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De tartas y enchiladas

Diálogo País / Top News / 10/09/2018

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ÚLTIMO PISO

Gwenn-Aëlle Folange Téry*

Lunes 10 de septiembre de 2018

 

Tengo, para mis hijos, un cuadernito de recetas de cocina.

En la página de la derecha escribo la receta, en la de la izquierda alguna anécdota o explicación de porqué pienso que esa receta se debe transmitir.

Tiene una que otra calcomanía pegada por ahí, recetas con letra de mi papá y muchas, pero muchas, hojas en blanco.

No que no cocine mucho, pero es un cuaderno especial para recetas especiales: el arroz que hacían en casa de mi suegra, el postre de cuando uno de nosotros cumplió 20 años, el panqué de mi infancia y así.

Hace unos días, decidí hacer otra fuente de sabiduría que quiero transmitir. Sabiduría porque es algo que yo sé, fuente porque la quiero río más tarde y transmitir porque pienso que para eso sirve la sabiduría, para compartirla.

Esta vez decidí usar fichas que luego voy a juntar con algunas argollas. Me puse, muy mona, a recortar mis hojas de papel para acuarela, 11.5 X 15 cm, porque mis claves las comparto haciendo dibujitos,  y empecé.

Claro que en la primera hoja descubrí que iba mal. Había imaginado mis dibujos muy grandes y entonces no había lugar para explicar con palabras y letras. Decidí usar esa hoja como borrador. Hice rayoncitos con varias plumas, escogiendo dos, y definí el tamaño de la ilustración en comparación de lo escrito.

Y ahí fue donde me di cuenta.

No podía escribir en francés. Porque si el objetivo es transmitir, se tiene que ser lo más claro posible. Y aunque en la familia todos hablamos francés, parece ser que los allegados no lo harán. Y si seguimos como vamos, la familia se va a quedar en México.  Y entonces, igual que yo no hablo bretón, mis nietos no hablarán francés.

Parece nada. Una decisión de estilo, no de fondo.

Pero lo estoy viviendo como un desgarre profundo.

Mi familia va a perder un rasgo que le da identidad. Una de sus raíces.

No importa, dices.

No mides lo que está pasando.

Alrededor nuestro oímos hablar de migrantes todo el tiempo, los vemos en las noticias, en las esquinas de las avenidas, en los nombres de algunas tiendas: los sirios que huyen de las bombas, los congoleses que huyen del hambre, de la fuerza política de su país, de la violencia, los latinos que intentan entrar a los Estados Unidos, los venezolanos que intentan llegar a dónde sea, con tal de salir de su país, los magrebíes que entran a Francia, vamos, la lista es interminable.

Y muy doctos decimos: Qué bueno que los acojan, ojalá  se queden allá -Allá no acá, mucho cuidado- y ojalá se integren.

Y te da gusto cuando entrevistan en la tele a uno que ya habla inglés, a una que ya se inscribió a la Sorbona  y a la familia alemana que acoge en su casa a varios refugiados.

Criticas a los que usan, en el país que les da cobijo, algún signo étnico evidente, o a los que crean su colonia, onda barrio chino en el centro de la CdMx, ghetto en Nueva York  -no, en Varsovia, no- o campamentos en Lille.

Te urge que se in-te-gren.

 

Y entonces mi familia se está integrando.

Yo les hablo en francés a mis hijos y ellos contestan en español. Comemos ricas enchiladas preparadas en casa por mí y rica Tarte Tatin, hecha por mí también. Ellos saben moverse por todos lados en México, como mexicanos… que son.

Supongo que ellos, mis hijos, serán la generación que se funda dentro de México.

Y eso es bueno.

 

Pero…

Te voy a hablar de mí, para variar, con ese gran Pero que te puse aquí arribita.

Yo no sé hablar el idioma de mis ancestros, el bretón.

No sé bailar los bailes de mis ancestros.

Vamos, no sé cocinar lo que cocinaban, no conozco Bretaña, mi bretonitud es de libros, de leyendas y de ideas, no de hechos.

Y me rehúso a ser francesa, sólo francesa. Como tú te podrías rehusar a ser mexicano sin ser otomí o a ser mexicana sin ser chilanga.

Sí, me da gusto aprender palabras en náhuatl, en totonacú. Me llena de satisfacción cortar la hoja de plátano para cubrir la cochinita y lucir blusas bordadas de Oaxaca.

Pero éstas no son mis raíces. Mi mexicanidad no tiene cimientos.

Me comentó una amiga mexicana que se fue a vivir a Bretaña que uno de sus hijos ha decidido aprender  bretón. Y me dio gusto. También envidia bien verde, bien fea. Y algo de desasosiego.

Porque está pasando allá lo que acá: nuestros hijos se están integrando.

 

Qué bueno que los irlandeses que llegaron a Nueva York se adaptaron, que los descendientes de franceses de San Rafael, Veracruz, hablan en español  y que los españoles de Irrigación, CdMx, ya no cecean.

Qué bueno que dentro de unos años los venezolanos cambien su tonadita al hablar por la de Perú, México o Colombia.

Y sí, qué bueno que nos estamos integrando, somos de aquí. Pero también estamos perdiendo nuestra identidad, nuestra historia: estamos desapareciendo.

Si no sabes cómo le decía tu abuelo al suelo, cómo dirigía su barca, cómo eran sus libros, desapareces.

Si no sabes qué hierbas le ponían al caldo en tu pueblo, cómo se borda el punto de relleno, cómo se baila en días de fiesta,  desapareces.

Si no sabes pronunciar tu nombre como lo hubiera hecho tu tatarabuelo, o si cambiaste tu apellido.

Y si no sabes cómo se dice Te quiero en tu idioma ancestral.

Saber, de vivencia, no de Leído en un libro.

 

Y todo eso sentí al escoger un idioma para mis fichitas.

Y sí, la globalización me parece algo bueno, sí, hay que acoger a inmigrantes, a refugiados, ha de haber manera de ayudarlos. Y sí, se vale mudarse, decidir que la felicidad se alcanzará en otro país, aunque tengas la suerte de no ser perseguido en el tuyo.

Y sí, hay que esperar integración al país, a la cultura que  recibe al inmigrante.

¿Pero a qué precio?

 

Te dejo la liga para una canción. Está en francés y dice más o menos así:

Me gusta la gente que es de algún lado, y llevan en su corazón una ciudad o un pueblo en el que podría encontrar su camino en la oscuridad.

Y luego dice: Cuando se vacía el último vaso, en los bares de Adelaida, se nos vacía el corazón también, al pensar en nuestra tierra.

 

Es de Jacques Debronckart.

Viejita.

Pero eso siento a veces. Se me vacía el corazón.


* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.

[email protected]

Fotos de portada e interiores: Pixabay.






Luis López




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1 Comentario

el 10/09/2018

Obvio me llegó, me pegó, me dolió y aún así me sonrió porque al «perder» todo eso, lo he transformado en un algo muy mio y he creado mi familia! A que costo? No lo sé, pero sí sé lo que tengo ahora y no sé lo que perdí, ya no me hace falta



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