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Cuando fui niño

Para Ver, Oír y Comer / Top News / 14/09/2018

SOMOSMASS99

 

Jack*

 

A mi amiga Nadya Alcalá, no sólo por su cumpleaños, sino porque constantemente me anima, me apoya y me empuja, pese a mi inseguridad, a seguir adelante.

 

Cuando fui niño

Cuando fui niño tenía una habitación que me gustaba mantener llena de estrellas.

Metía una a una en una pequeña ánfora. Luego, gustaba de encerrarlas. No quería perderlas. Giraban. Se sacudían como campanas o como luciérnagas –apenas perceptibles– en torno a ese pequeño espacio de variedad gradual e inexistente. Seguían al pie, al margen, la espiral imaginaria del universo –mi universo–.

Luego venía el invierno. Las hundía en su frialdad o las ahogaba, dejando limpio de linajes y especulaciones, la atmósfera.

La noche caía plena, rebosante. La luna mostraba, en ocasiones, el indicio de un sagrado manto que le cubría y le rodeaba. A veces llena. A veces nueva. A veces carmesí. Disfrutaba tanto el contemplarla como contar coches de color rojo o ver la lluvia al caer.

Las luces del alba aparcaban silenciosas. Merodeadas por la sensación, a veces de alivio, otras, de aislamiento.

Para abril, volvía a escuchar sus voces. Eran abrumadoras, desafiantes, inciertas.

Parecían entran en duelo interminable. Como objetos interlineales que escapaban de espacios contiguos para fundirse en el espacio de lo finito.

Un cuadro limitado para las ondas de la percepción y la memoria.

Para el olor, el color a los ojos de los hombres.

Cuando era pequeño, esos cuadros y sus contrastes me azoraban. Queriendo no eternizarlos, la oscuridad que guardaban los hacía viejos, de alguna manera inolvidables.

A veces de noche, escuchaba los trenes partir.

Me alegraban. Sonreía.

Los escuchaba alejarse entre andén y andén con su chu-chú… chu-chú…

y el esplendor en el cielo, al arrojar el grueso filamento de su humo, creando formas, figuras sin constelaciones.

Escuchar los trenes al pasar, partir, era como crear una oración momentánea. Una estación. Una especie de refugio, de plegaria o de ritual que me guiaba junto a mis hermanos a un mundo que entonces considerábamos si no eterno, sí una especie de sueño que juntos parecíamos tejer. Una escalera al cielo que se situaba junto a los cuadros, las estrellas, las constelaciones.

En cohesión, viajaba por los confines del universo, esa brumosa masa de consistencia etérea que no llevaba a ningún lugar, pero que igual, funcionaba como medida de distracción, a veces para escapar del mundo, otras, para volver.

Cuando era niño tuve un auto sin ruedas que alguna vez quise dejar escapar y que, alguna vez, hice el esfuerzo por obligarle a rodar. Caía cuesta arriba, en duelo. En contra de los principios de la gravedad.

¡Perdón!, es que la situación económica que entonces atravesaban mis padres no me permitía albergar autos con ruedas ni aviones que pudieran volar más allá que los creados dentro de mi propia miseria de nombre imaginación.

Nunca comprendí sus formas, ni las leyes ni su mundo. El carácter impreso en un abrazo, en una palabra. Él, la sonrisa fingida para intentar sobrevivir. En la emoción contenida. Creía entonces que un abrazo o un beso podían curarlo todo.

Nunca me hallé bien con la física, ni con sus reglas absurdas, aunque para entonces tampoco me resultara posible rechazarlas del todo. Pero eso sí, me agradaba perderme en la corriente de la contrariedad. Era una delirante causa de placer.

Supongo, eran cuestiones de carácter infantil, de poder.

Pese a mis intentos, nunca logré que mis aviones volaran ni que mis autos lograran correr sin sus ruedas, más millas de las imaginadas. Tampoco conseguí alcanzar ese cuadro lleno de estrellas, colgado en lo alto del muro, en aquella lejana habitación velada por recuerdos, destellos relucientes, sueños, rostros, sombras, lágrimas, abrazos falsos, inciertos, que me impedía por las noches dormir.

Luego, un día, ya no quise ser niño para no cazar ni perseguir más misterios que nunca pude desvelar y que mis padres tampoco eran capaces de comprender, mucho menos, de explicar.

Poco debía importame la cuestión.

Jamás soporté, en ningún tiempo, llevarle la contraria al origen ni a las leyes que rigen la existencia y la vida misma de los hombres.

Nunca me gustó la violencia ni las peleas entre mis padres.

Nunca me gustó el maltrato, la oscuridad.

La lucha libre, el fútbol, la religión.

Me gustaban los abrazos. Los besos. Las caricias. Las salidas al parque.

Sonreír. Ver sonreír a mis padres. Pasar tiempo con ellos. Acariciarles.

Ahora sé que todo eso se ha terminado.

Que es tiempo -ya lo he pensado mucho- de soltarles.

Que voy a dejarles escapar.

Que ya no seré más un niño.

Que al fin, voy a empezar a planear y a volar como vuelan los adultos.


* Jack, por supuesto, es el seudónimo de nuestro autor. Reservaremos su nombre real hasta que él lo decida. Lo que sí podemos decir es que estudió Letras Hispánicas y que no sólo ama la literatura sino también el cine, los atardeceres y las nubes, ante las que de tarde en tarde se convierte en fotógrafo.

Fotos de portada e interiores: Pixabay.






Luis López




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6 Comentarios

el 14/09/2018

¡Muchas gracias Jack, para mí es todo un honor que me hayas dedicado este texto me identifico mucho con las palabras, con ese tipo de infancia innolvidable, este gesto es un gran regalo para mí porque soy una ferviente admiradora de tu trabajo, te considero un gran escritor y un gran ser humano gracias y para adelante como siempre!

    el 15/09/2018

    Gracias por el apoyo y las palabras. :*

el 14/09/2018

Me encanto como siempre! Sigue adelante que tienes muchisimo talento y eso no cualquiera lo tiene.

    el 15/09/2018

    Gracias Sarota por tus lindas palabras :*

el 15/09/2018

Me llena la atmósfera que describes.

Neblina y vuelo.

Aunque yo he encontrado todo eso en mi vida de adulto, no de niña.

Bien, Jack, muy bien.

    el 15/09/2018

    Gracias Gween :*



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