primero que se dio cuenta que tenían que organizarse. Lo que sí recuerdo es que viajaron a Ensenada en busca de apoyo. Me gustaba escucharlos hablar, y recuerdo cuando decían que se habían encontrado a una mujer llamada Norma, de una organización que podía ayudarlos. Llevaron a cabo sus reuniones y finalmente completaron los trámites para exigir una indemnización. La empresa finalmente les pagó, de tal cuenta que mi padre y mi hermano juntaron su dinero para comprar una pequeña parcela. Ahí es donde crecimos, en la zona de Benito Juárez. La mayoría de los que recibieron su indemnización se mudaron a ese lugar. Mi hermano todavía vive allí.

Como niño, uno se mezcla en las pláticas de los adultos. Pero cuando eres joven, te involucras con sus conversaciones; eso fue muy interesante para mí. Recuerdo a mi padre y a mi hermano como líderes. Fue entonces que me enteré de que los trabajadores tenían derechos, que no se puede simplemente abandonarlos y que los traten como animales. Cuando mi padre nos dijo que había recibido su indemnización y estábamos en plena movilización, recuerdo que pensé: ‘wow, esto funciona y es un derecho’. Me alejé pensando que éramos seres humanos. Las personas que se mudaron con nosotros eran gente como nosotros, con ideas y objetivos similares.

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Hieronyma Hernández recoge fresas con un grupo de trabajadores agrícolas indígenas de Oaxaca, en un campo cerca de Santa María. Muchos son migrantes mixtecos de San Vicente en Oaxaca. Mientras las camas son protegidas del polvo con plásticos, los jornaleros caminan entre la tierra y el barro.

Después se unieron para pelear por tener electricidad y agua corriente. Aprendí que tienes que pelear y organizarte para mejorar tus condiciones de vida. Cuando hicimos la primera movilización tuvimos que caminar largas distancias para lograr agua limpia. Nos preocupábamos por tener una fuente de agua para lavar la ropa. Cada uno empezó a hablar de la necesidad de contar con electricidad y agua. Poco después, los compañeros que estaban familiarizados con la organización vinieron a ayudarnos. Ellos nos alentaron a pensar en nuestros derechos como trabajadores agrícolas.

Los organizadores que vinieron eran de la Confederación Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos (CIOAC), los hermanos Benito y Fernando García. Mi padre los conoció porque sus padres también eran de San Juan Mixtepec, además de que les ofreció nuestra casa como lugar para las reuniones. Para entonces ya habían organizado a los trabajadores en varios campos de cultivo. Eso pareció estar pasando muy rápido; en un momento me di cuenta que ya estaban pintando consignas, haciendo pancartas y hablando de una gran marcha. Todo fue muy emocionante.

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Beatriz Chávez, una activista de la CIOAC con trabajadores agrícolas, en el último mitin de la campaña electoral de Celerino García. Fue encarcelada después por su actividad en defensa de los derechos a la vivienda de los trabajadores agrícolas.

Eso pasó más o menos en 1985. Yo era joven, probablemente tenía 13 o 14 años. Realmente no sabría cómo explicarlo, pero enseguida supe que había mucha gente de Ensenada y Tijuana que venía a la casa. Ahora que lo analizo como adulta, creo que la mayoría era del Partido Socialista Mexicano. Conocí a muchos de ellos. Venían a ofrecer su apoyo y a ayudar en cualquier cosa que se pudiera. Apoyaron a los jornaleros de varias maneras, pero básicamente a intercambiar ideas. En lo que yo ayudaba era a servir la comida y el café.

Finalmente, el día de la marcha llegó. Todos participaron y nadie asistió a trabajar. La huelga fue muy impresionante. Fue enorme y se extendió por todo el barrio de Vicente Guerrero. Hubo diferentes campos de trabajo involucrados. Inició con los trabajadores del Rancho del Mar y luego con un rancho vecino. Acordaron que nadie se presentara a laborar y que si alguien lo hacía le lanzarían jitomates hasta que parara de trabajar. La mayoría decidió participar en la marcha, así que no vi con mis propios ojos que a nadie le cayera una lluvia de jitomates. Tenías que participar porque era por tus derechos. Todos los trabajadores de las diferentes empresas se reunieron en el centro para formar un grupo más grande.

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Celerino García, hermano de Benito García y primer candidato indígena mixteco del Valle de San Quintín, Baja California, por el Partido de la Revolución Democrática para la Cámara de Diputados Federal.

En ese tiempo exigían un incremento salarial y mejores condiciones de trabajo. También pedían un mejor trato de los capataces, una hora para comer y recipientes que no fueran tan pesados. Pero lo más importante que querían era la respuesta al aumento de salario. En ese entonces pedían mil 500 pesos; eso fue antes de la devaluación del peso. La huelga logró una paga mayor y transportación para los trabajadores. Antes eran trasladados en largos contenedores de jitomates, pero después de la huelga fueron transportados en autobuses.

