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Pedro Omar Rivera
Miércoles 28 de febrero de 2018
Pedro Omar Rivera estudió filosofía y creación literaria. Publicó el poemario El ser del sur (Página 2003, Orval 2012), y en 2014, el libro de fotografía y poesía Intuiciones de lluvia (Mar de Nombres). Es antólogo, junto con José Manuel Ortiz, de El Tótem de la Rana. Catapulta de microrrelatos (BUAP, 2017). Ha colaborado en las antologías de cuento y poesía LECTURES DU MEXIQUE Nouvelles et microcrédits AUTERS MEXICAINS DU XXI e SIÈCLE (Lectues d’Ailleurs, 2014); Es tiempo de más: algunos poetas del tercer milenio (Nutilium, 2013), Las Voces del Péndulo (Gobierno del Distrito Federal, 2007); Nos perdimos un lunes (El Péndulo de Babel); Alebrije de Palabras (Benemérita Universidad Autónoma de Puebla); Feria de realidades (Ediciones La Rana, 2013), y en diferentes revistas como Revés, CODA, y la revista de filosofía Sendas. En 2012 dirigió y produjo el proyecto de fotografía y literatura Mis ojos hablan de ti. También escribió canciones para el disco homónimo de Nación de Radio y para los discos Simetría (2007) y Tiempo fractal (2013), de Johny Karvan. Es director de la editorial Mar de Nombres.
El secuestro de la ciudad

Desde la mañana de ayer cerca de doscientos objetos voladores flotan al norte de la ciudad. Sus cubiertas multicolores se suspenden en el cielo, hacen que la nata gris que arropa a la urbe ahora también tenga manchas de colores mugrosos y anuncios de marcas que sólo aparecían en televisión. Miles de personas han llegado desde diferentes regiones del país y se han asentado cerca del lugar de la aparición. Aunque se sospeche que en cualquier momento aquellos cuerpos flotantes puedan explotar o caer en las cercanías, a la gente parece no importarle. Incluso, hay quienes pagan para estar más cerca y no pocos entregan enormes cantidades de dinero con tal de subir en ellos durante algunos minutos.
Algo extraño sucede: no acababa de amanecer cuando los adultos salieron de sus casas rumbo a los centros comerciales, tiendas de autoservicio y otros lugares donde pudieran deshacerse de su dinero, o asegurarse de que el dinero que aún no tienen se lo podrían entregar de a poco, pero irremediablemente, a bancos e instituciones financieras. Corren, se arrebatan artículos, pelean contra familiares, amigos o desconocidos con tal de comprar lo que les sea posible. Salen de las tiendas con la sonrisa congelada, los más desafortunados lloran, gritan y maldicen por no adquirir lo que con tanto empeño habían deseado, se lamentan inconsolables junto a escaparates o exhibidores donde sólo quedan etiquetas.
Los niños, preocupados por la salud mental de los adultos, han comenzado a tomar medidas preventivas en sus casas. Se han resguardado en habitaciones bajo llave por el temor a que sus padres tomen represalias por no haberles ayudado a apartar algún electrodoméstico o un par de calcetines al menos. Se van a dormir temprano, apagan las luces tratando de no hacer ruido.
Se entenderá que el tránsito vehicular ha incrementado de forma incontrolable, los conductores tocan las bocinas de sus autos temblando de coraje, rebasan con violencia, cierran el paso a cualquiera que trate de integrarse en su carril. El número de choques y atropellados en dos días ha rebasado el promedio anual del estado.
Anoche la ciudad ya era otra. El ruido era insoportable, hileras interminables de gente y de autos escandalizaban en las calles, cambiando el sentido regular de las avenidas, aparecieron estacionamientos que antes no existían en predios baldíos y campos deportivos. Cerca de las seis de la tarde, gran parte de la población comenzó a movilizarse en líneas continuas que imitaban el camino de las hormigas, pero a diferencia de éstas que siempre van silenciosas, hombres y mujeres gritaban por la calle sentencias en las que anunciaban que estaban dispuestas a lo que fuera para acabar con sus oponentes. Aquellas filas, como arroyos que desembocan en el mismo río, se dirigían a un punto de encuentro: el estadio de futbol.
Aún faltan dos días para que termine el gran fin de semana y ya no hay lugar en donde resguardarse. La ciudad ha sido secuestrada, los pocos habitantes que decidieron escapar han creado caminos alternos para salir de la zona urbana. Temen que en poco tiempo las provisiones de los consumidores ya no sean suficientes y comiencen a comerse entre ellos mismos.

Fotos de portada e interiores: Pixabay.
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