SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Viernes 15 de abril de 2016
Hace cerca de 20 años, cuando comencé a trabajar en la atención de niños/niñas víctimas de malos tratos, se me requería no sólo dar mi impresión clínica y recomendaciones psicoterapéuticas, sino también para aportar recomendaciones acerca del proyecto de vida que habría que construir para ellos.
Estos niños/niñas llegaban al albergue para ser protegidos de sus propios padres convertidos en agresores. Las decisiones a tomar, pues, iban más allá de atenderles física y psicológicamente, se trataba de pensar, en equipo, en una estrategia para que su estancia en el albergue fuera lo más corta. Las decisiones no siempre eran fáciles. La complejidad de la vida humana no permitía respuestas simples.
Muchos niños/niñas padecían las consecuencias de la parentalidad disfuncional o tóxica de unos padres con habilidades para la crianza francamente disminuidas. Otros vivían el descuido marcado en sus cuerpos: desnutrición, enfermedades de la piel, etcétera, todo esto en un contexto de pobreza extrema. Algunos otros simplemente eran rebeldes e inmanejables para sus padres.
¿Qué hacer en estos casos? Cuando el maltrato era extremo, los propios códigos, civil y penal, así como otras leyes indicaban las consecuencias y el proceder: la promoción de la pérdida de la patria potestad —y después la gestión de la adopción—.
Pero, ¿qué hacer cuando el maltrato o las conductas parentales inadecuadas no alcanzaban a ser tipificadas como delito? ¿Qué hacer cuando el descuido era producto de la falta de oportunidades? ¿Cómo poner a salvo a estos niños si al ingresarlos a la institución residencial la tristeza y hasta la depresión derivada de la desvinculación de sus padres traía consecuencias más grandes? ¿Qué criterios utilizar para el análisis y la toma de decisiones?
Múltiples preguntas que no siempre encontraban respuestas a las disciplinas de los y las integrantes del equipo técnico: derecho, psicología, pediatría, trabajo social…
Estas reflexiones vinieron a mi mente hace cuatro años debido a que tuvimos la oportunidad de trabajar un par de talleres con niños, niñas y adolescentes privados del cuidado de sus padres, y que por lo mismo, viven en las casas hogar. El objetivo de dichos talleres era la reflexión e información acerca del derecho a vivir en familia, y a ser cuidado en todas las situaciones en que le toque vivir.
El instrumento utilizado fue: “Directrices de las Naciones Unidas sobre las modalidades alternativas de cuidado de los niños”, una versión amigable y accesible y comprensible para los niños y las niñas, diseñada por la Red Latinoamericana de Acogimiento Familiar (RELAF), de Argentina. Matilde Luna y Federico Kapustiansky, miembros de la RELAF, vinieron de aquel país para difundir dicho material a niños/niñas y adultos.
Las Directrices ahora nos dan luz y criterios precisos para una toma de decisión apegada a los derechos de la infancia (las puedes encontrar en www.relaf.org).
Impresionante lo que los niños y las niñas pueden hacer y decir cuando se les da la palabra en un ámbito de libertad y confianza que estimula su participación:
“No nos deben sacar de nuestras casas cuando hay problemas, y llevarnos a un albergue, sin antes investigar bien qué pasa, porque sentimos que nos están robando”.
“En ocasiones sí nos deben llevar a un albergue porque nuestra vida corre peligro en la casa”.
“Necesitamos una familia para aprender, para tener alguien con quien platicar, alguien que nos quiera y nos de amor”.
“Nos deben preguntar qué queremos: si vivir en una institución bonita o quedarnos en nuestra casa aunque esté fea”.
“Ni los abogados ni los psicólogos ni nadie sabe más que nosotros acerca de lo que nos pasa”.
“Necesitamos espacios donde nos escuchen”.
Precisamente, al escucharlos, me confirmaban la importancia de tomar en serio su palabra a la hora de abordar las preguntas que los equipos técnicos tienen qué responder, porque, ¿quién mejor que ellos para saber qué necesitan? ¿Quién mejor que ellos para dotar de sentido el concepto de “interés superior del niño”? No olvidemos que las decisiones de las de las personas responsables de la protección integral deben tener debidamente en cuenta sus opiniones, en función de su edad y madurez.
* Psicólogo / [email protected]
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