SOMOSMASS99
Alfonso Díaz Rey*
Viernes 10 de junio de 2016
El pasado domingo se realizaron elecciones en catorce estados de la república. En doce se votó para el cambio de gobernadores; en uno, Baja California, solamente para presidentes municipales y, en el restante, la Ciudad de México, para elegir al 60 % de la Asamblea Constituyente, que tendrá la tarea de elaborar la constitución política del nuevo estado.
Existen, a mi juicio, tres aspectos importantes que fueron comunes en el pasado proceso electoral y aunque son característicos del tipo de democracia que padecemos, pareciera que a los dos primeros les acompaña cierta dosis de cinismo, superior siempre a la exhibida en el anterior proceso, al grado que actualmente ese atributo es algo inherente a la llamada clase política mexicana. Esos aspectos son:
- La ausencia de democracia. A la ciudadanía se le convoca a votar por candidatos que en su inmensa mayoría son seleccionados por las cúpulas de los partidos políticos, ni siquiera por la mayoría de sus miembros, mucho menos por el pueblo que siempre ha estado ausente de esas decisiones; además, en no pocos casos las candidaturas recaen en personajes con historial o conductas que de ninguna manera pueden considerarse buenos ejemplos.
- El enorme desaseo que priva en las campañas, la jornada electoral y en el manejo de los votos. Este aspecto y el anterior muestran el desprecio que la clase en el poder siente por el pueblo, porque además de que a través de sus partidos políticos le imponen candidatos, sin importar que éstos sean un dechado de todo lo opuesto a lo que se supone debe ser un servidor público (y que en los periódicos y revistas las campañas merezcan más ocupar la sección de nota roja que la de política), existe coacción y compra de votos con cada vez más burdos procedimientos, promesas que de antemano se sabe incumplirán y, por si eso no bastara, las dudas que suscita el conteo y manejo de los votos y la información, completan la avalancha de suciedad.
- El abstencionismo, efecto, por un lado, de frustración, cansancio, desinterés y enajenación y, por otro, el conciente, presente entre quienes consideran ilusorio esperar que mediante el sistema electoral actual se pueda elegir a verdaderos representantes del pueblo, es un fenómeno que en una democracia real preocuparía no solamente a los gobernantes sino al pueblo entero, sin embargo en nuestro país ha significado una mayor capacidad de maniobra de la clase dominante para un mayor control sobre el pueblo y la reproducción de las condiciones que le permiten mantener el poder.
¿Por qué el sistema electoral en México permite esos y otros vicios con efectos adversos para el país y el pueblo?
En nuestro país el poder no está en manos del pueblo sino en las de un minúsculo segmento social que detenta el poder económico y, por ende, el político. Este grupo, al ser el dominante, organiza el Estado a su conveniencia y es quien establece las reglas que le aseguran el ejercicio del poder y en la práctica son los dueños del Estado. De ese modo, las instituciones (políticas, económicas, sociales, culturales, represivas, etc.) y las leyes están conformadas para que ese segmento social ejerza el poder; el sistema electoral forma parte de las instituciones políticas y está diseñado para tener el control del gobierno (otra institución política).
No obstante lo anterior, necesitan imponernos su visión del mundo, su ideología, lo que les permite ventajas que en cierta medida les facilitan el control sobre el pueblo. Para lograrlo ellos diseñan el sistema educativo y se valen de los grandes medios de difusión, de los que son propietarios. Lo anterior deja ver la importancia de la lucha ideológica, la que debe acompañar a todo tipo de lucha, pues su ausencia nos lleva a enfrentar a un enemigo con el que se comparte la misma visión de la realidad y del mundo, lo que hace prácticamente imposible lograr cambios trascendentes en favor del pueblo.
En ese contexto, hay quienes pensamos que es ilusorio y aun ingenuo pensar que por la vía electoral pudiera darse un cambio significativo en nuestro país, lo que de ninguna manera descalifica a quienes opten por esa vía; sin embargo, creemos que es importante que los esfuerzos ciudadanos autónomos crezcan en organización y vinculación en torno a objetivos comunes y fundamentalmente en torno a objetivos estratégicos, que con el mayor respeto a nuestras diferencias y objetivos particulares, seamos capaces de avanzar en la construcción de acuerdos y consensos que permitan sentar las bases para la conformación de un país incluyente, solidario, justo, libre y realmente democrático.
La tarea no es fácil porque el enemigo es poderoso y está organizado para mantener su dominio. Sin embargo, si consideramos que somos la inmensa mayoría de la población y decidimos de una manera organizada ejercer plenamente nuestros derechos, como seres humanos y como ciudadanos, estaremos en condiciones, por una vía pacífica, de construir la patria que queremos y necesitamos.
*Alfonso Díaz Rey es miembro de la Constituyente Ciudadana Popular de Salamanca, Guanajuato.
Comparte en Facebook
Twittéalo








