SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez
Jueves 26 de mayo de 2016
Si no hay otros yo, no hay yo.
Tchouang-Tse
Una de las principales metas del desarrollo humano es la adquisición de una identidad suficientemente integrada.
La identidad, en términos generales, es aquella que permite responder a la pregunta ¿Quién soy? Pregunta que implica claridad respecto a múltiples temas: para dónde voy, en qué creo, cuáles son mis ideales, creencias, valores, pertenencias, cómo siento, cómo pienso… Es la que posibilita la construcción de una autoimagen y un autoconcepto que permite al individuo relacionarse con suficiente equilibrio con las demás personas y con el entorno.
En la vida cotidiana asumimos diversos roles: sociales, laborales, profesionales, parentales, individual, etcétera. Es la identidad la que nos permite desempeñarlos con una suficiente satisfacción y funcionalidad.
Pero la identidad no es un algo estático, algo acabado, un lugar al que se llega. Porque lo que somos no es sólido, sino líquido. Somos el resultado de estímulos, cambios y circunstancias internas (corporales, subjetivas) y externas.
La identidad es un concepto, un constructo, un imaginario. Significa que “soy lo que creo que soy”, resultado de múltiples identificaciones y experiencias de vida.
O sea que yo me creo (en sus dos acepciones de la palabra: de creerme y de crearme) en la mirada del otro, en las circunstancias de la vida que afectan mi ser.
Lo anterior quiere decir que nos estamos haciendo constantemente. “¿Quién eres?” “Este de ahorita, solamente”.
Asumir que somos sólo este de ahorita (así, en diminutivo, porque sólo somos ese durante un lapso breve en el universo) exige tolerancia a la incertidumbre, apertura al cambio, al aprendizaje, a lo novedoso, en resumen, a la vida.
Con identidad vivimos, y sin ella sobrevivimos. Vivos mantenemos la capacidad para asombrarnos, para jugar, para sentir, para reír, para gozar —no sólo para sufrir.
En esta conformación de identidad, resulta indispensable la presencia de los otros. Saberme yo significa que existe un tú, un ustedes. El otro evidencia la diferencia, nos confronta y nos conforta, nos da y nos quita, nos acepta y nos rechaza… Todo ello permite diferenciarnos y sabernos únicos, irrepetibles. Es por eso que si no hay otros yo simplemente no hay yo.
Un dato importante, de acuerdo al sociólogo y filósofo francés Edgar Morin, es que el otro es el semejante y el desemejante; semejante por los rasgos humanos o culturales comunes, desemejante por las singularidades individuales. “El cierre egocéntrico —dice Morin— nos hace ajeno al otro, mientras que la apertura altruista nos lo hace fraterno”. Es por eso que esta tendencia occidental hacia el individualismo que se manifiesta en cierres egocéntricos nos invita a pensar qué sucede con la identidad de los individuos contemporáneos.
Una persona con identidad suficiente, que sabe quién es (con todo lo que ello implica), está en condiciones de salir de sí y ver por los demás, porque se sabe el otro del otro. Es alguien con capacidad altruista, solidaria, fraterna, cooperativa. Es alguien que no hace de la diferencia oportunidad para el abuso; tampoco padece la diferencia, sino que la encuentra atractiva porque goza de lo diverso. Es alguien que se encuentra a sí mismo no sólo en la convivencia con los semejantes sino también con los desemejantes.
Es alguien que se convierte en ciudadano/a, es decir, en un adulto que conoce sus derechos y sus obligaciones, exige los primeros y cumple los segundos porque sabe que eso le hace bien a él/ella y la sociedad.
La identidad se facilita cuando en el arranque de la vida se goza de cuidado, protección y amor suficientes. Para que tal cosa ocurra resulta indispensable haber sido deseado. Si nuestra sociedad hoy presenta signos de alta destructividad humana significa que algo está fallando con el cuidado, la protección, el amor y el deseo hacia las crías, hacia lo humano, ¿no crees?
Psicólogo / [email protected]
Comparte en Facebook
Twittéalo








