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Alfonso Díaz Rey*
Viernes 15 de abril de 2016
Durante el discurso del presidente Obama, que tuvo lugar en El Gran Teatro de La Habana, el pasado 22 de marzo, hizo un llamado a “[…] dejar atrás el pasado” y, previamente, había expresado: “Desde el inicio de m mandato, he instado a la gente en las Américas a dejar atrás las batallas ideológicas del pasado”.
El primero de enero de 1959, ante la huida del dictador Fulgencio Batista y el triunfo del Ejército Rebelde, el gobierno de los Estados Unidos, la burguesía cubana y altos jefes militares intentaron un golpe de Estado con la creación de una Junta Militar, cuya finalidad era neutralizar la victoria popular y mantener el poder que irremediablemente se les escapaba, intento que fue frustrado por el llamado de Fidel a una huelga general.
Desde el triunfo de la Revolución, el gobierno de Estados Unidos desarrollo planes, acciones y una intensa propaganda internacional dirigidas a debilitar y dividir a las fuerzas revolucionarias para separarlas del pueblo y aplastar la Revolución.
Así, con agresiones económicas, sabotajes, actos terroristas, apoyo a grupos contrarrevolucionarios dentro de la isla y la preparación militar de mercenarios y contrarrevolucionarios en Estados Unidos, Guatemala y Nicaragua, se cubrieron los preparativos para una invasión.
Y hace 55 años, en abril de 1961, a las seis de la mañana del 15 de abril, aviones B-26 de fabricación norteamericana y camuflados con insignias de la Fuerza Aérea Cubana, bombardearon simultáneamente puntos situados en la ciudad de La Habana, San Antonio de los Baños y Santiago de Cuba, preámbulo de la invasión que iniciaría dos días después.
La invasión inició en los primeros momentos de lunes 17 de abril con apoyo naval y aéreo de Estados Unidos, en la zona de Playa Girón, en la costa del Caribe de la antigua provincia de Las Villas –hoy parte de la provincia de Matanzas– y fue detectada de inmediato por elementos de las milicias revolucionarias.
El imperio esperaba con que al inicio de la invasión se produjeran levantamientos de desafectos a la revolución, pero no contaron con que la Seguridad del Estado los tenía identificados y junto con el pueblo se encargó de apresarlos y neutralizarlos antes que pudieran intentar algo; también, entre los planes del imperio se contemplaba el asesinato de Fidel Castro, como un golpe con efectos desmoralizantes para el pueblo cubano y para los revolucionarios.
Desde los primeros instantes de la invasión mercenaria, el pueblo cubano dio muestras de unidad y patriotismo y decididamente, junto a fuerzas del Ejército Rebelde, se lanzó a defender su revolución; ello, unido al genio estratégico de Fidel, hizo posible que la aventura imperial durara escasas 66 horas y se vieran impedidos de consolidar una cabeza de playa, instalar un gobierno pelele y obtener el apoyo militar más directo de los Estados Unidos para lograr su objetivo central.
En Girón, además de defender a su patria y su soberanía, el pueblo cubano defendió sus ideas y la construcción de una sociedad distinta a la que existía antes de la Revolución.
Este pasado, pleno de agresiones y heroica resistencia, de experiencias y enseñanzas de lo que significa ser realmente un pueblo libre y soberano, capaz de enfrentar y vencer las adversidades que conlleva la defensa de las ideas, es lo que el presidente Obama invita a olvidar.
No es casual, pues, que al mismo tiempo que el imperio modifica su táctica, no su objetivo, contra la Revolución cubana, insista, mediante una ofensiva en la que la propaganda ideológica tiene un rol especial, en derrocar gobiernos como los de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Brasil, que intentan encontrar caminos diferentes a los que Washington les designa y, empleando lo que a otros pide olvidar, “[…] las batallas ideológicas del pasado”, arremeta contra Cuba, acusándola, junto con Venezuela, de reprimir a la sociedad civil y a través del secretario de Estado, John Kerry, exprese: “[…] la mayoría de los cubanos están más interesados en insertarse en la economía global que en reciclar argumentos de la guerra fría. La única pregunta es cuánto tardarán las autoridades en La Habana en ponerse a tono con la población”.
Por eso Fidel, en un artículo reciente (El hermano Obama), plantea:
Obama pronunció un discurso en el que utiliza las palabras más almibaradas para expresar: “Es hora ya de olvidarnos del pasado, dejemos el pasado, miremos el futuro, mirémoslo juntos, un futuro de esperanza. Y no va a ser fácil, va a haber retos, y a esos vamos a darle tiempo; pero mi estadía aquí me da más esperanzas de lo que podemos hacer juntos como amigos, como familia, como vecinos, juntos”.
Se supone que cada uno de nosotros corría el riesgo de un infarto al escuchar estas palabras del Presidente de Estados Unidos. Tras un bloqueo despiadado que ha durado ya casi 60 años, ¿y los que han muerto en los ataques mercenarios a barcos y puertos cubanos, un avión de línea repleto de pasajeros hecho estallar en pleno vuelo, invasiones mercenarias, múltiples actos de violencia y de fuerza?
Nadie se haga la ilusión de que el pueblo de este noble y abnegado país renunciará a la gloria y los derechos, y a la riqueza espiritual que ha ganado con el desarrollo de la educación, la ciencia y la cultura.
Advierto además que somos capaces de producir los alimentos y las riquezas materiales que necesitamos con el esfuerzo y la inteligencia de nuestro pueblo. No necesitamos que el imperio nos regale nada. Nuestros esfuerzos serán legales y pacíficos, porque es nuestro compromiso con la paz y la fraternidad de todos los seres humanos que vivimos en este planeta.
Y el deseo de Obama, que “El futuro de Cuba tiene que estar en las manos del pueblo cubano”, es una realidad desde el 1 de enero de 1959. Y ese futuro se defiende con ideas.
(1) Periódico La Jornada. Jueves 14 de abril de 2016, p. 23
* Alfonso Díaz Rey es miembro de la Constituyente Ciudadana Popular de Salamanca, Guanajuato.
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