SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 13 de julio de 2017
Hace algunas décadas, el pediatra, filántropo y autor del libro “En defensa del niño maltratado”, Vicente J. Fontana, nos urgía a colaborar en la atención de los niños (la palabra se refiere también a las niñas) que viven abuso, abandono o negligencia. ¿Por qué? “Porque tus hijos van a tener que vivir y crecer con los niños que han sido mal tratados”, decía Fontana, “y su estilo de vida tiene que ser mejorado o tus hijos también sufrirán”.
Su advertencia no fue considerada suficientemente y terminó convirtiéndose en una sentencia que nos ha alcanzado. Aquellos niños que ayer fueron maltratados y que nadie protegió, son los adultos altamente destructivos con los que convivimos hoy. Ahora nosotros y nuestros hijos convivimos con las respectivas generaciones de niños maltratados y sus consecuencias: impulsividad, daño, odio y resentimiento que urge ser expresado.
Es sabido que el maltrato a la infancia trae como consecuencia adultos sumisos, desestructurados, insensibles, indolentes, destructivos (consigo mismo o con los demás), y esto no como un destino, sino como una posibilidad proporcional al grado de maltrato y a la desprotección. Posibilidad que se reduce si en su camino encuentran un entorno y una o más personas que ofrezcan un ambiente y una relación de respeto y amor y que valide su dolor, permitiéndole dar un sentido a su experiencia.
Este mes, casa cuna Amigo Daniel, A.C. cumple 30 años de cruzarse en el camino de niños y niñas menores de seis años de edad en situación de maltrato extremo.
En ese lugar se puede ser testigo del potencial que tiene el ser humano para la destrucción y para la solidaridad: por un lado, padres herederos de las carencias parentales y materiales de sus antecesores, destruidos en sus mecanismos de amor, empatía, apego, consideración y protección que los lleva a convertir a sus hijos en receptáculo del estrés, del dolor, del resentimiento y la desolación acumulada a través de su vida.
Por otro lado, educadoras, enfermeras, psicólogas y demás personas con brazos fuertes para proteger y sostener, suaves para acariciar, rítmicos para acunar, firmes y tiernos para disciplinar, brazos que siembran y dan calor y favorecen la resiliencia y el bienestar. Voluntarias y voluntarios que aportan lo que tienen para con estos niños: tiempo para atenderlos, donativos en efectivo y en especie para el sostenimiento de la operación.
Durante tres décadas Amigo Daniel, A. C. ha sido punto de encuentro entre personas lastimadas por la violencia, el desamor, la carencia y la indiferencia de una sociedad y un Estado que no fue capaz de protegerlos del abuso vivido en su momento, y que ahora pareciera que no tienen más remedio que vengarse, de manera voluntaria o involuntaria, con sus propios hijos (o con quien se les ponga enfrente). Y personas con capacidad para respetarse y respetar al prójimo; para cuidar de sí y de los otros; para ver por sus hijos y por los hijos de los demás.
30 años de ser un lugar que promueve la resiliencia humana. Una oportunidad para el re-aprendizaje de pautas de crianza positivas. Una oportunidad para aportar, de manera organizada, lo que nos corresponde a todos los miembros de la comunidad para hacer de esta, un mejor espacio para vivir.
Un lugar que nos recuerda que para ser humanos necesitamos tratarnos bien, compartir nuestros recursos, vivirnos como iguales, ser luz para los demás. Una institución que existe gracias a la responsabilidad social de mucha gente que se vuelve más gente gracias a la participación activa con la institución. Enhorabuena sociedad civil en acción constante. Enhorabuena a la labor anónima de decenas de profesionales miembros de una institución que ha logrado atender a más de 2 mil víctimas de malos tratos.
* Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Pixabay.
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