Breaking

Lecciones de amor

Diálogo País / Para Ver, Oír y Comer / Top News / 01/10/2018

SOMOSMASS99

 

Víctor Corona*

Barcelona, España. / Lunes 1 de octubre de 2018

 

Siempre me dijeron que era de Ensenada. Que éramos norteños. Que pasara lo que pasara no debía olvidar el origen. El barrio. El pasado.

Nos fuimos de Ensenada cuando yo tenía ocho años. Casi tres días en autobús nos llevaron a lo que nosotros pensábamos que era el Distrito Federal pero en realidad no era más que Ciudad Azteca. Las orillas de un desastre urbano llamado Ecatepec.

Lejos quedaban el mar, las playas y el desierto. Lejos quedaba el miedo a los maremotos. En ese entonces en Ensenada la raza tenía miedo de un maremoto. Decían que pronto el mar se saldría y borraría con una ola todo el desmadre que habíamos montado. Yo recuerdo que dormía con miedo, más esas noches cuando llovía y que las gotas que caían y chocaban me hacían recordar al ruido que hace el pescado frito en la disca.

 

Pescado a la disca.

Chinchorro.

Cazones, lisas y mojarras sacadas del Estero Beach.  

Los gringos tomando fotos a mi papá.

Mi jefe bien contento con sus pescados y su pachita de Bacardi con coca cola.

El Koki y yo haciendo castillos en la playa, con los pantalones mojados y la cara llena de arena.

 

Lejos quedaba todo eso.

 

Los morritos de Ciudad Azteca se reían de mí. De mi acento. De mis palabras. De mi aspecto. Normal. El Koki y yo apenas hacíamos caso. Mi hermana Brenda era más sentida. A mi me daba algo de orgullo. Empecé a idealizar esa Ensenada. Más aún cuando mis jefes la adornaban con historias y anécdotas todas esas tardes en las que nos acurrucábamos en la tristeza.

Porque la tristeza tiene cosas shilas, como las canciones de Los Muecas, Los Pasteles Verdes, Los Terrícolas…

Nos fuimos de Ciudad Azteca. Pero no para el norte sino para el Sureste. Villahermosa. Recuerdo a mi mamá llorando. Ella vivía sus infernos privados. Infiernos que nosotros no alcanzábamos a entender.

Allí descubrimos el calor. El calor de verdad. El origen del calor. También conocimos el verde y todas sus tonalidades. Árboles, frutas, flores, cucarachas, culebras y lagartijas.

La gente nos veía como marcianos. Nosotros también a ellos. Claro, no eran los tiempos de ahora. En ese entonces ser de Ensenada y vivir en Villahermosa era algo exótico. Diferente. Casi conflictivo.

Seguíamos pensando en nuestro regreso. El calor de Tabasco se refrescaba con las promesas de volver a nuestra ciudad. El origen. Allá donde el clima es perfecto. Donde la gente hablaba como nosotros. Donde la gente no mentía.

No había Internet. No teníamos ni teléfono. Pero de vez en cuando mi abuela o alguna de mis tías nos enviaban cartas con casettes. En los casettes nos contaban cosas de nuestros primos desconocidos, de las cosas que haríamos. También cantaban canciones de los Cadetes de Linares o corridos desconocidos.

Los años habían pasado. Ya no tenía ocho, como cuando salí de Ensenada. Ya tenía 12 o trece. Aunque seguía anhelando regresar ya empezaba a tener amigos y a enamorarme. Peor aún, a sufrir de amor porque, según mi madre, me gustaban nada más las pinshis mushashas presumidas.

Tenía catorce cuando nos tocó zarpar de Villahermosa. Ya era todo un shoquito yo. Tenía mi morrita. Jessica se llamaba. Había sido novia de mi compa Toño pero cuando él se fue pues ella pasó a ser mi novia. La verdad no me acuerdo cómo pero estuvo cura. Jugábamos a los encantados entre las Ceibas y los pantanos con cocodrilos. Reíamos y de vez en cuando nos dábamos unos besos. Por las tardes paseábamos en bicicleta y a veces salíamos a cazar iguanas con el piratón del chuchín.

Nos fuimos de un día para otro. Pero no a Ensenada, sino otra vez al Estado de México, Cuautitlán Izcalli. Es curioso, pero mi memoria como que ha borrado ese tiempo. Sólo recuerdo un miedo terrible de quedarme toda la vida viviendo en uno de esos cementerios del INFONAVIT donde vivíamos. Donde no había nada más que torres eléctricas y fábricas.

