SOMOSMASS99
José Antonio Bueno Saucillo*
Miércoles 19 de septiembre de 2018
Y ahí iba… sude y sude, cuesta arriba; como era la primera vez, le temblaban las piernas, sudaba copiosamente como si fuera caminando dentro de un baño de vapor.
Si miraba para abajo todo era piedra gris y lodo seco, si miraba a su horizonte veía muchos nopales, magueyes, y muchas plantas que no conocía, y si miraba hacia arriba, todo era azul.
El espacio delante de él era una transparencia como con hilitos viscosos, una ilusión visual por el calor.
Y seguía y seguía y no aparecía gente por la vereda de subida, se preguntaba para adentro si de veras su vocación era de maestro, enseñar, y luego… tan lejos.
Pero no era tan lejos, sólo estaba como a cincuenta kilómetros de la ciudad donde vivía, nada más que cuesta arriba; hacía apenas como año y medio que había recibido su título de Profesor, primero lo habían asignado a una comunidad en el plan, dentro del sistema estatal de educación, pero de ahí salió rápido, por haberse negado a ir a una manifestación de “desagravio” al presidente de la República, al que le habían dado un piedrazo unos estudiantes en Ciudad Universitaria, como muestra de repudio a su política represiva bajo el falso lema de “ arriba y adelante ”, era el mentado Echeverría. Se acordaba que ya hacía como cuatro años este presidente había ordenado una matanza de estudiantes en la ciudad de México un jueves de corpus; a esa masacre le llamaron El Halconazo.
El sindicalismo charro había preparado toda una serie de actos de sumisión política para “desagraviarlo”; y él se negó a ir a la capital del Estado, pero diez días después le llegó su cese fulminante por manos de su directora de la escuela. El texto era de un lenguaje asombrosamente represivo, como que le regañaban por su conducta antipatriótica, le decían que su presencia era necesaria para manifestar su rechazo a esas conductas que atentaban contra las instituciones del país. Casi, casi lo convertían en cómplice.
Quedó sin empleo y ya con obligaciones, pues recientemente se había casado con una profesora que laboraba en la misma escuela de la cual había sido despedido en el Sistema Estatal, la opción lógica que le quedaba era acudir al Sistema Federal; así lo hizo y fue asignado casi sin reparo a una zona algo retirada, y con unas parcelas muy accidentadas; mucho cerro, poco plan.
Por eso andaba allá arriba, ya con ampollas en los pies, y pensando mucho para sus adentros.
Iba a ser el único maestro allá en esa comunidad, pomposamente iba a ser “Maestro Unitario”, su inspector escolar le había dicho que era una comunidad muy cooperadora y el ambiente era muy sano… lo que no le dijo era hasta donde estaba ni otras muchas cosas.
En fin, por todo esto andaba allá, le habían dicho otros profesores que conoció en la SEP solicitando trabajo, que había sido afortunado porque no le habían pedido dinero para darle la plaza, que a ellos sí, y que le iban a tardar como tres meses en recibir el primer pago, en todo eso pensaba y en ir imaginando cómo sería la gente de ese rancho…
De pronto comenzaron a aparecer cercas de piedra, y más y más, largas, largas. Hasta que vio al primer ser humano como en cuatro horas de caminar, el señor estaba del otro lado de la cerca y le informó que el rancho que buscaba estaba más arribita y le dio un jarro de agua.
A seguir pues la caminata, después de dos horas más comenzaron a verse ya más seguido vacas o toros pastando libres en el cerro y como que comenzó a sentir cercanías distintas, como de gente… Efectivamente, al llegar a la mera punta comenzaron a verse las primeras casas, y luego más…
Recelosamente se acercaron algunos niños ataviados con ropas casi en andrajos, descalzos y con los ojos muy tristes; había también, casi en todas las cercas que iba dejando atrás mientras caminaba, personas que le miraban con recelo, muy cohibidas.
Por fin llegó a una tienda de abarrotes muy precaria y sombría, preguntó por el delegado municipal o comisariado ejidal o algo… alguna autoridad… Le dijo la anciana de la tienda que el delegado era Lupe Arriola y que ya le habían mandado a llamar cuando lo vieron a él entrar al rancho; mientras la señora le ofreció un refresco y lo sentó en una piedra que estaba adentro a manera de silla.
-¡Ora’ qué queren, qué se les atoró!
-¡Qué queren ma’ China! Como joden…
Llegaba el delegado, con una vara en la mano, seguro andaba arriando animales… le dijo que qué bueno que había llegado, que ya tenían como seis meses sin maestro y que pues era bien llegado… le pidió que esperara poquito en lo que encargaba sus vacas y que lo llevaría a su casa para que comiera algo.
Así fue, le llevó a su casa, toda de piedras amontonadas sin cemento y techo de láminas de cartón y le dieron pulque y tortillas con sal y le pusieron al lado un plato de chiles verdes pa’ lo cansado, por si quería acompañar las tortillas.
