SOMOSMASS99
Jeremías Ramírez Vasillas
Lunes 30 de octubre de 2017
Nació en la Ciudad de México. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UNAM. Ha participado en diversos talleres literarios de cuento con Guillermo Samperio, Alberto Chimal y Oscar de la Borbolla; poesía, con Óscar Wong, Ricardo Yáñez, Sergio Mondragón y Rocío Cerón; novela, con Ana Clavel; y dramaturgia, con Ricardo Pérez Quit.
Ha publicado tres libros de cuento: Arañas en el silencio minificciones (Ediciones La Rana, 2011), La rebelión de la memoria (Editorial Cuatro Gatos, 2013) y El guerrero, la doncella y otras estatuas (Ediciones La Rana, 2014). Ha participado en 14 antologías de cuento y minificción.
Fue ganador del concurso de cuento brevísimo de la revista El Cuento, No. 134 (1997). Finalista del 4o. Concurso Internacional Caza de Letras, de la UNAM (2010). Becario del Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato (2012). Y ganador del XXII Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández, 2013.
En cine, fue becario de IMCINE en el 2005 para la escritura del guión de largometraje La sonrisa de Adolfo y ha escrito varios guiones de corto, de los cuales dos han sido llevados a la pantalla. Ha dirigido 6 cortometrajes, con los cuales ha ganado dos premios nacionales y ha participado en varios festivales nacionales e internacionales, dentro y fuera de México.
Mujer, Cuadro y Desierto [1]
En la casa donde trabaja Lucía hay un cuadro en el que un hombre camina solo por un desierto. Todas las tardes, después de hacer su trabajo doméstico, Lucía se sienta a mirar a ese hombre al que sólo le puede ver la espalda y parte de su cara. La aridez del desierto contrasta violentamente con el verdor del jardín de la casa. Entristecida por el destino del hombre, llora en silencio. Entonces, cree percibir una ligera inquietud en esa figura inmóvil y siente que en cualquier momento él va a girar la cabeza para mirarla. Pero, el hombre del cuadro camina, en medio de esa soledad inmensurable, sin que nada perturbe su decisión de avanzar y, aunque a ratos siente que alguien lo observa y tiene el deseo de volver la mirada, no lo hace; eso –se dice– es una locura, pues no ha visto nada aquí, ni alimañas que suelen habitar en estos inhóspitos lugares, sólo la arena reseca que le quema las suelas de las botas. De cualquier manera, hay momentos cuando cree, con firmeza, que si cediera a la tentación, se encontraría con una mujer sentada en una silla en el centro de un cuarto, que lo observa entristecida y llora.
El Soldadito de Plomo [1]

No fue lo frío ni lo cojo –dijo la bailarina de papel–. La verdad, lo abandoné porque era un pesado.
El Jinete [1]

Era el mejor caballo: negro, reluciente, de musculosas patas que se alzaban poderosas en su ligero galopar. subía y bajaba devorando el horizonte. Con un animal de esta estirpe, él tenía que ser el mejor jinete, el más extraordinario. Y lo fue… hasta que el carrusel se detuvo.
El Escultor [1]

No se muevan –gritó el escultor a su obra–, ahorita regreso.
La Inmortal [2]

Era sólo una frágil vasija de barro. Le pidió al dios de las vasijas que la volviera inmortal. Le concedió el deseo, pero no notó cambio alguno. Siguió sirviendo para los mismos menesteres de clase obrera: tazón de leche, vasija de agua y, a veces, recipiente de alimento para el gato o el perro. Se olvidó de su deseo.
Un buen día, la dejaron mal acomodada y se resbaló del estante en donde dormía después de la jornada. Vio cómo se acercaba al suelo y en su imaginación oyó el canto de su cuerpo de barro cuando se hiciera pedazos en el suelo, pero cuando chocó contra el piso el sonido que le llegó fue el de un golpe sordo y su cuerpo rebotó como una pelota. ¿Era inmortal? La respuesta retumbó en su conciencia: sí. Era de plástico irrompible. Lloró.
El Director de Orquesta [2]

Era un director singular, casi un mago. En su batuta tenía el poder de producir notas: al moverla iban saliendo de la punta y las iba colgando en los instrumentos. Notas pequeñitas y brillantes en los violines; más densas y oscuras, en los cellos; pesadas y gordas, como bolas de esponja o estambre, en las tubas y los contrabajos; redondas y duras en los timbales; delgadas y transparentes en el xilófono y el arpa…
Cuando suspendía su batuta en lo alto, todas las notas se quedaban quietas, calladitas, expectantes. Cuando la bajaba de golpe para iniciar el concierto caían como gotas de intensa lluvia.
Cuando el concierto terminaba, un reguero de notas inservibles, tenían que ser recogidas por el personal de limpieza. Siempre era lo mismo con este director. Más de dos horas tardaban en recogerlas todas. Y los botes de la basura no dejaban de sonar toda la noche.
Al Piso Número 6 [3]

Entró al elevador. Vio el tablero y le sorprendió que al final de la lista estuviera el símbolo de infinito. ¿Era una broma? La curiosidad le ganó y oprimió la tecla. El elevador empezó a subir, al principio, igual que cualquier otro, pero el zumbido (que hacen todos los motores eléctricos) se fue agudizando más y más y más y sintió como el piso vibraba y las hojas de metal de las paredes se sacudían como las láminas de un camión destartalado. Cuando el zumbido se hizo agudo y el trepidar intolerable y creyó que sus oídos iban a reventar, el elevador empezó a detenerse. Cuando se abran las puertas, pensó, veré el mismo paisaje que ve un astronauta. De pronto sintió un empujoncito en su espalda.
—Señor, ¿ya se le olvidó a qué piso va?
Giró la cabeza y descubrió una hermosa muchacha detrás de él que lo observaba con impaciencia. En los brazos sostenía una enorme pila de carpetas.
—Yo voy al 6 ¿me hace usted el favor?
Asintió. Estiró la mano, pero antes de oprimir el 6, observó que la última tecla estaba marcada con el número 8. Sin dejar de observarla, giró su cabeza 90 grados y vio de nuevo el símbolo de infinito.
[1] Cuentos tomados del libro Arañas en el silencio: minificciones, ediciones La Rana. México, 2011.
[2] Cuentos tomados del libro El guerrero, la doncella y otras estatuas, Ediciones La Rana, México. 2014.
[3] Cuento tomado del libro Seis formas de esperar el fin del mundo, en proceso editorial.
Fotos de interiores: Pixabay.
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