La CIOAC se instaló permanentemente como un sindicato. Lucharon por los derechos laborales de los trabajadores, y recibió el apoyo de líderes de partidos políticos. Después de la huelga el partido político se estableció con los trabajadores. Se convirtieron en una sociedad donde los trabajadores que sentían que podían formar parte de la unión que les ayudó a proteger sus derechos, además de poderse afiliar al partido.

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Marcial Salas Flores, un trabajador agrícola con discapacidad, vive en un campo de trabajo para migrantes propiedad de un rico hacendado, llamado don Daniel González.

Creo que en aquellos días tanto el sindicato como el partido fueron fundamentales. El partido no estaba solamente ahí por tu voto. El partido trabajó en apoyo de los trabajadores y del sindicato. Si iba a haber un paro teníamos que hacer nuestra labor, (y) el partido estuvo ahí para ayudar. Los líderes del partido se involucraron profundamente. Tienes derecho a organizarte, pero necesitas un trabajo de grupo que dé soporte a tus ideas.

Cuando se encontraron con los grupos de trabajadores más grandes, hablaron de derechos laborales. Fue en ese nivel de organización que se abordaron más ideas. Los líderes del partido pudieron hablar del sistema de gobierno y de las luchas alrededor del mundo, como las de Rusia y Nicaragua. Recuerdo que al principio escuchaba con temor lo que decían. Sentí que entendían lo que pasaba en el mundo y que lo que yo pensaba era importante. Estaba realmente impresionada. Hablaban de cambiar el sistema y de establecer un nuevo y diferente gobierno. Imaginé un lugar maravilloso, pero teníamos que esperar.

Los activistas de CIOAC que apoyaron venían de Sinaloa, Sonora y San Quintín. Pero ellos eran originalmente de Mixtepec, en Oaxaca. En Oaxaca la gente tiene sus propias luchas. Hace dos años acompañé a mi padre a Oaxaca y le pregunté cómo se había construido la escuela del pueblo. Me dijo que había sido una lucha de la comunidad. Después muchas personas empezaron a emigrar y se encontraron con un mundo diferente, con diferentes reglas y estructuras.

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Natalia Bautista platica con una familia mixteca que vive en un complejo de departamentos en Santa María. En la primavera y en el verano ellos se dedican a la pizca de fresas.

Creo que ahí fue donde surgió la idea del cambio. Benito y Fernando dicen que esa idea empezó en Sinaloa. Trabajaron en los campos de cultivo y experimentaron todo eso a lo que se enfrentan los trabajadores. Se involucraron en el partido con personas con las mismas ideas, que ya trataban de movilizar a los trabajadores. Así fue como me involucré en el movimiento en Sinaloa, y finalmente en Baja California.

Después de la huelga me casé. Me enamoré del movimiento, la ideología y de todo lo demás. Dos años después de conocerlo, me casé con Benito. Él siguió participando en el partido. Yo conservo el sueño de un sindicato más grande que sea capaz de cambiar las vidas y las condiciones laborales de los trabajadores.

Fernando y yo aún tenemos ese sueño, pero él hace el trabajo duro. Él fue uno de los que más influyó en las personas y en el movimiento a lo largo del tiempo. Tiene el reconocimiento, pero tiene que hacer todo el trabajo. Daría su vida por el movimiento, es uno de los que no ha descansado por hacerlo llegar a los campos de cultivo más alejados. Mantiene la idea de que la organización de los trabajadores está viva y constantemente les recuerda que tienen derechos. Los hermanos se separaron después de unos años porque Fernando regresó a Sinaloa y Benito se quedó en Baja California.

Apoyé a mi pareja cada vez que había una marcha, una reunión, una campaña o la campaña presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas. Esa fue la primera vez que tratamos de hacer un cambio real en este país. No iba a ser un cambio total, pero sí un verdadero movimiento que fuera hacia adelante. Él era (Cárdenas) nuestra esperanza, todos los grupos se aliaron con él. Pensamos realmente que íbamos a hacerlo. Mi hijo y yo ayudamos a difundir el mensaje. Lo intentamos. Ganamos. Realmente ganó. Pero el poder no permitió el cambio. La gente sigue resistiendo, quiere un gobierno diferente.

* David Bacon es un escritor y fotógrafo documentalista de California, EE.UU. Ex dirigente sindical, ahora se dedica a documentar temas laborales, de la economía global, la guerra, la migración y la lucha por los derechos humanos. En Oaxaca ha ofrecido charlas sobre migración e investigado la movilidad humana desde ese estado hacia los Estados Unidos. Su último libro, El derecho a quedarse en casa (Beacon Press, 2013), discute alternativas a la migración forzada y la criminalización de los migrantes.

** Traducción SomosMass99






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