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Alfonso Díaz Rey*
Viernes 1 de julio de 2016
Parece que Gran Bretaña, con su retiro de la Unión Europea, es ahora el origen de los males de la economía mexicana. El causante inmediato anterior de todos nuestros problemas fue China, razón por la que tuvimos que volvernos más competitivos mediante la reducción de los salarios reales de los trabajadores mexicanos; que en estos momentos son de los peores pagados del mundo, antes que China, la famosa “burbuja” financiera que estalló en el 2008, contra la que estábamos “blindados” y sus efectos serían mínimos (tan mínimos que la economía aún no recupera las condiciones previas e ese fenómeno), la crisis financiera y política en Grecia… y así, si realizamos un análisis retrospectivo encontraremos que quienes nos gobiernan siempre han encontrado factores externos a los que de manera preponderante atribuyen las causas de su incapacidad.
A juicio de quien elaboró estas líneas, la única ocasión que intentaron buscar esas causas en factores internos, se equivocaron. Atribuyeron, y convencieron a mucha gente, de que nuestros problemas eran consecuencia de que al país le faltaba modernizarse e integrarse al proceso de la globalización que impulsaban; su error consistió en la concepción que tienen aún de esos dos fenómenos: la modernización la equipararon con la intervención indiscriminada del capital privado en todos los órdenes de la vida, lo que significó la cesión de los bienes nacionales y los riquezas naturales al capital privado local y extranjero; y en lo que se refiere a la globalización, ésta quedó solamente en la libertad irrestricta del capital para operar en nuestro país, lo que produce globalización de la pobreza y los males del sistema y la privatización de las ganancias y beneficios que tal situación genera.
Quienes impulsaron esas concepciones, y aún lo hacen, nunca consideraron fenómenos como el colonialismo, el subdesarrollo, la dependencia estructural, la desigualdad, el imperialismo, la explotación irracional de la naturaleza, etc., productos del capitalismo, como factores que históricamente han influido en el atraso del nuestro y de muchos otros pueblos.
Esas ideas no iniciaron sino se magnificaron e impusieron a partir del gobierno de Miguel De la Madrid (1982-1988), que marcó el inicio del viacrucis neoliberal que hasta ahora padece nuestro pueblo; si a ello agregamos el dogma de que el mercado es la entidad que de una manera natural se encarga de corregir desviaciones y asimetrías en la sociedad, entonces entenderemos el porqué de todas las “reformas” a la Constitución y a leyes, las que en vez de convertirnos en un país desarrollado, nos han llevado cada vez más al borde de un abismo que es el único lugar al que pueden conducirnos la visión y ambición del grupo en el poder y su equipo de gobierno.
Y lo que actualmente sucede en nuestro país es el resultado de la aplicación de todas esas medidas que ni siquiera fueron concebidas por el grupo dominante, sino fueron impuestas por los centros del capital financiero internacional y ciegamente adoptadas, aceptadas y llevadas a la práctica por ese grupo.
Por ello no son atípicos el clima ni las manifestaciones de indignación en amplios sectores del pueblo mexicano, situación provocada por las adversas condiciones de vida que desde la aplicación de las medidas neoliberales se agudizan cada día más.
Un ejemplo de lo anterior nos lo proporciona un párrafo del Reporte de Investigación 123. México: más miseria y precarización del trabajo, del Centro de Análisis Multidisciplinario de la UNAM:
Para el 16 de diciembre de 1987 un trabajador [con salario mínimo] debía trabajar 4 horas y 53 minutos para adquirir todos los productos que componen la CAR (Canasta Alimentaria Recomendable) en tanto que, para el 25 de abril de 2016, el mismo trabajador necesitó trabajar 23 horas y 22 minutos para comprar la CAR, es decir, en un intervalo de 29 años se cuadruplicó el tiempo que se requería para comprar una CAR, registrándose un incremento del 412%.
Y así por el estilo, el empleo se ha precarizado; se han deteriorado el salario, los sistemas de salud y educación públicas, la seguridad, la justicia y, en resumen, todo aquello que se supone debe impulsar el desarrollo de una sociedad para que sus miembros aspiren a una vida digna, lo que se refleja en una gran tensión del ambiente social y el surgimiento de la protesta popular.
Cuando algún sector de la sociedad cuestiona las bases del sistema, la clase dominante nunca ha dudado en echar mano de la represión. Ejemplos hay muchos en nuestra historia reciente y, actualmente, el rechazo a la mal llamada reforma educativa por parte de los trabajadores de la educación muestra la incapacidad, incompetencia e intolerancia de la clase en el poder, a través de sus sirvientes en el gobierno, para resolver problemas y contradicciones creados por su afán de conservar sus privilegios y su dominio.
Y los trabajadores de la educación, dado su permanente contacto con el pueblo, la niñez, la juventud y la realidad del país, son en gran medida responsables de la formación de una conciencia crítica que molesta a la clase en el poder y uno de los mayores obstáculos para ejercer su control y dominio sobre el pueblo.
Por ello la lucha que libran los trabajadores de la educación, que además de defender la educación pública gratuita y de calidad, defienden sus derechos laborales y sociales y se niegan a ser parte del perverso proyecto del grupo en el poder, debe contar con la más amplia solidaridad de todos los trabajadores y verla no como una lucha aislada de algunos inconformes, sino como parte de la lucha de nuestro pueblo por alcanzar una vida digna.
Del otro lado, quienes tienen al país al borde del abismo, como única propuesta insisten en convencernos de dar un paso al frente.
* Alfonso Díaz Rey es miembro de la Constituyente Ciudadana Popular de Salamanca, Guanajuato.
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