Pero llegó el momento y regresamos a Ensenada. Había soñado tanto con ese momento que no lo podía creer. Mi papá había marchado un poco antes para encontrar trabajo y poder construir algo de nuestra casa. Para volver a Ensenada mi jefe tuvo que dejar su trabajo en el ejército. En la vida civil, jalaba en una tortillería. Era tortillero, pero de tortillas de harina. Las más buenas, claro está. Esas que los norteños llevamos en la sangre, como la carne asada.

El viaje duró casi los mismos tres días pero los años habían pasado. Yo disfruté ese viaje como lo más shingón del mundo. Recuerdo las carreteras de Sinaloa y Sonora. Ciudades como Caborca, Obregón o Sonoita. Las caras de la raza. Ver cómo poco a poco la gente empezaba a hablar como mi mamá.

– Mijo, ¿vas a querer un burrito de mashaca? Hasta daban ganas de llorar con esa poesía.

Llegamos a Tijuana como llegan los morros. Contentos y con energía. Como si la vida no tuviera fin.

Claro está, no sabíamos nada del sacrificio de mi jefe. De la angustia de mi madre. Del vacío al que nos habíamos lanzado.

Llegamos a Ensenada y lloramos de emoción. Yo pensaba que viviríamos cerca de la playa. Que iría a la secundaria Migoni, a la que habían ido mis tías y tíos, y que aprendería inglés en dos meses.

 

La realidad, como bien se sabe, fue otra.

La realidad siempre es otra.

 

Mi papá trabajaba muchísimo y a veces no teníamos dinero ni para tomar leche.

Vivíamos en casa de mi abuela. La misma que nos mandaba casettes y canciones y la misma que nos dio tres semanas para buscar donde vivir. Los niños hacíamos demasiado ruido y además, nos comíamos su fruta.

 

Recuerdo a mi padre, pistiado, pegando tabiques con coraje y orgullo.

Levantando nuestra casa.

Lejos estaba la ciudad ideal. Ensenada era lo que era y lo que es, el colonión. Mi Ensenada, donde el mar se ve de lejos y nomás llega el polvo de las calles sin pavimento. El polvo que se adhiere bien profundo.

Pregúntenle a mi mamá.

Ella dice que se adhiere al alma.

 

Yo pensaba que nada podía ser tan terrible. Era verano y pronto volveríamos a la escuela. La escuela siempre ha sido para mi un clavo ardiendo al que me he aferrado para salir del infierno.

 

Tendríamos amigos y amigas. Tendríamos, confiaba yo, alguna novia.

Y llegó el día y no me acuerdo bien qué pasó.

Recuerdo que a los que yo veía como iguales me veían como marciano.

 

Y me quedé callado.

 

Así pasé las primeras horas hasta que vi a un morrita.

Bien shula.

Bien bonita.

Con la falda mas corta que he visto en mi vida.

Con el pelo más rizado y negro que se recuerda.

Con unos ojos llenos de brillo.

Shingado, pensé, otra presumida.

 

Y me acerqué. Estaba con dos o tres amigas.

Le pregunté. Hola, ¿cómo te llamas? Yo soy nuevo.

Me miraron de arriba abajo. Una corriente me recorrió de golpe. Estallaron en risa y me gritó alguna de ellas.

¡Ábrase a la verga pinshi vato shilango!

 

Entonces no me di cuenta pero ahora estoy seguro.

Había vuelto al origen.

Empezaba a recibir lecciones de amor.


* Víctor Corona estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato, México, y el doctorado en la Universitat Autònoma de Barcelona, España. Actualmente es investigador en la Universitat de Lleida.

Foto de portada: Pixabay.






Luis López




Entrada Anterior

Jimena Perrona, una reflexión sobre la vida

Siguiente Entrada

De pelos y teatros





5 Comentarios

el 01/10/2018

Qué pinshi manera más bonita de contar.

Luego nos haces un glosario, va?

el 01/10/2018

Con tanta sensibilidad! Lo del glosario, guay.

el 01/10/2018

Que d’implicite dans tout cela : on a envie d’en savoir plus !
D’accord pour le glossaire. À bientôt

el 03/10/2018

Me hiciste llorar con tu historia de vida.

el 03/10/2018

Caray con esa manera de narrar hiciste que se me arrugara el culito, no hay duda una narracion muy elocuente. Preguntale a tu mama cuando por ser la mas pequena la montaban en burro que usaban para sacar el agua del pozo que tiene una profundidad de 40 metros. Cuando estabamos en el pozo y empezaron a recordar Dalia y tu mama como sacaban el agua, me dio escalofrio solo de pensar que alguna hibiera caido.



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Más Historia

Jimena Perrona, una reflexión sobre la vida

SOMOSMASS99   Redacción / SomosMass99 Ciudad de México / Domingo 30 de septiembre de 2018   Monólogo...

01/10/2018