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ÚLTIMO PISO
Gwenn Aëlle Folange Téry*
Lunes 24 de septiembre de 2018
¿Puedes recordar quién eras antes de que el mundo te dijera quién debías ser?
– Charles Bukowski
Se cumplió un año del terremoto del 17, 33 del otro, el del 85.
Y a quienes más se recuerda, -en las noticias, que en los corazones cada quien recuerda a su cada cual-, son los niños.
Los de la secundaria Héroes de Chapultepec, los bebés milagro del Hospital Juárez, los enanos del Rebsamen.
¿Qué pasa en nosotros que la muerte de un niño nos es insoportable? ¿Es por lo que no hicieron, no conocieron? ¿Porque sus sueños no se cumplirán jamás?
¿Porque debemos protegerlos de todos los peligros y fallamos?
¿Porque somos los adultos y deberíamos ser capaces de hacerlo?
¿Nos hace esto recordar nuestra infancia? ¿Nos hace añorar una época ligera, en la que papá y mamá eran todopoderosos y de todo nos cuidaban y entonces todo, otra vez todo, todo era miel sobre hojuelas?
O al contrario, ¿sufrimos si no nos pudimos proteger entonces? ¿Más si nadie lo pudo hacer?
¿Seguimos pensándonos niños cuando ocurre una desgracia? ¿Sintiendo que no tenemos agarre sobre nuestras decisiones, nuestras vidas?
* * *
“De alguna manera nací hace mil años, quizás antes que mis padres, seguro años después de mis hijos. Mis canas son negras, negro profundo e imborrable. Canas invertidas. Mis ojos son grises, pocas veces verdes, a veces saben lo que viene. En el alma sigo jugando con mariposas blancas, florecitas y viajes, arena y cangrejitos. Mi muñeca de la infancia, la gatita adorada, pescas en la playa con mis padres. Mis vuelos son cortos, y a veces viajo con los ojos, ojos grises o verdes, canas invertidas, mil años antes, mil años atrás, un día después. Rascando los recuerdos, cuidando hijos, cuidando vidas, recordando separos con olores mezclados, orines y mar. Mi vida se ha vuelto un vaso de orines con mar salado”.
(Carabeja)
* * *
¿Qué pasa en nosotros que la muerte de un niño nos es insoportable? ¿Es por lo que no hicieron, no conocieron? ¿Porque sus sueños no se cumplirán jamás?
Volteo a mirar mi infancia y no encuentro mis sueños. No recuerdo más que uno, que ni siquiera era mío de mí, era copia al carbón de uno ajeno.
No me encuentro, no me sé de niña. Lo he olvidado todo. Y no sé si soy quién era entonces.
No sé quién soy hoy. Tampoco sé si me parezco a quien iba yo a ser o no.
No creo que nadie lo sepa bien a bien.
Rascando los recuerdos, encontramos lo que hacemos, no lo que somos. Rascando los recuerdos, encontramos a quienes conocemos, no a nosotros. Rascando los recuerdos, encontramos sueños ajenos, ajenos, ajenos.
La vida a veces, sí a veces, sabe a orines, huele a prisión, a escombros y a injusticia, es cierto.
Y a veces, los que mueren son niños. Es cierto.
Otras, muchas, parece que tenemos mil años y que nadie, nadie lo sabe. Muertos por dentro, y también por fuera.
¿Qué pasa en nosotros que la muerte de un niño nos es insoportable? ¿Es por lo que no hicieron, no conocieron? ¿Porque sus sueños no se cumplirán jamás?
¿O porque nosotros no hemos cumplido los nuestros…?
Nosotros, yo, yo, yo.
La muerte de un niño encuentra eco en nosotros, por aquello de las promesas fallidas, de los sueños interrumpidos, de la inocencia perdida.
Por aquello del diamante perfecto, un niño no se pule, se protege.
A un niño, no se le meten prejuicios, ni racismo, ni violencia. Se le protege.
A un niño, no se le pega, no se le viola, no se le mata. Se le protege.
A un niño, no se le expone.
Entonces, obvio, cuando muere un niño, nos sentimos todos culpables, de alguna manera.
No cumplimos con nuestro propósito, que es el de abrir camino para las generaciones siguientes.
Fallamos, sencillamente.
¿Qué pasa en nosotros que la muerte de un niño nos es insoportable?
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imágenes de portada e interiores: Anaïck Folange.

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