Don Lupe mandó a sus hijos que buscaran a unos señores de los que ya habían llegado del pasteo para que les dijeran que tenían junta en la escuela a las seis, porque ya había llegado un maestro, y que ésos le avisaran a los otros de pasada, ya cuando fueran para la Junta.
Él mientras le enseñaría al maestro con mucho orgullo la escuela nueva que “les había costado un güevo” y que ya tenía como seis meses, y que todavía no se estrenaba.
Le contó también que hacía como tres meses había ido uno de la Presidencia de la cabecera municipal a inaugurarla y a “regalarles” unos retratos del Presidente Luis Echeverría Alvarez y uno de su esposa, doña Esther, grandes, para ponerlos en la escuela y que le tuvieron que hacer carnitas para que comiera él y los prencipales que iban acompañándolo.
La escuela se llamaba María Esther Zuno.
Era un galerón grande hecho de piedra con mezcla, y techo de asbesto, estaba llena de mesabancos de dos plazas, de esos de madera gruesa, todos destartalados, les faltaban muchos tornillos; en un rincón estaban en el suelo muchas tejas de barro viejas, recargadas en fila que eran del techo de la escuela vieja. Todavía toda olía a cal, pues la habían pintado de blanco.
Les había salido en un dineral, como dos mil pesos porque la SEP no se les hizo de las del capfce y habían tenido que comprar ellos todo el material, aparte poner la mano de obra junto con los niños.
En fin, quedó con don Lupe de verse, como ya lo habían dicho, a las seis ahí con todos los padres de familia, para presentarlos con él; le dijo también el delegado que sería bueno que él durmiera en la escuela pues era la mejor casa del rancho, por si llovía; que les propondría a todos que diario le diera de comer una familia distinta para que entre todos cooperaran en eso de su comida y así él no gastara.
La reunión fue larga y en resumidas cuentas fructífera. Se quedó que entre todos comprarían una campanita para anunciar la hora de la entrada, y en cooperar también para comprarle al maestro una lámpara de gas, de esas de capuchita, pues no había luz eléctrica.
Le dijeron que el señor más pudiente del rancho, tío Teban, no había ido pues sus hijos ya estaban grandes y ellos habían estudiado en el pueblo, pero que era buena gente y les daría ayuda; que era amigo del padre Chema, que vivía en un rancho cerca y que tenía una ganadería de toros para jaripeo.
Se acordó que se atendería a los seis grados de la escuela, tres en la mañana y tres en la tarde. Primero, segundo, tercero de nueve a dos y cuarto, quinto y sexto de tres a seis.
Se levantó la matrícula: cincuenta y seis alumnos en total para un solo maestro, en seis grados distintos.
Después todos se comenzaron a ir, alguien llegó poco después a llevarle unas cobijas y se dispuso a dormir uniendo los asientos de dos mesabancos, todo a la luz de una vela.
En la cabeza un marasmo de ideas yendo y viniendo, recuerdos y un miedo terrible a no poder con la responsabilidad que acababa de formalizar con esas gentes. Le ardían los ojos.
Al día siguiente le bajarían a su ciudad en una camioneta para que recogiera una cama, ropa y unos papeles y libros. Iría don Odilón con él, en su camioneta, pasaría por él a las siete de la mañana.
Le estaba costando trabajo dormir, de pronto… con los ojos entrecerrados, en la penumbra, alcanzó a ver en la pared blanca como una mancha obscura pero no distinguía que era, lentamente se bajó de su improvisada cama, tomó la vela y se fue acercando a la mancha…
¡Era una aglomeración de alacranes! …. Se echó atrás de un salto con mucho miedo, y cayó de espaldas sobre unos bultos con cal… con pánico cogió uno de sus zapatos y comenzó la matanza de bichos que corrían por todos lados, seguro no alcanzó a matar a todos…
Ya no pudo dormir, si antes no podía, ahora menos… la cabeza le explotaba…
Al fin…ya no supo ni la hora en que el cansancio lo venció…
Eran las siete diez de la mañana del día siguiente cuando don Odilón salía corriendo de la escuela aterrado, gritando: ¡¡¡Chana, Chana, Chana…!!!
¡¡¡El maestro no se mueve, está frío, está tieso, ayúdame!!!
¡¡¡Chingados animales!!!
Para las nueve de la mañana, en medio de un gentío y caras tristes, sacaron de la Escuela Primaria Rural Federal “María Esther Zuno Arce» el cadáver del nuevo maestro envuelto en una cobija; y lo subieron a la caja de la camioneta de don Odilón rumbo a la cabecera municipal para entregarlo al jefe de los maestros en la zona escolar.
Finales de 1975.
* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.
Imagen de portada: Pixabay.
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