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Alfonso Díaz Rey*
Lunes 27 de marzo de 2017
En algunas partes del mundo aún existen prácticas que en tiempos remotos definieron a un tipo de sociedad: la esclavista. Esas sociedades basaban su existencia en el sometimiento violento y explotación de otros grupos humanos, que en no pocos casos se les negó esa cualidad, cuyo trabajo fue soporte no solamente de sus necesidades primarias sino de sus excesos y, en cierto modo, de su posterior desarrollo.
Y si ante la presencia de esas prácticas creemos que ello sucede en regiones o países muy distantes, con un desarrollo mucho menor que el nuestro, estamos equivocados, pues el país que nos han dibujado y vendido quienes detentan el poder simplemente no existe y la necia y terca realidad exhibe las miserias de una sociedad en extremo desigual e inequitativa.
Una muestra palpable es la situación de los jornaleros agrícolas del Valle de San Quintín, Baja California, región en la que laboran alrededor de 80 mil personas, en su mayoría indígenas, sujetas a jornadas extenuantes, bajísimos salarios, ausencia de seguridad social, insalubridad, hacinamiento, carencia de los servicios mínimos necesarios para vivir, explotación de trabajo infantil, entre otras condiciones que pueden catalogarse como de esclavitud.
Hace dos años, en marzo de 2015, realizaron una huelga de brazos caídos, como una forma de protesta para reivindicar mejores condiciones de vida y de trabajo y el reconocimiento de su organización gremial.
Tras años de lucha obtuvieron el reconocimiento a su organización (el Sindicato Independiente Nacional Democrático de Jornaleros Agrícolas), raquíticos aumentos en sus salarios, asociados a extensiones de las jornadas de trabajo; además de represión y detención de varios dirigentes del sindicato.
Por esa razón el Sindicato Independiente Nacional Democrático de Jornaleros Agrícolas organizó la Caravana Nacional de Jornaleros por un Salario Justo, la que recorrió ocho estados de la República hasta su arribo a la Ciudad de México, donde exigieron a las autoridades federales la solución a sus demandas. En su recorrido fueron acompañados por algunos padres de los 43 estudiantes desaparecidos de la normal rural de Ayotzinapa y en cada lugar donde hicieron escala recibieron muestras de solidaridad del pueblo y el apoyo de las secciones locales del Sindicato Mexicano de Telefonistas.
Y en condiciones similares a los jornaleros de San Quintín trabajan en el campo mexicano cerca de siete millones de compatriotas, en su mayoría, repetimos, indígenas, quienes expulsados de sus tierras por este sistema depredador potenciado por las políticas y medidas neoliberales, conforman focos de inconformidad social, económica y política cuyos problemas exigen una solución justa y pronta.
Aun cuando se trata de un problema grave, por tanto de urgente solución, sería ingenuo pensar que las autoridades de un gobierno como el que padecemos lo van a atender con la seriedad que el caso merece, sobre todo porque las medidas y políticas que imponen son para favorecer a los grandes capitales que operan en el agro, la industria, el comercio y los servicios, medidas y políticas que con sus “reformas estructurales” prácticamente han legalizado el despojo de bienes comunales y nacionales y de conquistas sociales y laborales, todo ello en un clima de inseguridad, desigualdad, inequidad, corrupción, injusticia e impunidad, que es lo característico de la situación que vive México desde hace más de tres décadas.
Por ello los compañeros jornaleros agrícolas del Valle de San Quintín han hecho suya la consigna ¡Ni una lucha aislada más!, lo que muestra la necesidad de hacer un esfuerzo para alcanzar la unidad del pueblo ante un enemigo que no obstante sus contradicciones lo mantiene unido su obsesión por el poder y los privilegios que de éste derivan.
De ahí la importancia de construir un frente lo más amplio posible contra al grupo en el poder, los saqueadores del país y los causantes del derrumbe económico y social que hoy padece México; de reconocernos como parte de los oprimidos y como tales encontrar las formas que nos permitan alcanzar una vida digna, en paz, con libertad e independencia.
Vayan, pues, estas líneas, como reconocimiento y un modesto homenaje a la valiente lucha de los jornaleros agrícolas del Valle de San Quintín, Baja California.
*Alfonso Díaz Rey es miembro de la Constituyente Ciudadana Popular de Salamanca, Guanajuato.
Foto de portada: Selene Pacheco / Cuartoscuro.
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