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NOPALES Y HORTENSIAS
Carla Martínez*
Lunes 10 de septiembre de 2018
Vivir en el extranjero me ha ayudado a comprender con mayor profundidad cómo no existe un sólo México.
Nuestros Méxicos: el tuyo, el mío, el de ellos, se empalman uno sobre otro y dan la impresión de ser uno sólo.
Cantamos el Himno Nacional o el Cielito Lindo, comemos tacos, amamos comer chile. Estamos lejos y aprendemos a hacer tortillas, hablamos con orgullo de la gastronomía mexicana.
Pero eso no quiere decir que vengamos del mismo país.
Me explico. Viviendo acá en Francia he conocido muchos mexicanos. Sea en vivo y directo (pocos acá en provincia), sea en grupos en redes sociales. Estando uno lejos de casa, busca compartir palabras, ideas, recuerdos… Y me ha sorprendido mucho que algunos de estos paisanos extrañaran el sistema de salud en México.
Claro que no el sistema de salud público. No. Hablan de costosos hospitales privados. Que yo no conocí. Con la pena, les quedo mal.
Desde mi adolescencia, mis papás dejaron de contar con los recursos para ir a un hospital privado. Crisis tras crisis, épocas sin trabajo… Sí que íbamos en esa época al médico privado de la colonia, esos médicos a los que acuden muchas personas por ir rápido, como si fueran todólogos y que no siempre tienen las respuestas que tendría un especialista en una estructura más formal.
Como adulta ya ni para eso me alcanzaba.
Afortunadamente, durante mi primer embarazo vivía en la Ciudad de México en la época en que se empezó a implementar la gratuidad en el sistema hospitalario de la Secretaría de Salud para todos aquellos que no contábamos con seguro médico de ningún tipo. No IMSS, no ISSSTE, nada. Yo trabajaba como profesora en una pequeña preparatoria privada. Obviamente en negro, sin seguro, sin hoja rosa, sin vacaciones pagadas. Re-contratada anualmente, en precariedad laboral total.
Casi por azar, cuando mi test de embarazo dio positivo, fui a dar a un Centro de Salud en mero centro de la Lagunilla, ese barrio de reputación tan poco glamorosa, cerca del Zócalo de la Ciudad de México.
Y ahí me explicaron que podía inscribirme en el programa de gratuidad que me permitiría no pagar mis consultas ni la atención por mi parto, siempre y cuando fuera en el sistema de salud pública de la Ciudad.
No puedo quejarme, porque más allá de todo, en todos lados conocí gente humana que intentó ayudarme. Médicos, enfermeras.
Pero los absurdos en estos hospitales que son más humildes y pobres que los del seguro, son olímpicos.
El día de mi primer parto, no había camilleros en todo el hospital (el antiguo Hospital Juárez de la Merced). Y casi no había enfermeras. Se habían ido al concierto gratuito de Chayanne en el Zócalo. Qué bueno por ellos, pero no había más. Y tras una cesárea es realmente complicado pasarte sola a una camilla…
Y eso es en la capital.
En los Estados, en los pequeños pueblitos, la cuestión kafkiana se pone todavía más loca.
En el pueblo al que me mudé para que mis hijos no crecieran en la caótica capital mexicana, hay sólo un humilde centro de salud.
No hay ambulancias.
Eso sí, hay varios médicos privados. Cuervos les diría yo. Porque en el pueblo, aún las personas con recursos económicos están encerrados cuando se enferman. La ciudad más cercana es Pachuca, y llegar ahí, en coche, con tu enfermo de emergencia no es fácil. Así que claudicas y vas con uno de estos matasanos que se adueñan de esos pueblitos con su pretendida sabiduría y disfrutan humillando a la gente por su edad, por su falta de estudios… y a la vez, actúan como salvadores de los humildes. Es un panorama tan extraño, tan bizarro.
Hace casi dos años, una de mis tías, de las personas que más me han ayudado en la vida, murió. En el Hospital General en Pachuca. Yo no pude llegar a despedirme. Mandé dinero para el velorio. Es uno de los golpes más duros de la vida como migrante. No llegar a los funerales.
La cosa es que ella estaba muy mal de sus huesos. Cuando empezó a padecer osteoporosis, no visitó reumatólogos, careció de orientación médica adecuada. ¿Cómo iba a tenerla, si jamás tuvo acceso a seguro social? No había un seguimiento del adulto mayor. No había nada.
Así que su movilidad se fue mermando y a mi familia no le quedó alternativa más que seguirla llevando a revisión con un médico particular recientemente instalado en el pueblo. Las cosas tan feas que le llegó a decir a mi otra tía sobre cómo iba a morir su hermana. La poca empatía que tuvo con mi tía que ya no quería más sueros. Dos veces padeció gastritis medicamentosa intensa, porque a falta de seguimiento adecuado, tomaba muchos calmantes para apaciguar su dolor.
Pero eso no la mató. Ni la debilidad.
Se le pudrió una pierna.
El médico jamás le hizo caso a mis tías, diciendo que el pie de mi tía enferma se enfriaba y se enfriaba.
Las cosas degeneraron muy feo. Mi hermana tuvo que llevar a mi tía al hospital casi contra su voluntad.
Y falleció ahí.
Ese es un caso cercano. Me duele escribir al respecto.
Estos casos se repiten y repiten.
Para las personas que cuentan con seguro social, la cosa no es mucho mejor.
Y se habla de déficits, de deudas de los institutos nacionales de salud.
Honestamente, qué nos importa.
El dinero se descuenta de los sueldos. El IVA se cobra puntualmente.
Y nuestra gente, nosotros, nos morimos sin acceso a la salud.
Yo no digo que acá en Francia el sistema de salud sea perfecto. Tiene unos huecos enormes y el afán neoliberal del gobierno de ahorrar reduce un sistema que a la salida de la Segunda Guerra proveía una salud de calidad a sus habitantes.
Pero existe. Todavía existe un sistema público de salud aproximadamente funcional.
Y yo sigo sorprendida de personas que extrañan el sistema de salud mexicano.
Y cómo podemos añorar países diferentes. Vidas distintas. Muchos Méxicos, quizá todos enfermos.
* Carla Martínez, además de contar historias como migrante internacional desde la Bretaña francesa, ha sido ghost writer durante años y actualmente es redactora de contenido para una empresa española.
Imagen de portada: Centro de Salud de Actopan, Hidalgo. | Foto: Secretaría de Salud de Hidalgo.
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