SOMOSMASS99
Víctor Corona*
El gol de Iniesta
– ¿Se siente más triste o deprimido?
– No lo sé.
– ¿Tiene más ganas de llorar o de no hacer nada?
Siempre preguntan lo mismo. Es igual lo que contestes. Al final, siempre acabas con una receta y con el diagnóstico de depresión ansiosa. Esta vez me tocó una dosis de Citalopram al día y por la noche algo de Lorazepam. Si el cuerpo se resiste, hay que doblar la dosis.
Antes de comenzar el tratamiento me meto en un bar para despedirme de la cerveza por un tiempo. O al menos fingir una despedida porque será difícil prescindir de la felicidad momentánea del alcohol, que no se encuentra en ninguna pastilla. Mientras el camarero llena la copa, insultántemente fresca en una tarde de Barcelona que casi llega a los cuarenta grados, recuerdo las palabras de la psiquiatra. Pensar en un momento de felicidad.

En el año 2002 el Barcelona acarreaba 9 derrotas seguidas. Estaba a punto de bajar a segunda división. Tenía que ir de visita al estadio del Atlético de Madrid. El partido fue desastroso. Le endosaron 3 goles. Recuerdo un escuálido niño Torres que se escapaba de uno de los hermanos De Boer como si se tratase de un cono de entrenamiento. Me acuerdo también de la cara de desesperación de Mendieta, que no entendía cómo podía estar pasando todo aquello. La hinchada colchonera cantaba: a segunda, a segunda. Ese día me hice culé, es decir, seguidor apasionado del Barça.
Volví a Barcelona en el 2003. Mi llegada pasó desapercibida, como la llegada de miles y miles de latinoamericanos que venían a ganarse la vida a una ciudad en la que el trabajo abundaba. En ese año también llegó Rafael Márquez, Ronaldinho y Frank Rijkaard. Con ellos tres poco a poco el equipo ganó seguridad en ataque y en defensa. Mientras Rafa, permítanme que lo llame así, se daba a conocer como un central con buena salida, firme en defensa aérea y buenas incorporaciones al ataque, yo lo hacía como el peor de los camareros: se me caía todo, daba mil vueltas, no conocía el nombre de las bebidas, me equivocaba al cobrar… Sin embargo, en ese entonces el trabajo no faltaba y seguía haciendo mis progresos, gracias a la paciencia de patrones y clientes. Rafa también iba progresando. Frank lo adelantó un poco como medio de contención de la misma forma que el patrón de la pizzería, harto de mí en el comedor, me invitara a pasar a la cocina. Descubrí una habilidad insospechada.
El Barça se había alejado de esa imagen de derrota que había conocido. Y yo, poco a poco, también me iba encontrando mejor en una ciudad que al principio me parecía indomable. Conseguí entrar a un doctorado y, poco tiempo después, conseguí una beca para estudiar. Aún alucino. Me pagaban por aprender. Supongo de la misma forma debía alucinar Ronaldinho cuando, salvando las distancias, veía su cuenta de banco y recordaba la magia que nos brindaba en el campo.
Felicidad. Recuerdo esas noches de invierno húmedo en las calles de Sant Andreu con los bares a reventar. Martes o jueves en las que la gente llegaba directo del trabajo a pedir una cerveza y un bocadillo de butifarra para ver si el Barça lograba seguir adelante. Así, como si fuese cualquier cosa, llegó una Champions League en el 2007.

