SOMOSMASS99
Víctor Corona*
Barcelona, España. / Lunes 24 de septiembre de 2018
Dicen que cuando no sabes por donde empezar a contar una historia siempre es bueno intentar hacerlo por el principio. La onda es que ese principio a veces no es tan fácil de encontrar. A veces, tampoco es fácil encontrar la historia.
Creo que “mi principio”, o al menos una parte de éste, empieza en un lugar más que perdido en el desierto de Baja California Sur. Cerca del paralelo 28. Un poblado que ahora ya no existe y que en su tiempo fue famoso porque existía el mito de que había oro. Dicen mis parientes de por allá que en un tiempo sí que hubo oro pero que las compañías gringas y canadienses lo devoraron en meses. La raza, es decir, los mexas, fueron viniendo cuando ya no quedaban más que algunas piedras sueltas.

Mina en El Arco. (1956) | Foto: Howard E. Gulick.
Filibusteros. Gente de mala calaña. Gente que detestaba el desierto, el mar y las montañas.
Lo poco que sé sobre El Arco es lo que he oído de mi familia. En las pláticas amenizadas por café instantáneo Oro o Dolca. Con musha azúcar y musha lesche. En estas conversaciones no había el clásico deje de nostalgia del pasado. Nunca. Más bien una especie de resentimiento encantador. Historias duras, pero contadas con tanta naturalidad que parecían ser normales. “A mi abuela la violó un soldado francés”. “Al mariachi se le murieron todos sus hijos de sarampión y se volvió loco”. “A mi papá lo conocí cuando mi mamá me dijo, ‘ves a ese borrasho, pues ese es tu papá’”. Cosas por el estilo.
De hecho, mi historia no es muy diferente. ¿Cómo se conocieron mis padres? “Mi papá se robó a mi mamá cuando ella tenía catorce años y él tenía dieciséis”. Crecí escuchando esta frase y repitiéndola cuando la gente me preguntaba sobre mis padres. Me di poco a poco cuenta cómo, dependiendo del contexto, la gente pasaba de la indiferencia a la incredulidad. En mi barrio en Ensenada es normal, en Barcelona creen que estoy mintiendo. Pues es así, mi papá se robó a mi mamá cuando era una niña. Años después cuando le pregunté si no se arrepintió y volvió a casa me dijo que evidentemente sí. Su huida fue un berrinche de pubertad, pero mi abuela no la dejó volver a casa. Le dijo algo como ahora te shingas. Y se shingó, efectivamente. Pero eso es otra historia.
Yo vivo en Barcelona desde hace casi 14 años. Intento venir a casa de mis padres una vez al año. Como casi todos los mexas, tengo la sensación de que el país se hace pedazos. La convivencia con la muerte que tanto sorprende y, en cierta forma, encanta a los extranjeros, aquí se vive de otra manera. Cientos de zombies en mi barrio deambulan limpiando coches para conseguir un poco de cristal. Vagabundos por la playa rezan para que Jesucristo Salvador los libere del mal. Adolescentes mal vestidos cargan niños encobijados por las calles. La raza espera el micro al lado del vendedor de elotes. La raza vende elotes, donas, churros, gaznates, tamales y tacos. Muchos tacos.
Yo como que me abstraigo de todo el país y vivo mi barrio. De una manera intensa para mí, pero extraña para los otros. Sé que pronto me alejaré de esto y que todo quedará como una postal del recuerdo. Y es curioso, porque aunque el país se desmorona, veo como si mi barrio permaneciera estable ante la catástrofe. Es como si el resto de la ciudad se estuviera alineando a lo que aquí siempre ha sido la normalidad.
¿Por qué escribo de todo esto si quería hablar del principio? Bueno, es porque siempre que vengo a casa la familia me pregunta si iré a visitar a mi abuela. No sé bien por qué, pero es algo que siempre evito. Supongo que es una forma de resentimiento. No es que me acuerde de cosas concretas, pero hay como un halo de pesadez que siento que proviene de ella.
Mi abuela echó de casa a mi madre siendo una niña. Mi abuela dice que la gente morena debería de morir o, al menos, ser esterilizada para que no se reproduzca. Mi abuela odia a los niños, a los perros y a los gatos. Mi abuela odia las fiestas. Mi abuela detesta a su marido. Mi abuela dice que si hubiera podido nunca hubiera tenido hijos. Mi abuela, cuando éramos niños, nos escondía las naranjas y los plátanos.
Mi abuela tiene muchos hermanos y una vez me dijo que los odiaba a todos. La razón es la herencia de un rancho que se pelean entre todos. Hay quienes lo quieren vender y otros que no. Nunca pregunté mucho sobre el tema pero ayer, que mi papá me explicaba sobre el precio de las cosas me dijo lo que pedían por el rancho de la discordia y me pareció poco. Con la risa burlona que caracteriza a mi padre me dijo: “Sí, Víctor, son 70 hectáreas pero están en el más profundo desierto y no hay agua”.
Me pareció una buena imagen para hablar de mi principio. Un rancho en un desierto en medio de la nada como objeto de rencor. Un rancho seco que irónicamente se llama “La Esperanza”.
* Víctor Corona estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato, México, y el doctorado en la Universitat Autònoma de Barcelona, España. Actualmente es investigador en la Universitat de Lleida.
Foto de portada: Pixabay.
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