Creo que Rafa ya había cambiado de esposa. Creo que a Ronaldinho ya lo comenzaban a ver gordo y decían que iba de putas. A Eto’o lo querían echar pero no pudieron. A Deco, de mirada triste, sí que lo despacharon. Pero había llegado un duende llamado Messi y la historia ya es por todos conocida. Yo, por mi parte, ya estaba lejos de las cocinas. El doctorado me había permitido viajar y conocer. Aunque extrañaba mi casa y mis orígenes, el barrio de Barcelona comenzaba a ser el mío. Quizá la gente veía a un sudaca más pero yo no era consciente. Estaba contento. Aquel dolor que punzaba en el lado izquierdo ya había sido olvidado y en cambio había encontrado el amor de una forma que pensaba que no existía. Sereno pero intenso. Tardes de playa. Batallas aguerridas de parchís. Sesiones de sexo a mediodía.
Con esta armonía llegó Guardiola al equipo. Con él la perfección y el odio más recalcitrante de mis amigos merengones hacia el Barça. Jode la perfección. Era el principio del verano de 2009 y el Barça se había complicado el pase a la final de la Champions. A pesar de haber hecho un buen partido en el Camp Nou no logró pasar del empate. En la vuelta en Stamford Bridge se adelantó el Chelsea. El Barça jugaba mal. El arbitro no vio, o no quiso ver, jugadas que hubieran condenado al Barcelona a la derrota. Los bares estaban llenos. La gente estaba nerviosa. Yo estaba con un grupo de amigos. Todos en silencio. Todos jodidos. Y fue entonces, cuando en el minuto 94, a pase de Messi, Iniesta, fuera del área, dio un zapatazo a una pelota que se incrustó en el lado izquierdo de la portería de Cech. Sólo recuerdo gritos y que nos abrazamos todos. Nos dimos besos. Creo que hasta alguien me tocó el culo. Daba igual. Felicidad. Momento de felicidad.
Entonces no había ansiedad. Entonces no había preocupaciones. Incluso aún España se negaba a aceptar la crisis y el presidente decía que estábamos en la Champions de la economía. ¿Cómo acabó todo? Evidentemente el Barça ganó esa Champions y en el 2011 otra. Pero para entonces para mí las cosas ya no iban a la par con el equipo. A Ronaldinho se le acabó la magia y empezó a rodar como hierba seca. A Rafa las lesiones lo acabaron y también se fue. A Frank lo acusaron de ser demasiado flexible y bueno. A Guardiola se le acabaron las ganas de ganar. La ilusión de ganar.
Mi niña nació en 2011. Poco después, en 2012, acabé el doctorado. Con Anna embarazada de 7 meses, me echaron de mi trabajo. Me echaron de mi trabajo en un momento en el que eso era lo más normal. En una España totalmente en crisis. Ya no tenía 24 años. Ya no había bares que aceptaran a cualquiera. Equivocarse, huir, ya no formaba parte del libreto. Fui a las oficinas del INEM con un título de doctor en didáctica de la lengua, con más vergüenza que otra cosa. Me ofrecieron ser recolector de productos tóxicos en una planta nuclear. No me sentí preparado.
Y entonces volví a México. Y luego México me devolvió a Barcelona. Y luego Barcelona me envió al norte.

Y vinieron las largas noches de insomnio. Y también las visitas semanales al doctor en busca de una respuesta. ¿Qué es lo que tengo? Diarreas, dolores y fiebres. Se me borró la sonrisa y en su lugar aparcó el miedo. Miedo al dolor y a la muerte. A la vulnerabilidad. Ni el futbol ni la alegría de los niños. Tristeza profunda que ni los excelentes partidos de Messi o Neymar pueden hacer olvidar. Pastillas y pastillas. Enfermedades del alma, enfermedades del primer mundo. Ni una sombra queda de aquel morro de la Indeco que llegó a Madrid con 50 euros, sin ropa, sin comida y sin futuro, pero estúpidamente feliz. Son sus nervios, señor, son sus nervios. Lo repiten todos, como letanía. Pero el dolor no para. Pero la tormenta no amaina.
Mi cerveza se ha acabado y sé que tengo que salir.
En el telediario veo la noticia que Iker Casillas ha dejado el Madrid y se me llenan los ojos de lágrimas.
¿Es tristeza o depresión?
El sol castiga como siempre afuera del bar. Todos lucen bellos en la calle, con minifaldas, pantalones cortos o sandalias
No sé a dónde ir, no sé si correr, si quedarme de pie, si sentarme, si gritar, si saltar, si llorar o simplemente desaparecer.
¿Es ansiedad, es obsesión? ¿Es melancolía o nostalgia? ¿Es la realidad o el comienzo de la locura?
* Víctor Corona estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato y el doctorado en la Universitat Autònoma de Barcelona, España. Actualmente es investigador en la Universitat de Lleida.
Fotos de portada e interiores: One Football.
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